lunes, octubre 11, 2010

Receta: Thai-Cosa


©Cooking Mama, del juego homónimo de Office Create, publicado por Majesco para Nintendo DS.

Siempre que es el cumpleaños de Alphanubis, Fenrier y yo buscamos cocinarle algo rico. El año pasado, cuando no sabíamos si repetir la carne en su jugo que ella me enseñó a hacer o ya mejor sugerir algún restaurante, Fenrier me contó de un lugar que había visitado en su viaje de prácticas de iaido a Puerto Vallarta. Era un restaurante tailandés llamado “Archie’s Wok”, y el platillo que comió ahí con sus compañeros le pareció delicioso. El pequeño problema es que no recordaba el nombre.

Tras escuchar su descripción del plato y consultar algunos recetarios, la ayudé a elaborar una lista de los posibles ingredientes. Durante dos días hicimos pruebas hasta que dimos con lo que al afilado sentido del gusto de Fenrier le pareció sería su platillo misterioso, o uno muy parecido. Usamos como picante una paprika recién molida por suaves manos coreanas, y sustituímos la salsa de pescado, muy común en la comida tailandesa, por salsa de ostión, que era lo que teníamos a mano. ¿Y qué pasó? Pues que nuestro invento fue un éxito en la fiesta de Alphanubis.

Tomé nota cuando hacíamos los experimientos y más adelante repetí algunas veces la receta por mi cuenta. Aquí la tienen, menos picante que como la hicimos la primera vez, pero todavía riquísima. Puesto que jamás averiguamos como se llama, decidimos bautizarla como “Thai-Cosa”.



Ingredientes (para 2 a 3 porciones):

  • 1 paquete de ramen instantáneo
  • 1 cebollita cambray en rebanadas (incluyendo el rabo)
  • 5 camarones grandes o 10 pegueños, crudos y en trocitos
  • 1 pechuga de pollo en cuadritos
  • 1 taza de germen de alfalfa
  • 2 dientes de ajo fresco, bien picados
  • 1 huevo batido
  • 1/2 taza de cacahuates sin cáscara, tostados pero sin freír y sin sal
  • 2 cucharadas de pimentón rojo (paprika) en polvo
  • 1 cucharada de curry
  • Sal al gusto

Para la salsa:


  • 2 cucharadas de salsa de ostión
  • 2 cucharadas de jugo de lima
  • 1 cucharadita de azúcar o 1 sobre de endulzante

Herramientas:

  • Wok, o sartén profunda
  • Olla honda para la pasta
  • Recipientes para la salsa y para apartar los ingredientes
  • Palillos de cocina o palita de madera
  • Cuchillo afilado
  • Aceite o spray para cocinar
  • Agua

Procedimiento:

1. Preparar la pasta según las instrucciones del paquete. Escurrir muy bien.

2. Mezclar los ingredientes de la salsa.

3. Calentar a fuego alto un poco de aceite o spray en el wok o sartén.

4. Sofreír el ajo junto con el pollo. Cuando éste quede bien cocido y empiece a dorar, añadir los camarones; mover constantemente hasta que todo esté cocido. Apartar y reservar.

5. Rociar un poco más de aceite en el mismo wok o sartén, y sofreír la pasta a fuego lento durante unos dos minutos. Añadirle la paprika y el curry, con media cucharada de sal o más al gusto, y mezclar, si fuera posible con palillos, hasta que la pasta quede muy roja y aromática. Apartar y reservar.

6. Devolver el pollo y los camarones al wok, agregar los cacahuates y sofreír a fuego lento. Echar el huevo y cubrir la carne con él; mezclar y seguir cocinando hasta que el huevo quede cocido en fibritas.

7. Añadir la pasta y la alfalfa, y revolver muy bien. Verter la salsa, mezclar y cocinar un minuto más.

8. Antes de servir, añadir un poco de cebollita cambray sobre el platillo. Listo.

jueves, octubre 07, 2010

Reseña de película: Héroes Verdaderos



Héroes Verdaderos

Director: Carlos Kuri

Intérpretes: Jorge Lavat, Víctor Trujillo, Jaqueline Andere, Mario Filio, Pepe Vilchis, Kalimba, Sandra Echeverría, Raymundo Armijo, Raúl Carballeda, Claudio Lafarga, Humberto Vélez.

Lo bueno: El diseño de personajes, algunos momentillos de la animación, el doblaje de veteranos, los héroes.

Lo malo: Para variar, el guión; algunos momentillos de la animación, el doblaje de estrellitas, los protagonistas.

Lo que faltó: Sutileza.

Lo que sobró: Las canciones.


Calificación: **

Todo el mundo se apunta a celebrar el Bicentenario (es decir, los doscientos años a partir de que comenzara una guerra civil para lograr la independencia de un país que se llamaría México), y, no me pregunten por qué, hubo quienes lo hicieron en forma de películas o cortos animados. Será, y eso son buenas noticias, que la industria de la animación ya está por fin recuperándose en nuestro país, al que, en tiempos pasados, no le faltaba tradición (pocas personas saben que en México se maquilaban programas de Hanna-Barbera, por ejemplo). Lo malo es que este género, al volver a volar, lo está haciendo no con un ala rota, sino con ambas patas convenientemente fracturadas y dejadas soldar al descuido.

Los cortos de Héroes Verdaderos prometían, y mucho, hermosos diseños, secuencias de batalla, tal vez una aproximación a la historia oficial que ya se volvió anticuada con la moda de la “desmitificación”. Nada malo.

Pero una servidora, para qué mentir, llegó al cine llena de prejuicios... y se quedó agradablemente sorprendida cuando la película arrancó con unos paisajes maravillosos, unas escenas impresionantes y una trama sencilla que apuntaba a una historia bien contada. Lo malo es que esa magia duró... ¿cuánto será bueno?... unos diez minutos a lo sumo. Y de ahí en adelante la película comenzó a deslizarse, lenta pero inevitablemente, en caída vertical.

Aunque los cortos presumen más que nada a los héroes de la independencia mexicana en acción, en realidad la historia se centra en cinco muchachos a quienes les toca vivir la turbulenta época: Carlos, que tiene que tragarse sus ideas “progres” y la discriminación que sufre por su nacimiento criollo; su mejor amigo, Mixcóatl (ajá, hasta eso que se toman tiempo para explicar el porqué del nombrecito), un chico indígena de su edad; el atormentado hermano mestizo de éste, Xama; el hermano mayor grandote y bonachón, Tahtsi, y su prima Tonantzin (no, lo que no se explica es el porqué de esta casi blasfemia), que exhibe gran parte de la película un imposible vientre al aire y pies descalzos.

Después de hacernos tragar una buena cantidad de detalles que por desgracia no llevan a ningún lado, los jóvenes protagonistas quedan botados en bandos enemigos (Xama en el ejército realista, y el resto con los insurgentes de Hidalgo), y los próceres desfilan con cuentagotas en lo que Carlos y sus amigos luchan por convertir un ideal en realidad.

¿Lo estoy haciendo sonar interesante? Piénsenlo dos veces. La premisa, nada mala, se disuelve muy pronto en una trama principal innecesaria y punto menos que hueca. Los hermosos diseños no logran levantar del piso a los personajes principales, tan desangelados que no consiguen conmover o emocionar. El pobre Xama, un villano a la fuerza que aparece misteriosamente en cada batalla importante del ejército realista en donde pueda encontrarse con sus viejos amigos, ve cortado su potencial desarrollo junto con su posibilidad de redención que, no lo dudo, podría haber estado contemplada en algún tratamiento temprano de la historia. La voluptuosa Tonantzin se lanza a las batallas (que por cierto pueden oírse, pero no verse, ni siquiera en sombras) desarmada y todavía descalza, al parecer con el único propósito de que la rescaten. Mixcóatl tiene su momento de guerrero jaguar prototípico, y Carlos, que hubiera sido un protagonista distintivo de no ser porque la corrección política pedía que el chico indígena brillara igual que el criollo, se pierde y ya. Bajo la fuerza bruta del hermano restante, Tahtsi, se adivina alguna personalidad. Con mucha fe.

Lo rescatable de la película son los héroes verdaderos del título, que tienen muy pocos minutos en pantalla (a la mayoría nos los echan, de a montón, en las escenas finales de la cinta y que están interpretados por actorazos con experiencia en doblaje y no “estrellitas”, como ocurre con algunos de los otros personajes: Jorge Lavat, una de las voces más bellas del medio, hace a un Hidalgo muy sereno y compasivo; Víctor Trujillo le queda maravilloso a la figura alta y musculosa en la que se transformó al gordito Morelos; Beto Vélez merecía un papel mucho más largo que el del traidor Arias... y así nos vamos.

Sospecho que a Héroes Verdaderos le pasó lo mismo que al pastel del cuento de Tolkien El Herrero de Wooton Mayor: el pastelero se desvivió planeando la decoración y cuando terminó se dio cuenta de que no tenía la más mínima idea de qué iría dentro del pastel. Y una vez éste quedó horneado, los múltiples huequitos de la masa tuvieron que rellenarse con clichés cada vez más molestos: que si el malo servil y chistosito, que si el inevitable romance, que si (en el caso de la animación) ciertos estudiados movimientos que le dejan a uno miles de deja vu de películas de Disney y series de anime; que si las canciones (de las canciones, EN SERIO, prefiero no hacer comentarios)... y todo ello, inyectado como con duya, se alcanza a desbordar y convierte a la trama en un caos que haría que la de Nikté pareciera coherente; y que, para rematar, resulta pesada para los niños (en la función a la que asistí me tocó estar a unos asientos de una pobre señorita de unos diez años que preguntaba a cada rato “¿ya se va a acabar?”). Y todo ello por el hecho que nuestros realizadores todavía no acaban de entender: lo más importante para fabricar una buena película es tener UN BUEN GUIÓN. Si el guión falla, igual pasará con lo demás.

La secuencia final (algo así como los highlights de la Independencia) sólo nos deja añorando lo que pudo haber sido de haber contado este proyecto con más tiempo (seguro), con más crítica y... ¿se me olvidaba algo? Con más tratamiento del guión. Porque presupuesto no creo que les haya faltado. Gracias a Dios el cine donde lo vimos tenía algún problema de sonido o algo así, porque del discurso patriotero del final, pronunciado por el mismo director, no alcancé a entender ni la mitad. O será que mis orejitas la estaban filtrando; a veces sucede.

En conclusión: Héroes Verdaderos es un proyecto muy bueno que nomás no cuajó en la práctica. Pero en todo caso, pueden guiarse por lo siguiente.

Recomendaciones: Para cualquiera interesado en la animación, o metido en el campo. Si abren los ojos, se puede aprender de los errores ajenos, y también de las virtudes. Para personas que apoyan al cine mexicano, porque la verdad es que sí hay que hacerlo (aquí nos tocó vivir).

Abstenerse: Si los clichés les producen urticaria, porque se van a llenar de ampollas. Si la historia mexicana no les interesa en lo más mínimo. Si tienen que llevar a sus hermanitos menores de diez años.

Si prefieren segundas opiniones de una persona que conoce de animación mucho más que una servidora, pueden leer la reseña de Nemo-H, que me acompañó a ver la película, aquí.

miércoles, septiembre 22, 2010

Cobrar lo justo

En marzo de este año, la traductora Marcela Jenney publicó en su blog un interesantísimo artículo (rematado por una serie de consejos punto menos que indispensables para quienes trabajan en su campo) que se compartió en la lista de correos de la Organización Mexicana de Traductores. Lo que trata es una situación espantosamente seria por la que de seguro ha pasado cualquiera que se dedique a la traducción. Algo que siempre le dije a mis alumnos de esta materia es que en nuestro oficio es el único en el que tenemos que educar a los clientes. Muchos de ellos piensan que para traducir sólo hay que sentarse con un papel, libro, etc. en una lengua en una mano y ponerse casi a transcribir con la otra; no saben nada del proceso de investigación, de selección de palabras, de comprensión y reelaboración que implica traducir. Los peores son quienes creen que nuestro trabajo vale lo mismo que una página pasada por el Babel Fish o el Google Translator, que son gratuitos.

Le pedí a la autora permiso para traducir y reproducir su artículo aquí, y ella, muy amablemente, accedió. Para leer el original en inglés, hagan click aquí. Lo acompaño con una imagen de San Jerónimo, el santo patrono de los traductores, que se celebra el próximo 30 de septiembre.


Image Hosted by ImageShack.us
Invocación a San Jerónimo que me enseñó mi tía L. cuando era chiquita: "San Jerónimo bendito, con tu cordón bendito, ¡amarra a tus animalitos! (a lo que añadí, de adulta, "o por lo menos ciérrales el hocico, o dales voluntad, en la medida de lo posible, de ser menos animales").


¿Eres traductor profesional? Si es así, ¡NO bajes tus tarifas de traducción!

Por Marcela Jenney

Traducido por: Yours Truly


¿Cuándo fue la última vez que le pediste a tu doctor o tu abogado que te hiciera un descuento de sus honorarios? A menos que el doctor o el abogado sean tus parientes o muy buenos amigos tuyos, no es muy probable que te atrevieras a pedirle eso al proveedor de un servicio profesional, ¿o sí? Entonces, si te consideras un traductor profesional, ¿cómo es posible que sigas permitiéndole a otros que te pidan que bajes tus precios? Pero este hecho no es lo peor de la situación. Muchos traductores profesionales están reduciendo sus precios en un intento desesperado por conseguir trabajo.

Los clientes piden descuentos, y los traductores ceden a sus peticiones, cada vez más, todos los días. Cuando haces un descuento al precio de tus servicios, le estás dando permiso a otros de que piensen que éstos no valen mucho. Y, desafortunadamente, esta tendencia está afectando negativamente a la industria entera de traducción y localización.

Ponle un precio justo a tus servicios. El costo que establezcas para tus servicios se determina por cómo perciben tus clientes la calidad que obtienen por su dinero. ¿Se están cumpliendo las expectativas de los clientes? ¿Qué es lo que se llevan? ¿Por qué deberían contratarte a ti y no a tu competencia?

Aprende a decir “no”. Si bajas tus tarifas, estás enviando señales de pánico, no sólo de tu parte, sino de la industra entera. Si reduces tus tarifas aunque sea una vez, va a ser muy difícil negarse a ello la siguiente vez ocasión que el mismo cliente se presente. Uno de mis más queridos redactores me dijo una vez, cuando le pedí que bajara un poco su precio, que se sentiría muy incómodo consigo mismo de hacerlo. Me encantó su enfoque profesional a la hora de respaldar su trabajo.

Céntrate en tu promesa de calidad. Cuando sabes y tienes pruebas de que lo que estás ofreciendo tiene gran calidad para tus clientes, asegúrate de mostrar con constancia esto en la entrega de tu trabajo. En lugar de bajar tus precios para igualarlos a los de la competencia, enfócate en añadir valores agregados. Piensa en formas de armar paquetes de servicios complementarios, o crea diferentes ofertas a distintos precios que puedas adaptar al presupuesto de tu cliente.

Mejora tu oferta de servicios. En la economía de la actualidad hay tantos productos y servicios que el mercado está simplemente sobresaturado. Muchos piensan en la traducción como un producto común y corriente por la sencilla razón de que todo el mundo se basa en los mismas “cualidades”. Pero la traducción jamás debe guiarse por los modelos de mercadotecnia de otro producto. En el negocio de los servicios, lo que importa es el “toque especial” que uno puede añadirle a su oferta. Tus clientes, sencillamente, buscan alguien en quien puedan confiar. Quieren asegurarse de que eres responsable, que todo el tiempo estás entregándoles calidad, y que siempre estás ahí para apoyarlos. Las características de los beneficios y el servicio son siempre buenos puntos a favor para la venta, pero el mejor de ellos es llevar una excelente relación con el cliente.

Enfócate en tu mercado meta. Si todo el tiempo te están pidiendo que bajes tus tarifas, es muy posible que los clientes que se te acercan no sean los adecuados. Pregúntate si no estarás perdiendo el tiempo al tratar de conseguir clientes que no están dispuestos a pagarte lo que vales. Cuando decidas enfocarte en un sector del mercado, es importante que entiendas cuáles son las costumbres y las preferencias de tus clientes. Además, asegúrate de que tienes las capacidades y cualidades para realizar un excelente trabajo y una oferta de traducción con valor superior.

Crea una marca fuerte. De la misma forma que las grandes corporaciones crean sus marcas, los traductores pueden construír una, fortalecida y distintiva. Si te concentras en crear una marca fuerte, no sólo te reconocerán con más facilidad sino que también podrás crear una conexión emocional con tus clientes. Tu competencia puede intentar copiar tus procedimientos, tu modelo de negocio, tecnología, etc., pero será muy difícil que reproduzcan las creencias y actitudes que has logrado establecer en la mente de tus clientes.

Recuerda que cuando estamos vendiendo un producto o servicio, no somos nosotros lo que más importa. Son nuestros clientes. Enfócate en las necesidades y deseos de tus clientes, y busca maneras de mejorar la relación. Cuando no hay calidad, el precio se convierte en el único factor de decisión. No bajes tus tarifas; en lugar de ello, incrementa tu competitividad y las características de valores agregados a tus servicios.

lunes, septiembre 20, 2010

Invencible



"En lo más profundo del invierno, aprendí finalmente
que dentro de mí se encuentra un invencible verano".
Albert Camus


Los veranos de Guadalajara tienen un ambiente peculiar: los cielos nublados, la lluvia muy frecuente, el desánimo y la tristeza sutiles en los rostros de todo el mundo y la alegría falsa pero resistente que trata de imponerse desde anuncios espectaculares.

Nunca me ha gustado trabajar en verano. El clima más cálido me predispone a la pereza; la lluvia me complica las salidas de la casa; me pone de malas el añorar las vacaciones que antes podía darme el lujo de tomarme. Es por ello que hace algunos años adquirí una no muy saludable costumbre: al salir del trabajo por las tardes, en lugar de, como buena y dedicada ama de casa, regresar a centenares de tareas domésticas inconclusas, me iba a algún centro comercial a fingir que era una muchacha joven con tiempo libre para tirar, y lista para disfrutar del verano no obstante la lluvia y el bochorno. Me quedaba comtemplando los centros de entretenimiento que se montaban para los niños (carruseles, ruedas de la fortuna, talleres, cocinitas, hasta un herpetario que llegué a ver), entraba a las tiendas a probarme de todo (si encontraba ofertas hasta me compraba alguna estupidez) y me sentaba con un chai frappé, a estirar las piernas, sola (porque mi capitán nunca ha podido aguantar la inactividad, a menos que esté durmiendo) e inmersa en el fingimiento. Una hora después, me regresaba a la casa, a los problemas cotidianos y los pendientes del próximo día.

Esa hora privada y fingida me hacía sentir un poquito mejor. Era un verano artificial, sustituto del otro, el de muchos años atrás, cuando el horario lo marcaba el día y el trabajo (si es que había) tenía una rutina, pero no era igual jamás. En el campo se ordeñaba a las vacas, se separaban los becerros, se cortaba sorgo, se hacía queso. La lluvia no se iba resbalando, como llanto, por las calles, sino que penetraba en el suelo, se convertía en rocío con el sol y le daba al ambiente un aroma incomparable. Y estaban, por supuesto, las flores.


La marca del verano eran las ipomoea, a las que llaman en el pueblo de mi mamá “flor de la mañana”, porque cuando les pega el sol se abren, todas rosadas o púrpuras, esplendorosas entre el verde mojado. No tienen ningún perfume pero no les hace falta. Al atardecer, el único pétalo se enrosca sobre sí mismo. De cuando en cuando la flor cerrada sirve de refugio antitormenta a escarabajos u otros insectos.

Este verano del 2010 no sería ni como los recientes, ni como los de antaño.

En el pasado mes de julio, me entraron, entonces no sabía por qué, unas ganas tremendas de repetir el Crisis Core: Final Fantasy VII, un juego para PSP que terminé por primera vez hará unos dos años y que de hecho les reseñé por aquí. Es una producción muy buena, con mínimos defectos, pero que en lo personal me entristeció lo suficiente como para proponerme no darle una segunda pasada, sino hasta entonces, que fue cuando tomé un archivo viejo y empecé a avanzar sobre la historia tan rápido como me fuera medianamente posible, con todo y que no se me olvidaba que la narración no iba a durar y que no tendría un final feliz.

No voy a contar una vez más de qué trata el juego; si son fans de los RPG y sobre todo de la serie de Final Fantasy supongo que ya lo jugaron; si no lo han hecho, algún día lo harán y se llevarán una sorpresa gratísima. Pero si quieren un resumen en dos patadas del argumento central, va más o menos así: resulta que el adorable protagonista de Crisis Core, Zack Fair, es un muy buen empleado de cierta compañía, pero cuando descubre POR ACCIDENTE que esa compañía anda en malos manejos y está corrupta hasta las células se gana una sentencia de muerte. No me pregunten cómo, pero se las arregla, a pesar de todo, para permanecer optimista; se repite la frase de un mentor suyo (“aférrate a tus sueños”) y allá va. La última parte de su aventura la pasa huyendo de perseguidores que van tras él a centenares, como si fuera no un criminal, sino todo un ejército subversivo; ahí está que hasta uno de sus colegas le envía en un mensaje de texto: “Pero por Dios, amigo, ¿pues qué hiciste?”

Afuera, en la realidad, las cosas no iban tan diferentes.

El verano se acercaba a su fin, como la historia de Zack (otra vez), como mi propia historia en cierto modo. Y yo no quería terminar en un lodazal, sin fuerzas siquiera para levantar la vista. Lo lamento, pero igual así percibía mi situación.

Según iba avanzando en el juego, me iba llenando un presentimiento raro: que no me quedaba mucho tiempo (es decir, en mi empleo; en mi empleo de quince años). Sin embargo, yo no quería irme así: no como criminal, no huyendo. Pero no pintaba de otra forma el asunto: faltaban tres semanas para iniciar los cursos de otoño y no se me había dicho ni una sola palabra sobre mis clases del siguiente cuatrimestre. Ni “te quedas”, ni “te vas”; nada. A las dos semanas, lo mismo. Pero a los silencios de palabra no les faltaba una avasalladora elocuencia: miradas hostiles como metralla, personas que de pronto le retiraban el saludo a una, la confianza despedazada como piedra de talco, dispersa, en el piso, o haciendo remolinos por el aire y metiéndose a la nariz, y de ahí a los pulmones, a hacer estragos con la vida misma. “Pero por Dios... ¿pues qué hiciste?”

Hasta eso, yo tenía una ventaja con respecto al pobre Zack; sabía perfectamente lo que había hecho. ¿Qué fue? Hablar. Hablar con mis jefes, a quienes siempre les había tenido tanta confianza como para discutir intimidades, sobre lo que estaba mal en el rumbo que iba tomando su negocio. Hablar con toda la sinceridad del mundo. Y preguntar qué se iba a hacer al respecto. La respuesta la recibí indirectamente, primero, por medio de una especie de sanción económica (“porque te atreviste a cuestionarlos”, palabras de la contadora de la empresa), y después, con la elocuencia silenciosa ésa que les comentaba. No sé, ahora que me la pienso, qué esperaba ganar con ello. Yo no estaba salvando la vida de un amigo, ni siquiera peleando por mi propio pellejo. Mi acción no tenía nada de heroico. Lo hubiera sido, tal vez, si las cosas hubieran mejorado un poco.

No quise ahorrarle a mis jefes la molestia de confrontarme, y, además, tenía miedo (¿miedo?¿De qué?). Mi capitán nomás preguntaba que por qué no daba yo el primer paso. En plena huída de la vida real, terminé por segunda vez el Crisis Core. Esta vez no lloré. Me quedé tiesa, reflexionando en mi situación. Creo que aguanté algo así como cinco horas y luego quise irme a caminar. Caí en la cuenta de todo lo que estaba dejando atrás (era un poco como morir), y solté un dique que hubiera desbordado el Atlántico.

Así, sin despedirme, dejé atrás mi relación de quince años. Fui a la calle a probar una ruta nueva, un caminito nuevo, otra parada de camión, después de una llovizna ligera. Mi camino pasaba por un terreno baldío, lleno de broza, donde el suelo aún absorbía el agua sin formar charcos de lodo. El olor a tierra se soltó, incomparable, pero aún así familiar. De pronto se me ocurrió mirar a la derecha y me encontré, revueltas entre montones de plantas vivas y podridas, colgando de una pared de alambre, cuatro o cinco ipomoea moradas, recién abiertas aunque pasaba de las cinco de la tarde, con gotitas de agua en el único pétalo que brillaban por un rayo de sol mínimo que se abría paso entre las nubes.

“Aférrate a tus sueños”, me dije con una voz que no era mía. Y comprendí que, después de todo, el verano (invencible) seguía siendo mi estación favorita del año.

viernes, septiembre 17, 2010

Volver


Fragmento de una ilustración de Kahama


No es la primera vez que me ausento de mi blog, pero siento que han transcurrido años desde la última vez que vine. En el abandono en el que he dejado la casa no hay precedentes, o al menos así parece. He estado poniendo algunas entradas aisladas, pero casi ninguna tiene relación con la otra y más bien parecieran un intento de dar señales de vida. Si me pongo a mirar a mi alrededor (a mi casa real, a mí misma en el espejo) me sorprendo al darme cuenta, como por primera vez, que el blog no es lo único que he estado descuidando.

Jamás me lo comentaron, pero creo que así se debe de sentir cuando la vida de uno da un giro. La de una servidora ha estado en un remolino loco durante por lo menos el último mes. Un tornado, que fue en lo que acabó convirtiéndose un vientecillo imperceptible (que empezara tal vez cinco años atrás), y cuyos efectos no pude apreciar sino hasta que lo contemplé vía satélite. Es como si alguna especie de tinta mágica revelara aquí y allá montones de ruinas y escombros invisibles con los que antes me tropezara y estrellara sin saber qué rayos estaba ocurriendo.

Y bien, piensa una servidora, ¿qué hacer ahora? No hay mucho entre las ruinas que se pueda recoger y salvar, aunque siempre queda la posibilidad de hallar alguna pared en pie. De un día para otro, la profesión de albañil resulta abrumadora. ¿Entonces? Bien, uno puede aislarse por varios días a rumiar las penas, pero después, qué remedio, hay que levantarse.

El tornado ya es viejo. Las ruinas siguen ahí, pero una servidora ha comenzado a darles guerra, escoba en mano. No es fácil recoger todo este desbarajuste, pero hay por lo menos algo que no me cansa repetirme: ya se me había olvidado a qué sabe la tranquilidad. Y su sabor es tan increíblemente agradable y adictivo que no entiendo cómo pude estar tanto tiempo sin él.

Perdón por hablar tanto en acertijos; ya, más adelante, podrán enterarse de a qué me refiero. Esta entrada es sólo para, como ya lo he hecho otras veces, anunciar que seguimos aquí, y que tenemos todo el propósito de volver a ser lo que éramos. Las entradas puntuales, tres por semana; reseñas, ocurrencias, alguna que otra traducción, por supuesto recetas (de cocina y de otras cosas). En los planes vienen un platillo original (bueno, casi), algunos útiles consejos para traductores y una sentida historia sobre por qué mi acción más valiente del verano fue repetir un videojuego al que no me había atrevido a enfrentar una segunda vez. No voy a dejar pasar este año sin una nueva semana del sushi. Y aunque la fecha para celebrar al Batallón de San Patricio (12 de septiembre) se me haya pasado de largo, espero poder dedicarle algunas palabras a otro hecho reciente (y muy, muy lamentable, por cierto): el fallecimiento del director Satoshi Kon. Estoy escribiendo (lo que no me ocurría en años) un relato de ficción; si lo llego a terminar, será todo un triunfo. Intento poner orden en mis doscientos pares de zapatos y desechar todo lo que de verdad no sirve. Seguirán los libros y revistas. Voy a arreglar un poco esta casa de ustedes también: revisaré los links para quitar los que ya no lleven a ningún lado y añadiré nuevos sitios interesantes. Les agradecería también que me avisaran si algunas de las ilustraciones de las entradas no están apareciendo.

Gracias por toda la paciencia, y por seguirme siguiendo (la repetición fue a propósito). Nos vemos de nuevo en unos pocos días.
Creative Commons License
La casa de Aisling by Laura Michel is licensed under a Creative Commons Atribución-No Comercial-Sin Derivadas 2.5 México License.