
Ninguno de mis amigos más jóvenes me la creería: en mi vida he tenido más computadoras que novios. De los últimos, sólo anduve con tres, y con el que menos, duré un año. Mis computadoras, hasta eso, tuvieron mayor vida útil. Muchas compus, muchas Mac, durante mi perra vida maquera que ya les relaté; a todas las he bautizado (ni siquiera recuerdo cómo es que empecé con eso) y con todas he establecido cierta relación que no sonaría muy normal para un humano y una máquina. ¿Tal vez R2D2 haya tenido algo que ver en este asunto? Por el tiempo de El Imperio Contraataca, leí una entrevista a George Lucas, y me fascinó su idea de que, a diferencia de lo que ocurría en las películas de ciencia ficción viejitas, él quería mostrarlas como amigas de la humanidad y no como amenazas. Para mayor confusión, la primera computadora bautizada que conocí, propiedad de un amigo, fue una PC con Windows 3.1 llamada Hal.
Era cuestión de tiempo.
Mi nueva compañerita Macbook ya tiene nombre. Pero antes de comentarles cómo lo adquirió, permítanme contarles la historia de los bautismos que la precedieron.
Scotty
Montgomery Scott, “Scotty”, el jefe de ingenieros de la nave estelar Enterprise, era mi personaje favorito de la primera serie de Viaje a las Estrellas (adoraba a Spock y a McCoy, y Kirk no me caía mal, pero me fascinaba el espíritu de Scotty, su sentido del humor y su “toque” para las máquinas). James Doohan, el maravilloso actor que lo representaba, falleció en el 2005, ayer hizo exactamente dos años. Me hubiera gustado conocerlo.
En la cuarta película después de la serie, hay una escena donde Scotty intenta manipular una Mac del siglo XX; eso fue todo lo que decidió la serie de nombres para mis computadoras de escritorio.
Scotty (Mac Classic): Mi primera compu y la más perfecta: ni un solo archivo perdido, ni una sola pantalla congelada. Hizo mis trabajos de la universidad, y me acompañó en el lento proceso de captura de mis manuscritos de toda la vida; mi tesina, muy bien organizada en carpetas, siempre estuvo a salvo en su disquito duro de apenas 10 megas.
Me dolió venderla, pero después de tres años ya era hora de pasar a la siguiente generación, que tenía dos elementos que antes se consideraban caprichos frívolos en una computadora: CD Rom y pantalla a color.
Scotty II (Performa 5200): ¡Pantalla a brillantes colores! No podía creerlo. En la computadora nueva, pude poner juegos por primera vez (aunque los videojuegos de computadora nunca fueron lo mío) y una conexión a internet. Scotty II fue mi fax cuando comencé como traductora freelancer y el taller donde diseñé mi primera página de internet; en ella aprendí a elaborar libros electrónicos muy sencillos e hice amigos por chat y bbs. Mi gatita S., en paz denscanse, estaba fascinada con la máquina; la contemplaba por horas, le ronroneaba y le gustaba echarse a dormir junto a ella.
Lo único malo que me ocurrió con Scotty II fue cuando le cambié su disco duro original por otro de mayor capacidad; y tan malo salió este cachivache, que no tardó ni un año en echarse a perder y se llevó consigo varios escritos que a la fecha no he vuelto a recuperar ni por la memoria. Esto, digamos, enfrió un tanto nuestra relación... pero seguimos trabajando hasta que el progreso y la imposibilidad de futuras actualizaciones fueron dejando atrás a mi máquina. Aproveché la primera oportunidad para apoderarme de...
Scotty III (Performa 6400), que había sido la computadora de mi segunda hermana hasta que decidió cambiarla... por una PC. No era algo tan terrible, pues mi familia había comenzado en la “maquería” sólo por mí, y ella estaba casada con el ex-propietario de una Powerbook 3400. La nueva familia se estaba mudando de domicilio y de sistema operativo, así que antes de que otra cosa sucediera decidí autonombrarme heredera de la Performa.
Scotty III acogió en su totalidad los archivos sobrevivientes de Scotty II y me dejó con los programas de mi hermana. Hasta la fecha sigue siendo un desbarajuste y la máquina más perezosa que tengo: sólo la utilizado para acceder a ciertos archivos. Pero como es una compu muy buena que no merece la ociosidad, qué sorpresita le espera cuando le instale su nueva tarjeta sonnet y el sistema operativo 9. Por lo menos.
Geordi
Geordi LaForge (interpretado por LeVar Burton) fue el ingeniero de Viaje a las Estrellas: La nueva generación, serie que me gustó menos que la primera pero que por costumbre solía ver. No era mi personaje preferido (el capitán Picard y el teniente comandante Data se disputaban el honor) pero por seguir la tradición su nombre pasó a mi primera portátil...
Geordi (Powerbook 100). Tuve simultáneamente a Scotty y a Geordi; la segunda me acompañaba a la universidad mientras que la primera esperaba en casa las transferencias de archivos. La convivencia se parecía, y de la forma más encantadora, al capítulo de La nueva generación titulado Reliquias, en el que Scotty y Geordi aparecen juntos y entre los dos salvan la nueva Enterprise: Geordi era más “joven” y “avanzada” que Scotty, pero tendría que reconocer la experiencia y estabilidad de la compu más viejita, principalmente porque fue con Geordi con quien me enteré de que existía ese terrible fenómeno de los sistemas que se congelaban.
Geordi cruzó el Atlántico conmigo la primera vez que fui a las Europas, se quedó a vivir en España para trabajar en la tesis de mi segunda hermana y regresó con la batería quemada; no puedo creer que el remplazo haya salido más costoso que el de la vieja batería de Shu II.
Las Powerbook 100 utilizaban un floppy externo, y cuando la parte de la tarjeta madre de Geordi que se conectaba con el aditamento falló, no hubo mucho más por hacer. Me quedé sin laptop mucho tiempo, hasta que mi status de viajero frecuente me requirió otra.
Methos
A mi hermana mayor y a mí nos encantaba la serie Highlander; no nos perdíamos un episodio y estábamos prendadas por igual del personaje Methos, según la historia, el más viejo de los inmortales, y al que hacía un actor joven, bajito, por encima de todo deslumbrante, Peter Wingfield, que había sido clavadista y tenía la espalda para probarlo. La nariz de este joven, además... bueno, mejor no hablemos de mis fetiches.
A su primera computadora, mi hermana decidió llamarla...
Methos (LC II): Fue una máquina compacta, extremadamente versátil y de gran calidad. Así las cosas, Methos no fue realmente mía, pero no me despegaba de ella en las vacaciones en casa de mis papás, en Zacatecas. Ella me acompañó en asuntos tan diversos como el diseño de una nueva materia para la carrera de Lingüística (Lengua y cultura), o las ochenta y tantas páginas de un guión de historieta basado en el videojuego Final Fantasy VI, que un amigo me había prouesto convertir en doujinshi por pura diversión. Un día que no tenía nada que hacer, usé su micrófono externo para grabar y mezclar un dueto de "Las Hermanitas Miseria" (una servidora y una servidora) cantando, en primera y segunda voz, El gato viudo de Chava Flores.
Methos pescó el inicio de muchos de mis cuentos, aunque no el final; y más que las Scotty y Geordi, fue testigo de mis arranques creativos.
Cuando mi hermana se hartó del aislamiento (sus amigos y colegas de trabajo tenían PC) y decidió cambiarse al bando contrario, por supuesto que hubo berrinche, pataletas y lágrimas de mi parte, pero nada hubo qué hacer; a Methos la sustituyeron una, dos, tres PCs que jamás dieron el ancho; mi hermana no quedó realmente satisfecha sino hasta con la cuarta, que aún tiene ahorita y que no es precisamente mi sueño dorado. ¿Que si tiene nombre esa PC? No, que yo sepa, y lo mismo ocurrió con las que la precedieron.
Shu
El brillante estratega del ejercito de la liberación en el videojuego Suikoden II era, además de astuto y muy guapo (una se fija en eso también), un hombre de valor a toda prueba. Fue mi personaje favorito del juego y lo siguió siendo las tres o cuatro veces que lo repetí.
Cuando conseguí mi primera portátil a colores, estaba todavía lo suficientemente encandilada con él como para pasarle su nombre, y la siguiente portátil que tuve lo recibió por herencia.
Shu, mi Ibook G3 de primera generación, ha sido de veras una máquina de batalla; no puedo creer, en serio, que hasta la fecha no se sobrecalienta, y que todavía puedo sacar provecho de su disco duro de 3 gigas.
La historia de Shu II, mi Ibook G4, ya la conocen.
Y mi Macbook blanca se llamará...
No, no fue amor a primera vista. Aunque le hablé una vez de recién comprada, eso no significaba que lo iba a seguir haciendo. Estuve coqueteando con la idea de dejarla sin nombre y tratarla como cualquier aparatejo electrodoméstico (por amor de Dios, no me la paso poniéndole nombre a cualquier objeto de la casa). Y, en todo caso, no la llamaría “Shu III”.
Bien, comencé la mudanza de los archivos de Shu y los respaldo de Shu II poco a poco (todavía no termino). El nuevo teclado todavía se sentía raro en mis dedos. Las Macbook son demasiado bonitas para su propio bien; la mía seguía aislada y no en mi sitio de trabajo acostumbrado, y sólo pensaba en cubiertas y protectores cada vez que la veía. Ya habría tiempo. Pero definitivamente mi naturaleza animista me estaba ganando; no me sentía cómoda y no podía llamar mía a esa compu sin bautizarla.
A ver, me forcé. ¿Tal vez el nombre de otro de los estrategas de los Suikoden? Mmmmm... no. ¿Alguien más de Viaje a las Estrellas? No; sólo hay un Scotty y Geordi no tiene que superarlo. A ver, ¿cuál fue el primer programa que corrió la máquina de recién adquirido? El iTunes. Oh. ¿Y qué es lo que me ha mantenido de pie en los últimos momentos de estrés y tristeza? La música.
Maquita, le hablé por segunda vez, me gustaría que fueras como una canción y me hicieras sentir mejor en las dificultades; eso es, nada de andarse congelando, perderme archivos o darme lata con el sistema. Ahora, ¿cómo te vas a llamar...?
Nunca le he puesto un nombre irlandés a un aparato (aunque sí a varios peluches). ¿El nombre de alguna melodía bonita de Clannad, mi grupo favorito, funcionaría? ¿Qué tal Hourglass? Mmmm... O el de alguna canción de Sang Eun Lee, una cantante coreana que me gusta muchísimo, como Ogiyodiora. No entiendo una gota de coreano, pero las obras en inglés de esta compositora sólo hablan de Dios y la naturaleza.
De pronto, por pura inercia, me puse a tararear una melodía que siempre me viene a la cabeza cuando estoy deprimida o nerviosa; ahí se me prendió el foco.
Oí por primera vez esta canción en el intro de una serie japonesa que todavía pasan en Animax, Cosmowarror Zero, obviamente creada por Leiji Matsumoto. Hagan click aquí para verlo, por favor. Vi esta serie completa y me encantó, y ya para que me siente a ver algo de Matsumoto donde aparezca el Capitán Harlock y no sea sólo por contemplarlo (el capitán es otro de mis amores platónicos de caricatura) es que el asunto se pone interesante.
El tema, al igual que la música de toda la serie la interpretaba un dúo de muchachas, Geminiart High Quality, pero la autora original era una señorita Miyuki Nakajima. La melodía se llamaba JiDai.
Hambrienta por la canción, me puse a buscarla por internet. Encontré varias versiones cantadas por la autora y también la de Geminiart. Me enteré de que fue un exitazo cuando Nakajima la compuso, a principios de los setenta, y que la grabó en varios discos. Aquí está la versión noventera, sólo que con video de los 70, cuando la autora ganó un premio en un festival o algo así.
No hablo japonés, nada de nada; entiendo dos que tres palabritas porque en algún tiempo la escuela de Lingüística de mi universidad era casi vecina del Departamento de Japonés, con todo su equipo de profesores nativos. La directora me hablaba en su lengua y yo le contestaba en español.
De esa canción, JiDai, no comprendía no la centésima parte, pero por algún motivo me hacía sentir bien. Estuve un rato tentada de aprenderla, pero me salía más o menos así (con mucho sentimiento, conste).
Pensé: Vaya, ¿hace cuánto que no busco una traducción de JiDai? Use el Google, y de forma casi providencial, apareció ésta en el blog de una señorita (que creo que es mexicana).
Entonces, ¿JiDai trata de que las tristezas son pasajeras? No lo supe hasta entonces, pero cuánto explicaba todo ello lo que me atraía la canción, lo que me daba por tararearla cuando necesitaba un empujoncito en el ánimo. ¿Aun sin entender japonés? Lástima, me dije, frunciendo los labios, porque mi profesión se encarga de palabras, que dividen, mientras que es la música, en serio, lo que no tiene fronteras. Y así, mi nueva compu recibió su nombre:
JiDai (Macbook blanca), que suena muy parecido a la palabra “chida”, que en español de México es un equivalente al inglés cool, porque así es ella. “Para que en el futuro cercano me ría de todo lo que he llorado en los últimos meses”, le dije la tercera vez que le hablé (la cuarta y siguientes se llenaron de las consabidas mentadas porque todavía no me acostumbro a su sistema, el Leopard). Y ahora estamos trabajando juntas.
Nota : Recién me entero de que la poderosa llave USB de mi mejor amigo se llama Sylar. ¿Bautizar una cosa de ésas? La verdad, nunca se me había ocurrido. A ver... cómo será bueno ponerle a la mía...
Era cuestión de tiempo.
Mi nueva compañerita Macbook ya tiene nombre. Pero antes de comentarles cómo lo adquirió, permítanme contarles la historia de los bautismos que la precedieron.
Scotty
Montgomery Scott, “Scotty”, el jefe de ingenieros de la nave estelar Enterprise, era mi personaje favorito de la primera serie de Viaje a las Estrellas (adoraba a Spock y a McCoy, y Kirk no me caía mal, pero me fascinaba el espíritu de Scotty, su sentido del humor y su “toque” para las máquinas). James Doohan, el maravilloso actor que lo representaba, falleció en el 2005, ayer hizo exactamente dos años. Me hubiera gustado conocerlo.
En la cuarta película después de la serie, hay una escena donde Scotty intenta manipular una Mac del siglo XX; eso fue todo lo que decidió la serie de nombres para mis computadoras de escritorio.
Scotty (Mac Classic): Mi primera compu y la más perfecta: ni un solo archivo perdido, ni una sola pantalla congelada. Hizo mis trabajos de la universidad, y me acompañó en el lento proceso de captura de mis manuscritos de toda la vida; mi tesina, muy bien organizada en carpetas, siempre estuvo a salvo en su disquito duro de apenas 10 megas.
Me dolió venderla, pero después de tres años ya era hora de pasar a la siguiente generación, que tenía dos elementos que antes se consideraban caprichos frívolos en una computadora: CD Rom y pantalla a color.
Scotty II (Performa 5200): ¡Pantalla a brillantes colores! No podía creerlo. En la computadora nueva, pude poner juegos por primera vez (aunque los videojuegos de computadora nunca fueron lo mío) y una conexión a internet. Scotty II fue mi fax cuando comencé como traductora freelancer y el taller donde diseñé mi primera página de internet; en ella aprendí a elaborar libros electrónicos muy sencillos e hice amigos por chat y bbs. Mi gatita S., en paz denscanse, estaba fascinada con la máquina; la contemplaba por horas, le ronroneaba y le gustaba echarse a dormir junto a ella.
Lo único malo que me ocurrió con Scotty II fue cuando le cambié su disco duro original por otro de mayor capacidad; y tan malo salió este cachivache, que no tardó ni un año en echarse a perder y se llevó consigo varios escritos que a la fecha no he vuelto a recuperar ni por la memoria. Esto, digamos, enfrió un tanto nuestra relación... pero seguimos trabajando hasta que el progreso y la imposibilidad de futuras actualizaciones fueron dejando atrás a mi máquina. Aproveché la primera oportunidad para apoderarme de...
Scotty III (Performa 6400), que había sido la computadora de mi segunda hermana hasta que decidió cambiarla... por una PC. No era algo tan terrible, pues mi familia había comenzado en la “maquería” sólo por mí, y ella estaba casada con el ex-propietario de una Powerbook 3400. La nueva familia se estaba mudando de domicilio y de sistema operativo, así que antes de que otra cosa sucediera decidí autonombrarme heredera de la Performa.
Scotty III acogió en su totalidad los archivos sobrevivientes de Scotty II y me dejó con los programas de mi hermana. Hasta la fecha sigue siendo un desbarajuste y la máquina más perezosa que tengo: sólo la utilizado para acceder a ciertos archivos. Pero como es una compu muy buena que no merece la ociosidad, qué sorpresita le espera cuando le instale su nueva tarjeta sonnet y el sistema operativo 9. Por lo menos.
Geordi
Geordi LaForge (interpretado por LeVar Burton) fue el ingeniero de Viaje a las Estrellas: La nueva generación, serie que me gustó menos que la primera pero que por costumbre solía ver. No era mi personaje preferido (el capitán Picard y el teniente comandante Data se disputaban el honor) pero por seguir la tradición su nombre pasó a mi primera portátil...
Geordi (Powerbook 100). Tuve simultáneamente a Scotty y a Geordi; la segunda me acompañaba a la universidad mientras que la primera esperaba en casa las transferencias de archivos. La convivencia se parecía, y de la forma más encantadora, al capítulo de La nueva generación titulado Reliquias, en el que Scotty y Geordi aparecen juntos y entre los dos salvan la nueva Enterprise: Geordi era más “joven” y “avanzada” que Scotty, pero tendría que reconocer la experiencia y estabilidad de la compu más viejita, principalmente porque fue con Geordi con quien me enteré de que existía ese terrible fenómeno de los sistemas que se congelaban.
Geordi cruzó el Atlántico conmigo la primera vez que fui a las Europas, se quedó a vivir en España para trabajar en la tesis de mi segunda hermana y regresó con la batería quemada; no puedo creer que el remplazo haya salido más costoso que el de la vieja batería de Shu II.
Las Powerbook 100 utilizaban un floppy externo, y cuando la parte de la tarjeta madre de Geordi que se conectaba con el aditamento falló, no hubo mucho más por hacer. Me quedé sin laptop mucho tiempo, hasta que mi status de viajero frecuente me requirió otra.
Methos
A mi hermana mayor y a mí nos encantaba la serie Highlander; no nos perdíamos un episodio y estábamos prendadas por igual del personaje Methos, según la historia, el más viejo de los inmortales, y al que hacía un actor joven, bajito, por encima de todo deslumbrante, Peter Wingfield, que había sido clavadista y tenía la espalda para probarlo. La nariz de este joven, además... bueno, mejor no hablemos de mis fetiches.
A su primera computadora, mi hermana decidió llamarla...
Methos (LC II): Fue una máquina compacta, extremadamente versátil y de gran calidad. Así las cosas, Methos no fue realmente mía, pero no me despegaba de ella en las vacaciones en casa de mis papás, en Zacatecas. Ella me acompañó en asuntos tan diversos como el diseño de una nueva materia para la carrera de Lingüística (Lengua y cultura), o las ochenta y tantas páginas de un guión de historieta basado en el videojuego Final Fantasy VI, que un amigo me había prouesto convertir en doujinshi por pura diversión. Un día que no tenía nada que hacer, usé su micrófono externo para grabar y mezclar un dueto de "Las Hermanitas Miseria" (una servidora y una servidora) cantando, en primera y segunda voz, El gato viudo de Chava Flores.
Methos pescó el inicio de muchos de mis cuentos, aunque no el final; y más que las Scotty y Geordi, fue testigo de mis arranques creativos.
Cuando mi hermana se hartó del aislamiento (sus amigos y colegas de trabajo tenían PC) y decidió cambiarse al bando contrario, por supuesto que hubo berrinche, pataletas y lágrimas de mi parte, pero nada hubo qué hacer; a Methos la sustituyeron una, dos, tres PCs que jamás dieron el ancho; mi hermana no quedó realmente satisfecha sino hasta con la cuarta, que aún tiene ahorita y que no es precisamente mi sueño dorado. ¿Que si tiene nombre esa PC? No, que yo sepa, y lo mismo ocurrió con las que la precedieron.
Shu
El brillante estratega del ejercito de la liberación en el videojuego Suikoden II era, además de astuto y muy guapo (una se fija en eso también), un hombre de valor a toda prueba. Fue mi personaje favorito del juego y lo siguió siendo las tres o cuatro veces que lo repetí.
Cuando conseguí mi primera portátil a colores, estaba todavía lo suficientemente encandilada con él como para pasarle su nombre, y la siguiente portátil que tuve lo recibió por herencia.
Shu, mi Ibook G3 de primera generación, ha sido de veras una máquina de batalla; no puedo creer, en serio, que hasta la fecha no se sobrecalienta, y que todavía puedo sacar provecho de su disco duro de 3 gigas.
La historia de Shu II, mi Ibook G4, ya la conocen.
Y mi Macbook blanca se llamará...
No, no fue amor a primera vista. Aunque le hablé una vez de recién comprada, eso no significaba que lo iba a seguir haciendo. Estuve coqueteando con la idea de dejarla sin nombre y tratarla como cualquier aparatejo electrodoméstico (por amor de Dios, no me la paso poniéndole nombre a cualquier objeto de la casa). Y, en todo caso, no la llamaría “Shu III”.
Bien, comencé la mudanza de los archivos de Shu y los respaldo de Shu II poco a poco (todavía no termino). El nuevo teclado todavía se sentía raro en mis dedos. Las Macbook son demasiado bonitas para su propio bien; la mía seguía aislada y no en mi sitio de trabajo acostumbrado, y sólo pensaba en cubiertas y protectores cada vez que la veía. Ya habría tiempo. Pero definitivamente mi naturaleza animista me estaba ganando; no me sentía cómoda y no podía llamar mía a esa compu sin bautizarla.
A ver, me forcé. ¿Tal vez el nombre de otro de los estrategas de los Suikoden? Mmmmm... no. ¿Alguien más de Viaje a las Estrellas? No; sólo hay un Scotty y Geordi no tiene que superarlo. A ver, ¿cuál fue el primer programa que corrió la máquina de recién adquirido? El iTunes. Oh. ¿Y qué es lo que me ha mantenido de pie en los últimos momentos de estrés y tristeza? La música.
Maquita, le hablé por segunda vez, me gustaría que fueras como una canción y me hicieras sentir mejor en las dificultades; eso es, nada de andarse congelando, perderme archivos o darme lata con el sistema. Ahora, ¿cómo te vas a llamar...?
Nunca le he puesto un nombre irlandés a un aparato (aunque sí a varios peluches). ¿El nombre de alguna melodía bonita de Clannad, mi grupo favorito, funcionaría? ¿Qué tal Hourglass? Mmmm... O el de alguna canción de Sang Eun Lee, una cantante coreana que me gusta muchísimo, como Ogiyodiora. No entiendo una gota de coreano, pero las obras en inglés de esta compositora sólo hablan de Dios y la naturaleza.
De pronto, por pura inercia, me puse a tararear una melodía que siempre me viene a la cabeza cuando estoy deprimida o nerviosa; ahí se me prendió el foco.
Oí por primera vez esta canción en el intro de una serie japonesa que todavía pasan en Animax, Cosmowarror Zero, obviamente creada por Leiji Matsumoto. Hagan click aquí para verlo, por favor. Vi esta serie completa y me encantó, y ya para que me siente a ver algo de Matsumoto donde aparezca el Capitán Harlock y no sea sólo por contemplarlo (el capitán es otro de mis amores platónicos de caricatura) es que el asunto se pone interesante.
El tema, al igual que la música de toda la serie la interpretaba un dúo de muchachas, Geminiart High Quality, pero la autora original era una señorita Miyuki Nakajima. La melodía se llamaba JiDai.
Hambrienta por la canción, me puse a buscarla por internet. Encontré varias versiones cantadas por la autora y también la de Geminiart. Me enteré de que fue un exitazo cuando Nakajima la compuso, a principios de los setenta, y que la grabó en varios discos. Aquí está la versión noventera, sólo que con video de los 70, cuando la autora ganó un premio en un festival o algo así.
No hablo japonés, nada de nada; entiendo dos que tres palabritas porque en algún tiempo la escuela de Lingüística de mi universidad era casi vecina del Departamento de Japonés, con todo su equipo de profesores nativos. La directora me hablaba en su lengua y yo le contestaba en español.
De esa canción, JiDai, no comprendía no la centésima parte, pero por algún motivo me hacía sentir bien. Estuve un rato tentada de aprenderla, pero me salía más o menos así (con mucho sentimiento, conste).
Pensé: Vaya, ¿hace cuánto que no busco una traducción de JiDai? Use el Google, y de forma casi providencial, apareció ésta en el blog de una señorita (que creo que es mexicana).
Entonces, ¿JiDai trata de que las tristezas son pasajeras? No lo supe hasta entonces, pero cuánto explicaba todo ello lo que me atraía la canción, lo que me daba por tararearla cuando necesitaba un empujoncito en el ánimo. ¿Aun sin entender japonés? Lástima, me dije, frunciendo los labios, porque mi profesión se encarga de palabras, que dividen, mientras que es la música, en serio, lo que no tiene fronteras. Y así, mi nueva compu recibió su nombre:
JiDai (Macbook blanca), que suena muy parecido a la palabra “chida”, que en español de México es un equivalente al inglés cool, porque así es ella. “Para que en el futuro cercano me ría de todo lo que he llorado en los últimos meses”, le dije la tercera vez que le hablé (la cuarta y siguientes se llenaron de las consabidas mentadas porque todavía no me acostumbro a su sistema, el Leopard). Y ahora estamos trabajando juntas.
Nota : Recién me entero de que la poderosa llave USB de mi mejor amigo se llama Sylar. ¿Bautizar una cosa de ésas? La verdad, nunca se me había ocurrido. A ver... cómo será bueno ponerle a la mía...










