jueves, agosto 19, 2010

Reseña de libro: Krabat y el molino del diablo

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Krabat y el molino del diablo
Ottfried Preussler
Editorial Noguer (por lo pronto, PDF)


Lo bueno: Aunque está cortito y se supone que es fantasía juvenil, es un libro sorprendentemente maduro y profundo.

Lo malo: El final demasiado abrupto.

Lo interesante: La adaptación a película que le hicieron en 2008 está por estrenarse, si es que no lo hizo ya (no la he visto en los cines de Guadalajara) en México.


Calificación: * * * * *

Antes de la reseña en sí, empecemos con un tema incómodo: el de la piratería. Sí, es un mal detestable, que afecta a los creadores intelectuales (y un poquito más a los distribuidores). Un pecado del que, con toda la vergüenza del mundo, me reconozco más que culpable. En mi defensa, sin embargo, quisiera decir que a veces es un mal necesario.

Decidí volverme pirata a los doce años, cuando presencié, en un noticiero de televisión, lo que los videoclubes mexicanos le hacían a sus películas que “no se rentaban con suficiente frecuencia” o que “no cumplían ya con los estándares de calidad establecidos”. Centenares de videos vhs y beta se alineaban en una calle, y después una aplanadora les pasaba por encima. Esa imagen me dejó tan traumatizada (sobre todo después de pensar en películas que me gustaba rentar una y otra vez que de repente ya no estaban disponibles en mi videoclub más cercano) que decidí que no me tocaría la conciencia para copiar y preservar verdaderas joyas o curiosidades que tarde o temprano correrían ese triste destino.

(Años después, los videoclubes mexicanos tomaron la decisión, muchísimo más sensata, de vender a precios bajos esas películas de desecho. La mayor parte de nuestra amplia videoteca se consiguió de esa forma).

La piratería no se volvió mi estilo de vida, pero sí la de conseguir material que, de otra forma, sería inaccesible, ya sea por precio o por distancia. No la tengo por costumbre , pero no dudo en echar mano de ella si es la ÚNICA manera de ver, escuchar o leer algo (en cuanto a videojuegos, sí llegamos a comprar varios que hemos ido reemplazando poco a poco por sus originales; lo único pirata que conservamos es el título basado en el estupendo musical setentero The War of the Worlds, de Jeff Wayne, sobre la obra de H.G. Wells; prefiero comprar todo de saldos o de usados).

La proliferación de material descargable por internet ha empeorado (o mejorado las cosas). No de otra forma conseguí ver The Secret of Kells, una película animada irlandesa que es una maravilla que no sé por qué carambas no se ha pasado en México, y de la que les hablé hace un tiempo. También así vi Krabat, película alemana de fantasía que en un principio me pareció muy extraña y oscura. Pero apenas la terminé, supe que tenía que leer el libro en el que estaba basada. Como fuera.

Me lancé a buscar la novelita en mis sitios hablituales de libros, primero traducida al inglés (me enteré que le habían puesto The Satanic Mill y que la había publicado Macmillan). Vean nada más el precio en Amazon. Luego supe que la habían publicado en español por allá en 1991. Nada. Nada de nada. Pero buscando, buscando y buscando, di finalmente con ella. Sólo que en un medio que no era legal, ni mucho menos.

Bueno, la leí. Y que me lapiden por ello. Poco después de terminarla, supe que se reeditó en 2009, supongo que por la novedad de la película. Así que en cuanto se presente la menor oportunidad, voy a comprar esa novela.

(Mi trauma particular con los libros es un poco diferente al de las películas; viene de una Feria del Libro de Guadalajara en la que un editor catalán, cuando le pregunté sobre la falta de novedades de editoriales españolas en México, me confesó “es que nosotros editamos más de lo que leemos, y lo que mandamos a Latinoamérica es todo lo que no se vende”. Sin comentarios).

Así pues, si al final de este texto se quedan con ganas, hagan click en el link de abajo. Les aseguro que no los incitaría al pecado de no estar segura de que éste vale la pena. Pero si el libro les gusta y tienen alguna oportunidad, les pido que también se animen a comprarlo.

Ahora sí, la reseña:

Krabat es un chico mendigo que, por varias noches, escucha en sueños una voz que lo llama por su nombre y le ordena presentarse en un molino cerca de la aldea de Schwarzkolm. Krabat obedece, y en el molino (un sitio siniestro, alimentado por un lago negro donde flota una perpetua neblina) lo recibe un individuo que se hace llamar “el maestro”. El maestro le pregunta a Krabat que si quiere ser su aprendiz, y cuando éste responde que sí, le indica: “¿Quieres ser molinero, o también lo demás?” Es el primero de varios misterios que el chico tendrá que ir descubriendo.

En el molino ya hay otros once aprendices; por alguna razón se necesita que sean doce para que las ruedas y los engranes funcionen. Todos los días, Krabat y sus compañeros muelen grandes cantidades de trigo, y cebada. Pero no hay nadie que se lleve la harina, nadie que les lleve qué moler. Parecería que la harina que se ha conseguido durante el día volviera a transformarse en grano durante la noche. Hay un juego de ruedas que no se utiliza más que en las noches de luna nueva, cuando el único cliente del molino (“el compadre”, un individuo encapuchado al pescante de un carruaje de caballos negros que se mueve sin hacer ruido ni dejar huellas) les lleva su carga; al día siguiente, Krabat descubre entre los restos de estas ruedas dientes y huesos humanos.

Se trabaja todos los días, menos los viernes. Es en ese día de la semana cuando el maestro reúne a todos sus discípulos en torno a un enorme libro, los convierte en cuervos y les pide que memoricen pasajes de lo que les va leyendo ahí.

El molino no es sino una cubierta para el verdadero propósito del lugar: una escuela de magia negra, arte en el que el talentoso Krabat alcanza, muy pronto, a sus compañeros más experimentados. Los jóvenes del molino le han jurado lealtad al maestro porque quieren aprender; se transforman en animales, hacen truquillos de ilusionista; cuando el maestro está ausente, hacen vagancia y media. Pero su vida aparentemente divertida tiene un lado muy oscuro: la magia le da a uno poder sobre las personas, y el poder puede ser muy adictivo. Y lo más horrible de todo, como muy pronto descubrirá Krabat, no es que el poder tiene un precio, sino que hay quien está dispuesto a pagarlo.

Esta novelita, de 1971, podría verse como otro antecesor (sí, OTRO más) de Harry Potter, si no fuera porque sus raíces son más antiguas, y se nota. Su autor, Ottfried Preussler, la basó en una serie de historias tradicionales de Lusacia (una región alemana que colinda con Polonia y la República Checa). Sin embargo, con todo y su saborcito legendario, conserva el estilo de la fantasía contemporánea, y maneja temas peligrosos (la pubertad, la muerte, la lealtad a los amigos y hasta la atracción por el mal) con una dureza que espantaría a una mamá fan de Rowling.

Los escritores alemanes (me vienen a la memoria, por el momento, los nombres de Michael Ende y Christine Nöstlinger; ya platicaremos después de una notabilísima excepción llamada Cornelia Funke) son campeones en cuanto a escribir libros para niños que los adultos pueden disfrutar perfectamente. Me gustaría leer más de Ottfried Preussler; por lo pronto, sólo puedo concluír que muy pocas veces encuentra uno, en un libro tan cortito y sencillo, tanta riqueza de pensamiento.

De Krabat se han hecho, que yo sepa, dos adaptaciones al cine: La primera es El aprendiz del hechicero, del extraordinario animador checo Karel Zeman; se puede encontrar en su totalidad (subtitulada en inglés) en youtube. La segunda, de Marco Kreuzpaintner, se estrenó en Europa entre el año antepasado y el pasado, y con un poco de suerte la podremos pescar en algún cine mexicano (brrrrr... espero no habérmela perdido ya). Para ver el avance con subtítulos en español, hagan click aquí.

Y ahora sí... el que esté libre de pecado, que visite el siguiente link y se una al club (visiten la dirección recomendada por la usuaria Úrsula).

Recomendaciones: Para chicos, como una opción saludable a Harry Potter; para lectores de fantasía de todas las edades; para amantes de la literatura europea menos pomposa.

Abstenerse: Si su etapa lectora no ha superado a Stephenie Meyer.

martes, agosto 17, 2010

Corazón



Era un día que andaba dándome la vuelta por el tianguis que se pone los jueves, paralelo a las vías del tren, casi frente a la Gran Plaza, justo en el límite entre Guadalajara y Zapopan. Voy ahí prácticamente cada semana a comprar fruta, verdura y pollo fresco. De cuando en cuando, también, me distraigo viendo alguna cosa bonita (ropa, videojuegos usados, adornos para el pelo). Como aquella ocasión en la que me entretuve en un puesto de cosméticos para revisar unas brochas muy finas y suaves.

Un señor se acercó a las dos o tres mujeres que rondábamos el sitio; de reojo vi que traía un bote de colecta sellado y un montón de volantes impresos. Ah, adiviné de inmediato; otro que viene a pedir dinero para un asilo de alcohólicos y drogadictos. No se lo niego a esta clase de gente (nótese el tono discriminatorio) desde que uno de ellos me diera una lección de humildad, hace ya un par de años. Así que apenas el señor comenzaba en un murmullo “¿No gusta cooperar...?”, le resoplé un “ajá” y, sin mirarlo siquiera, puse una moneda en la alcancía para que me dejara seguir viendo mis brochas.

Pero no se fue. Pasaron varios segundos hasta que sentí su mirada. Levanté la cara y me encontré de golpe con sus ojos, verdes como los míos.

- Qué gran corazón tiene usted, señorita - me dijo.

- ¿Uhhhhhhh...? - la frase me tomó completamente por sorpresa.

- Dije - repitió el señor, más despacio, como si no le hubiera entendido - que qué gran corazón tiene usted, señorita... ¿de dónde es usted?

- Uhhhhh... de... de aquí, ¿por?

- Porque - insistió el señor - tiene usted un corazón muy grande, señorita... ni siquiera le había dicho por qué y usted ya estaba dándome dinero... ¿Así le hace con todo el mundo, señorita? ¿Le piden y usted da?

- ...No... no... - es en serio. No.

- Tiene usted un corazón muy grande, señorita - y dale con lo mismo.

- Bueno, no... pero tengo buenos ojos -. Lo que quise decir, en castellano pero sin que sonara demasiado feo, era “lo que pasa es que vi su alcancía y su montón de volantes y adiviné que iba a pedirme dinero para otro de esos ridículos asilos para drogadictos que abundan aquí, así que le di cinco pesos para que me dejara en paz”. Pero como siempre me salió una estupidez de la boca. El día que se otorguen los premios a las peores respuestas a un cumplido, de seguro me ganaré uno.

- Ya, con confianza, dígame, ¿de dónde es usted? - volvió a preguntarme el señor.

- De... de aquí -. Parecía que una parte de nuestra conversación se hubiera borrado.

- ¿Nació aquí?

- Ajá.

- Pero sus papás, son de fuera, ¿verdad? -. De fuera significa “extranjeros”. La frase “tú no eres inglesa; eres demasiado amable” fue una de las cosas... ejem... ¿bonitas? que me llegaron a decir en Birmingham. Los mismos mexicanos no nos creemos la fama de cortesía que tenemos en todo el mundo.

Respondí con una media mentira: que mis papás son de Zacatecas (sólo mi mamá es de allá) y el señor, muy entusiasmado, se soltó platicando de todos los municipios de ese estado que conocía. Su familia era de Florencia, un pueblo entre montañas cercano al de mi mamá. Mis ojos verdes vienen de esa zona, y también los de él. Los míos salieron, además, del sur de Jalisco.

Al final, el señor se despidió con un apretón de manos. Casi se le olvidó ofrecerme su volante. Yo casi me olvidé de las brochas.

Y a todo esto, ¿qué hay de mi corazón, el centro involuntario de la charla? Voy a confesar algo: mi corazón es pequeñito, reseco y poroso como un pedazo de proteína de soya. Pero, de la misma manera, de vez en cuando se humedece y aumenta dos o tres veces su tamaño, y se vuelve suave, sabroso y nutritivo.

viernes, julio 30, 2010

Reseña de libro: El Rey Demonio



El Rey Demonio
Cinda Williams Chima
Ediciones Bibliópolis


Lo bueno: Los personajes y el entramado.

Lo malo: El precio y algún que otro cliché.

Lo que ya me esperaba: Va a ser una trilogía o algo así

Sugerencia de título: Los ricos (y los magos) también lloran.


Calificación: * * *

En estos últimos años, ya es raro que alguien que lea fantasía (y que no sea fan de Harry Potter) llegue muy entusiasmado por un título nuevo que acaba de hallarse. Mucho más raro es que una servidora vaya tras la finta, encuentre algún elemento atractivo en la portada y decida aprovechar que los libros están a seis meses sin intereses en cierta tienda departamental. Luego ocurre, eso sí, que, tras llegar a casa, una servidora abre el nuevo libro de fantasía, pasa algunas páginas y exclama “¡oh, no! ¡Otra historia de mocosos!”. Pero el asunto sigue siendo raro cuando una termina el libro con un suspiro de satisfacción.

El Rey Demonio, de Cinda Williams Chima (una autora de quien en la vida había oído hablar una servidora) tendría todo para convertirse en el libro juvenil del momento. Salvo porque no lo tiene, y ello podría ser una ventaja. ¿Cómo está eso? Ajá, los personajes principales son adolescentes con broncas, el estilo es contemporáneo y todo eso. Pero no tiene mucha acción (a una servidora le sienta bien ese detalle), el romance es mesurado y, lo mejor de todo, la trama está algo más complicadona que el promedio; es por ello que de seguro los jóvenes amantes de colmillitos diurnos, zarpas pelosas y varitas mágicas la encontrarán algo indigesta.

Veamos la historia... Han Alister es un chico de dieciséis años que, después de forjarse una reputación temible como delincuente callejero y líder de pandillas, ha decidido comenzar a ganarse la vida de una manera decente y ahorrarle disgustos y mortificaciones a su mamá, lavandera de ajeno, y a su hermanita, que va a la escuela y podría tener un mejor futuro que él. Desde que tiene memoria, Han lleva puestas unas gruesas pulseras de plata que parecen crecer con él; por más que quiere quitárselas para venderlas no lo logra, y por ello su buen propósito (que arrastra, claro, su pésima fama) lo pone a hacer de mandadero, buscador de hierbas, jornalero y cazador.

En el mundo en el que habita, coexisten diferentes tipos de personas y culturas: están los clanes, que llevan un estilo de vida parecido al de los indios norteamericanos; las escuelas de guerreros, a las que sólo acceden los que pueden pagárselas; los citadinos, casi siempre en la miseria extrema (la familia de Han pertenece a éstos); y los magos, de quienes todos desconfían. Y está, por supuesto, la familia de la Reina, quienes, como buena clase política, no tiene la más mínima idea de lo que ocurre con el resto de la humanidad. La princesa Raisa, hija mayor de la Reina y su consorte (un noble de los clanes, por cierto), tiene sus problemitas propios y quisiera algo más que los fiestones, los amigos de abolengo, los vestidos de moda y la vida holgadísima a la que parece estar destinada y que al pobre Han le vendría de perlas.

Los caminos de estos dos se cruzan por primera vez cuando a la Reina y su corte se les antoja salir de cacería, y a tres maguitos jóvenes que los acompañan se les hace fácil provocar un incendio en el bosque para hacer salir a las futuras presas; Han y su amigo de los clanes, Bailarín, tratan de impedir el desbarajuste y el primero le arrebata a Micah Bayar, el hijo del gran mago de la corte, un misterioso amuleto que quema al tacto.

Han no tiene idea de lo que acaba de conseguirse, pero a partir de entonces todo empieza a salirle mal: su mamá pierde el empleo, lo buscan por asesinato, los miembros de su ex-pandilla lo acusan de traición y los de pandillas rivales quieren saldarle viejas cuentas... Todo porque alguien quiere recuperar ese amuleto, y está más que dispuesto a matar por ello. Al mismo tiempo, Raisa se da cuenta de que algo va muy mal con su mamá: el gran mago Gavan Bayar, que debería servirla, la tiene de punto menos que de criada, salvoconducto y trofeo. Tanto los clanes como la familia real habían tenido a los magos bajo control siempre, pero eso podría estar cambiando. Si así fuera, tal vez se repetiría una tragedia de mil años atrás que por poco acaba con el mundo, y en la que una valiente reina, Hanalea, venció al Rey Demonio, un hechicero poderosísimo que por cierto llevaba un amuleto muy similar al que tiene Han. Ahora, falta que todo ello sea una mentira...

De El Rey Demonio se tiene que decir, en primer lugar, algo que hasta hace poco una servidora no creía que hubiera que mencionar en las reseñas de libros: está bien escrito y se lee a gusto, pero alcanza a sacudir la inteligencia: cuenta con toda una maraña de enredos y situaciones que la autora, hasta eso, maneja muy bien. Lo malo es que se trata, precisamente, de una maraña y no mucho más; al final, apenas la mitad de la madeja queda desenredada. Pero lo que la salva son sus personajes, llenos de matices casi, casi cooperianos. Los protagonistas adolescentes Han y Raina, y los coetáneos que los rodean (Micah, Bailarín y otros) se ven más que compensados por adultos realistas y bien construídos.

Es la caracterización lo que me hace pensar que Williams Chima aprendió truquitos de la vieja escuela (y eso, créanme, es un alivio), aunque en algún momento se pone a comparar su libro con Eragon (?). Ahí tenemos a Raisa, que está muy consciente de que el exceso de inocencia es hermano gemelo de la estupidez, saca todo su carisma de su ingenio, sus sinceros esfuerzos por adquirir una conciencia social que sí funcione y su sentido del humor; cuando Han, aunque está desesperado, mantiene la sangre fría al añadir la prostitución a su lista de opciones laborales, nos damos cuenta de que no estamos ante ningún fresa. Hasta otros personajes que ocupan apenas unas veinte líneas prometen volverse muy interesantes.

¿Por qué digo “prometen”? Verán... resulta que El Rey Demonio es la primera parte de, para variar, una trilogía (¡aghhhhhh! ¿Cuándo entenderán quienes aspiran a seguir los pasos de Tolkien que El Señor de los Anillos NO es ninguna trilogía?), y el segundo volumen todavía no sale en los Estados Unidos. Por lo pronto, una servidora ha decidido que sí, que irá por él, aunque tal vez se espere a otra oferta de seis meses.

Recomendaciones: Para cualquier lector interesado en el género fantástico: los más curtidillos tómenlo como un sabroso postre, no como platillo principal, y los más novatos váyanse con cierta prudencia y pruébenlo con una cuchara pequeña (si primero ingieren una dosis de autores más clásicos, mejor).

Abstenerse: Lectores de best sellers que piensen que Walt Disney es el creador de Winnie Pooh.

lunes, julio 05, 2010

Dios



El Señor es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?
Del Salmo 27.


Trabajar sin goce de sueldo es mucho, muy similar a estar desempleado, salvo que se cuenta con menos tiempo libre. Y que lo único que lo mantiene a uno andando es la fuerza del compromiso; de ahí en demás, hay que sacar fuerzas para corregir la situación, planear mejor el presupuesto, y, lo que menos me gusta, estirar el dinero familiar, que de pronto se encuentra vulneradísimo.

Justo cuando no estábamos en condiciones de nuevos golpes, al Capitán se le ocurrió llevar a la casa a una perrita cruza de Doberman que se encontró abandonada. Aquí en la casa de ustedes no se le cierran puertas a animales en problemas (ni a humanos, la verdad), así que acogimos a otra boquita hambrienta. ¡Y una boca tan grande! P. (como la llamamos) necesitaba el triple de alimento que nuestros dos perros. También exigía afecto y atención. No se veía con intenciones de perseguir gatos, pero era algo brusca para jugar. Por otro lado, era cariñosa, obediente y bien portada. No merecía terminar en la calle, o en la perrera (las de México son particularmente horrendas).

Durante dos semanas y pico estuvimos buscando a los dueños de P. por las calles y por internet. Nada; ni carteles, ni anuncios. La llevamos a pasear por donde la había recogido el Capitán. Ningún resultado. Después decidimos regalarla. Una representante de adoptandounamigo.com nos recibió con el gesto torcido y las preguntas directas de costumbre (“¿Ya la registraron con nosotros? ¿Está esterilizada y desparasitada? ¿Tiene todas sus vacunas?” Sin generalizar, por favor. En esta organización hay gente verdaderamente amable y accesible, pero esta cierta señora con quien por desgracia parecemos tropezarnos cada que los visitamos no lo es). Nada se pudo hacer tampoco. Como sabíamos que el esterilizarla aumentaría sus posibilidades de adopción, decidimos al menos hacer esto. El costo de una esterilización no es caro con nuestro veterinario de confianza, pero hay circunstancias donde hasta una moneda de centavo caída en el arroyo duele.

Cuando fuimos a recogerla, unos dos días tras la operación, P., todavía adolorida, se lanzó a los pies de un señor que acababa de llegar a la veterinaria, y estuvo ahí suspirando y lanzando aullidos cortos y sentidos hasta que recibió su dosis de cariño de un extraño. Supimos después que él era otro buen samaritano de animales abandonados. Nuestro veterinario habló con el señor, y él se quedó pensando. Después nos pidió nuestro teléfono.

Tres días más tarde, llamó. Que ya le había encontrado una casa a P., dijo, y que si estaba bien por nuestra parte, iría a recogerla. Supimos más adelante que el señor contaba en su historial con ocho adopciones facilitadas, y que él mismo tenía varios perros, no todos los que quisiera porque a su esposa no le gustan.

Para variar, no fue fácil desprenderse de P., pero nos dio gusto que finalmente diera con un nuevo hogar. Poco antes de que la viéramos partir, el Capitán se volvió a verme y dijo con los ojos brillantes:

- Hasta eso que Dios nos ayudó. Si no hubiéramos llevado a esterilizar a la P., no nos hubiéramos encontrado a este señor.

No le respondí, porque en mi mente lo que tenía era un amargo “bueno, Dios nos podría haber ahorrado tantos problemas en primer lugar, ¿qué no? Podría haber evitado que te encontraras con la maldita perra. Podría no haberla separado de sus dueños”. Cada domingo tengo que convencer al Capitán para que me acompañe a la iglesia, y una vez ahí se comporta como chiquillo de tres años; me da trabajo hacer que se concentre. Sin embargo, me he dado cuenta de que su fe es mucho más sencilla que la mía, y mucho más grande. La respuesta ácida que me callé tuvo su propia respuesta dulce, y en minutos: Dios lo es de todas las criaturas vivientes.

Al abrir a la perrita, nuestro veterinario descubrió que tenía un tumor. No era maligno, pero tarde o temprano le causaría problemas, así que él aprovechó para extirpárselo. Por alguna razón P. se veía más sana y feliz cuando fuimos por ella. Y ahí está: si no se le hubiera perdido a sus dueños, que de todas formas no se mataron mucho para buscarla, si no la hubiéramos recogido, si no hubiéramos ido a esterilizarla y si no hubiéramos gastado en ello buena parte de los ahorros... ¿qué le hubiera sucedido?

Se dice que Dios actúa a través de sus creaturas; eso es a lo que llamamos “Providencia”. Y que Sus caminos son más raros y misteriosos que un cuento de August Derleth. No le falta imaginación, ni creatividad, ni sentido del humor a las historias que compone. Pero no podemos adelantar páginas de Su libro, perpetuamente inconcluso, sin haberlas leído. Me lo imagino completando un capítulo (¿a mano? ¿Con procesador de textos?) antes de comenzar otro, y describiendo lo de la familia que en algún lugar abraza y mima a una perrita que tal vez ya no se llama P. El Gran Entramador de pensamientos infinitos, el Creador de los mejores best sellers, puede haber anotado “y así, el sacrificio de estos dos valió la pena” O algo menos cursi. "Pero estos dos no se imaginaban lo que vendría a continuación". Gulp...

Señor, Tú ya sabes que a una servidora no le gustan las novelas de suspenso, ni las de superación personal, ni mucho menos las comedias románticas; pero si has querido meternos en una, ¿quién soy yo, subcreadorita, luz de cuarenta watts refractada en una cuenta rota, para andarte cuestionando? Con algo de incertidumbre, espero el principio del capítulo siguiente. Ahora sé cómo se sienten mis personajes cuando, en aras de darle interés a una historia, los rodeo de dificultades a resolver. Con la diferencia de que ellos no saben de mí; yo, al menos, tengo consciencia de quién me escribe. Y puedo pedirle, aunque sea con timidez, que cambie un poquitillo el argumento.

Para escuchar el salmo 27 en tagalo, una lengua que me encanta, hagan click aquí.

sábado, julio 03, 2010

Gatos



Como verán, acabo de cambiar el encabezado del blog. El nuevo (¿a que está precioso?) fue mi regalo de cumpleaños por parte de Hellnike (la caricatura del anterior también es suya). Esperé hasta hoy para subirlo porque quería acompañarlo con una entrada... y con un propósito de no tener tan abandonado este sitio. Sí, he estado con el ánimo bajón, pero el alejarme de la blogósfera no ayuda mucho. Además, me está poniendo algo nerviosa ver que algunos de mis blogs preferidos han estado poco activos, o incluso en peligro de desaparecer. No, no pienso cerrar el mío; al menos no todavía. Y pienso sacar algo de disciplina hasta de donde no hay. En fin... con un poco de suerte, volveré a las andadas, e intentaré arrancar de aquí. En mi encabezado nuevo pueden ver que la casa de ustedes se ha vuelto un hogar de gatos (la figura en el fondo, en la casita, es el Capitán). ¡Qué remedio! Siete gatitos que tienen ya años con nosotros. Y si recuerdan que el año pasado recogimos a una gatita embarazada y a otros dos... bueno, digamos que hubo tres más de los que no nos pudimos deshacer. O no quisimos. Como sea. Diez gatitos en la casa de ustedes. Los pormenores ya los platicaré más adelante. Por lo pronto, quisiera que habláramos de otro asunto, también sobre gatos, y no tan agradable. El pasado 19 de junio falleció el escritor mexicano Carlos Monsiváis. No era uno de mis favoritos; nunca fui muy seguidora de sus libros aunque me divertían sus artículos en periódicos; estuve más que de acuerdo con que los de su calaña pagaran impuestos como todo el mundo; me burlaba de su discurso, como lo hago de casi todos los intelectuales con pretensiones izquierditas (sic) que apoyan movimientos populares “desde un mantel importado y un vino añejado”. En lo que coincidíamos ciento por ciento era en el afecto a los gatos. El señor, como una servidora, los tenía a montones, recogidos de la calle o salvados de algún destino incierto. Y lo suyo era auténtico amor. Pues bueno; apenas se acababa de anunciar el fallecimiento del escritor, cuando comenzaron a correr rumores que culpaban a los gatos de la enfermedad que acabó con él (fibrosis pulmonar). El primero que vi fue en una página de gobierno que me mostró el Capitán; no volví a dar con ella pero al autor se le hizo muy poético salir con “su amor por los gatos que posiblemente agravó su enfermedad” o alguna sangronada semejante. No fue el único. Como si estuviéramos en la Edad Media, pero con formas más sofisticadas de comunicación, la estupidez humana adquiere alas. Uno tras otro, varios medios (no sólo el internet) repitieron la idea sin ponerse siquiera a investigar al respecto. Hacia el atardecer del mismo día mi mamá me llamó, preocupadísima por lo que había estado oyendo. Se dice que los familiares de Monsiváis ya la han tomado con los pobres gatos y ordenado que los sacrifiquen; espero por bien de su alma inmortal que no sea así. Si Monsi (como se referían a él los amigos) hubiera sabido lo que le esperaba a sus fieles mininos, se la hubiera pensado antes de morirse. Dos, tres veces. Una asociación amiga del escritor, Gatos Olvidados, ha estado presionando a la familia para que suelte tanto la verdad como a los gatos mismos. En su página de internet actualizan la información, y han hecho también una petición en línea (en el momento en el que escribo esto, han recaudado casi setecientas firmas). En la vida real los gatos nos protegen de las ratas (que sí transmiten enfermedades), pero en los medios son los villanos y llevan las de perder. La gente hoy se alimenta más de medios que de vida real. Pero no importa. Aun si el mundo se vuelve territorio de ratas, una servidora siempre estará del lado de los gatos. Otros posts sobre gatos aquí:
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