jueves, julio 10, 2008

Veinte años, antes y después. Parte 12



12. El recuento de los años

Perdí mi trabajo en la Universidad en el 2005... la escuela de Lingüística, que tenía mi edad, no sobrevivió a las malas administraciones y a la terrible crisis por la que todavía atraviesa mi alma mater. Un año más tarde pensaría que no hubiera estado tan mal desaparecerme junto con ella, y no porque le tuviera tanto amor (aunque el “nadie sabe lo que tiene” iba a rebotarme con fuerza en la cara durante los meses siguientes) sino porque había olvidado el sabor de la inseguridad, la falta de certeza sobre si el mes siguiente seguiría teniendo trabajo; el desempleo y el subempleo, que es todavía más amargo; todo ello como un veneno que te deja en las últimas, pero con vida, que hubiera preferido no volver a probar jamás.

Finalmente no doné, como hubiera querido hacerlo, un ejemplar de ESDLA a la biblioteca (curioso que no lo tenían en mi Universidad), ni me enteré si los alumnos de filosofía POR FIN se iban a decidir a leerlo... o a reconocer que no lo habían hecho o que no tenían la menor intención de hacerlo. Se me va a hacer muy difícil enterarme si los catedráticos y tolkienistas argentinos con los que tanto me gustaba disertar regresarán alguna vez... y ya no podré enseñar a Tolkien en mis clases. Pero el golpe de tristeza real no llegó (por suerte o por desgracia) sino hasta varios meses después de un verano muy emocionante: el evento de Tolkien 2005, con sede en la universidad Aston de Birmingham, y mi segunda visita a la bienamada Irlanda.

Aisling ya no es mi nick desde el verano de ese año, o al menos ya no lo considero así. Ahora es mi segundo nombre, mi nombre irlandés.

Ocurrió en un pub en Galway, con un grupo de señoras y señores de todas las edades con quien entablé conversación, un poco de baile y un poco de canto. Al segundo “¡Pero creí que eras irlandesa!” de la noche (el cuarto o quinto de la semana), supuse que ya estaba bien de negativas y respondí por primera vez en mi nuevo acento suavecito, que se me había pegado a los tres días de estancia en la isla: “Sí, sí lo soy... pero sólo de corazón”. Una de las señoras me preguntó: “Entonces, ¿cuál va a ser tu nombre irlandés? Si eres irlandesa de corazón tienes que tener un nombre irlandés”. Lo bueno es que éste ya lo tenía listo; mi segundo bautismo no fue precisamente de confirmación, sino de más música, algo de historia antigua y un brinco de odio espontáneo ante la mención de Oliver Cromwell. Adoro a mi país natal, pero en ningún lugar me he sentido tan en casa como Irlanda.


No voy a extenderme demasiado con las experiencias del evento Tolkien 2005, la última de las tolkienidades “al por mayor” por las que pasé, porque es una historia bastante larga (y da para un texto casi del mismo tamaño que toda esta crónica). Sólo diré que estuve muy feliz... que me tocó conocer a la maestra Priscilla Tolkien, la hija de nuestro autor, y además a un montón de expertos con los que deseaba platicar: el profesor Tom Shippey, la profesora Verlyn Flieger, los escritores Charles Coulombe, Patrick Curry, John Garth y Colin Duriez entre tantos, tantos más; el pastor Greg Wright, de HollywoodJesus.com, y la doctora Rhona Beare, una de las primeras fans de Tolkien y quien pudo intercambar correspondencia con él. Con el artista Alan Lee me di cuenta de que es posible enamorarse de un hombre de dientes feos, y ya que hablamos de sonrisas, está difícil olvidarse del gesto tierno y discreto del ilustrador Tim Kirk. Fue regalo de Dios el que me encontrara con los editores Thomas Honegger y Franz Weinrich, de Walking Tree Press, una editorial universitaria que me encanta, y quienes me dieron la oportunidad de publicar mi primer ensayo sobre Tolkien en un medio “serio” (uhhh... bueno, digamos comparado con revistas, periódicos e internet).

Conocí también a muchos representantes de diversas sociedades de Tolkien a nivel mundial, y sí me alcanzó a conmover el darme cuenta de todo lo que el amar profundamente a una sola y maravillosa obra puede conseguir. Recuerdo con particular cariño a la gente de Bélgica, a la de Grecia, España y Alemania, al único visitante chino, tan amable y discreto, y a los compañeros de Canadá, el grupo católico de los Estados Unidos y por supuesto los anfitriones ingleses; mis compatriotas mexicanos fueron de lo más atentos y me apoyaron mucho, pues aunque con la Sociedad Tolkiendili de México tengo desde hace algunos años una extraña relación amor/odio (muy semejante al sentimiento que me provoca el Distrito Federal, como ya les describí) puedo decir que la mayoría de las personas que he conocido por ese medio son gente que admiro, quiero y respeto. En este evento disfruté de la compañía de la estupenda familia A.; de nuevo mi gratitud y cariño.

La semana que duró el evento de Tolkien 2005 fue absolutamente perfecta; me hubiera gustado empaquetarla en un frasco para poder olerla siempre que me sientiera desanimada.

Pero bueno, es hora dejar ese tema, porque para cerrar este relato quisiera más bien compartirles algunas reflexiones personales.

Después de celebrar mis veinte años de conocer a Tolkien, estrené zapatos (soy amante de los zapatos, y tengo una colección gigantesca): unas alpargatas de color cobre dorado, porque resulta que los metálicos se volvieron a poner de moda. A mediados de los ochenta, mis caminatas entre lectura y lectura de ESDLA eran sobre unas ballerinas preciosas, color cobre viejo, con aplicaciones metálicas... no eran precisamente el último grito, pero a mí me encantaban y las usé hasta que se rompió la suela. Mi pelo de la secundaria que no le gustaba a nadie fue lo que cedió a la presión de los rizos al amoniaco; ahora las chicas lo quieren lacio, entre menos volátil mejor. El primer estuche de sombras de ojos que me compré, allá en los ochenta, me ganó una regañada de mi hermana mayor, más refinada que yo: tonos neutros, de los que ahora le quedan a todo el mundo. En el evento de Tolkien 2005 me compré un broche conmemorativo redondo, tal vez en recuerdo nostálgico del que me hice con corcho y sopa de letras. Es como si las cosas dieran vuelta en círculo.

Y, sí, Tolkien sigue estando de de moda. Lo mismo que los zapatos metálicos, el pelo lacio, las sombras de ojos mate (y ahora el mundo oftalmológico descubre los males del delineado en el borde interior del ojo, al que siempre me resistí en aquella época frívola y glamourosa), y en general, lo fantástico en arte, cine y literatura. Hace más de veinte añitos, yo era una especie de fenómeno; lo sigo siendo: la diferencia es que ahora los fenómenos también están de moda. Como (recuerdo) dijera el escritor Pepe Rojo en un artículo: los freaks de los ochenta no estaban desfasados, sino simplemente adelantados a su tiempo: lo que entonces les gustaba es lo que ahorita rifa (mola).

Sin duda, no todo es miel sobre hojuelas, y a veces el mirar atrás ciertos acontecimientos me sigue doliendo mucho; son poquitísimas las personas (vivas y no) de quienes no he pensado por lo menos una vez “ojalá no te hubiera conocido nunca”, y nuestro profesor Tolkien, por desgracia, no es una de ellas. El Señor de los Anillos tiene el pequeñín defecto de que nos abre mucho los ojos, y una conciencia, entre más despierta, se hace más sensible.

Pero (y esta es una pregunta que me gustaría plantear a todos los amantes de este libro), ¿cómo sería la vida sin ESDLA? ¿Qué habría sucedido, y qué no? ¿Qué sería distinto? Con respecto a mí, por lo pronto, se me ocurren tres, cuatro panoramas: tal vez la vocación de escribir, que ya traía, se hubiera inclinado (en el peor de los casos) al más políticamente correcto estilacho de la literatura latinoamericana contemporánea, o (en el mejor) a la onda bestsellera. De seguro no hubiera conocido a mi amadísimo, mi querido esposo G. Tal vez hubiera estudiado letras o QFB en Zacatecas. A la mera hora ni siquiera estaría viva a estas alturas. Pues, como dijo C.S. Lewis, uno no regresa de la Tierra Media siendo el mismo de antes. ESDLA nos transforma (en qué, ahora sí que depende de la providencia y las distintas circunstancias) y definitivamente su lectura es un empujón de varios pasos hacia nuestro destino.

Yo, por lo pronto, ya he dejado de especular sobre el mío, aunque no me he vuelto todavía camarón en la corriente de la vida. He sobrevivido a docenas de tristezas, a un abandono en masa de amigos, a varios fallecimientos de seres amados, a pérdidas de sueños y trancazos con la realidad. He estado entre las nubes para volver a azotar con la lluvia y elevarme de nuevo con el rocío. He metido la pata en todas las formas imaginables, he lastimado a mucha gente (a propósito y no tan a propósito), he desdeñado la prudencia y los buenos consejos cuando menos tenía que hacerlo (pero, eso sí: jamás traicionaría ni a mi prójimo ni a mis principios).

Lo único que tengo seguro sobre cada año entrante, es que más o menos a la altura del 23 de abril me toca mi dosis de ESDLA para recordar (o, depende del caso, no olvidar) ciertas cosas esenciales, por ejemplo, que “el camino sigue y sigue”, que “ni los más sabios conocen todos los finales” y, sobre todo, que tantas cosas malvadas y estúpidas que plagan los nervios, las mentes y los corazones de las personas “no triunfarán para siempre”. Y con eso me basta, para ser sinceros.


Al querido profesor, mi enorme afecto y reconocimiento.

A mis papás, que me han dado prácticamente todo, y en el todo se incluye una vida con ESDLA; y a G. el Capitán Quasar, que se encargó de hacerla más interesante, va mi amor y cariño.

Y a todos ustedes, un abrazo y mil, mil gracias, por haberme aguantado hasta aquí.


FIN

miércoles, julio 09, 2008

Reseña de película: El fin de los tiempos


El fin de los tiempos



Director: M. Night Shyamalan

Intérpretes: Mark Wahlberg, Zooey Deschanel, Ashlyn Sánchez, John Leguizamo, Betty Buckley, Spencer Breslin, Robert Bailey Jr.

Lo bueno: El guión y la idea de donde parte.

Lo malo: Las subtramas a medias y las actuaciones... a medias medias.

Calificación: **

Shyamalan se ha hecho famoso en Hollywood como el director de los giros inesperados; yo prefiero pensar en él como alguien que ama profundamente la materia de la que se alimentó en su juventud y que no tiene miedo de mostrárselo al mundo. De alguna manera, se las ha arreglado para que temas que durante años y años ha manejado la literatura popular o el cine más comercial hagan que los críticos volteen la cabeza. En el cine, no es nada, pero nada sencillo presentar buenas ideas de una forma original sin sonar pretencioso, pero tal parece que a él se le da. Y que así sea.

El director tardó un tiempo en ganarse mi corazoncito; no me impresionó El sexto sentido (caray, después de años y años de ver La dimensión desconocida y de leer la revista Realms of Fantasy la verdad es que estaba difícil que el final me tormara por sorpresa); y por andar pensando “aquí está el nuevo niño mimado de los intelectualoides que desprecian las revistas pulp y el cine de clase B” no quise ir a ver El protegido en cine. No fue sino después de muchos “ve esa película; te va a gustar, es de las de tu tipo” de parte de mis amigos, y que uno de ellos la rentó de un videoclub y me puso una pistola en la cabeza (bueno, casi) para que la viera, que Shyamalan me cautivó. Mis fruncidos de nariz se convirtieron en ojos muy abiertos, de posible detractora me volví incondicional. Y, por supuesto, no he vuelto a perderme una sola de sus películas en cine.


Su Señales es todavía mi favorita; me gustó tanto que hasta le perdoné las metidas de pata de presentar a un sacerdote católico casado y mencionar un aeropuerto internacional en Puerto Vallarta. El final de La Aldea sí que me tomó con la guardia baja, y eso me deleitó, porque, al igual que sucede en las novelas de una autora que me gusta mucho, Louise Cooper, la película se la pasa dejando caer pistas a lo largo de toda la trama como para que uno saque conclusiones.

La dama en el agua... bueno, la verdad es que aunque me gustó su ambientación, me preocupó un poco sentir a un Shyamalan un tanto cansado, y más enfocado en responder a las expectativas de sus fans (¡giros! ¡Sorpresas!) que en contar una historia.
Así las cosas, cuando se anunció El fin de los tiempos, no supe qué pensar. A diferencia de la película anterior, no la esperé con ansias, ni busqué ver los cortos. Como quien dice, estaba preparando mi concha para otra decepción. Y ahora... acabo de volver del cine, y estoy sonriendo para mis adentros; ah, y me voy a comprar el DVD, junto con La dama en el agua, nomás que los pongan a precio de remate. ¿Porque la película es muy buena? No; porque la experiencia fue satisfactoria.

La trama de este filme es mucho menos apocalíptica que su no muy apropiado título en español; el original en inglés, The Happening, que podría traducirse por algo así como El suceso o El fenómeno, a lo mejor atraería menos público pero le quedaría mejor. El tema se puede resumir en una sola frase que no voy a escribir aquí a riesgo de echarles a perder toda la película; lo que sí les comentaré, es que esa frase me la encontré hace años y usada casi a manera de broma en el libro de Michael Moore Estúpidos hombres blancos. El protagonista de The Happening, da la casualidad, se llama Eliott Moore, así que vayan ustedes a saber si haya alguna relación.

Como sea, aquí está un resumen: En la costa oeste de los Estados Unidos comienza a suceder algo muy extraño. Las personas, de pronto y sin razón aparente, pierden la voluntad de vivir, y uno tras otro se suicidan con lo que tengan a mano y de la primera forma que se les presente. Se habla de un virus mutado, de ataques terroristas y de conspiraciones del gobierno, pero nadie puede explicar qué es lo que está sucediendo; el fenómeno empieza en las grandes urbes y poco a poco se va extendiendo hacia las poblaciones más pequeñas y aisladas. Lo curioso es que sólo los seres humanos resultan afectados, aunque lo que precedió al hecho fue una misteriosa emigración en masa de las abejas comunes.

Toda esta situación la contemplamos desde el punto de vista de Elliot (Mark Whalberg), un profesor de ciencias en una preparatoria, que, junto con su esposa Alma (Zooey Deschanel), su colega Julian (John Leguizamo) y la hijita de éste, Jess (Ashlyn Sánchez) se unen a un grupo de personas evacuadas de los puntos clave donde ocurren los supuestos “ataques”.

Elliot y Alma han tenido problemas últimamente, y por supuesto que no van a sentarse a resolverlos en medio de una crisis nacional. Pero el tiempo se agota, y cada vez resulta más claro que no habrá un sitio donde estar a salvo, ni forma alguna de escape.


A pesar de que las pistas que da son claras, Shyamalan repite lo que antes hiciera en Señales y deja la mayor parte de las conclusiones a su público. Dos personas a quienes nos encantó Señales (mi esposo G. y yo) tuvimos conclusiones mucho, muy distintas al respecto; para él la película hablaba de la pérdida de la fe, y para mí su tema era la Providencia. Los puntos de vista no chocan, y no los hemos puesto frente a frente mucho que digamos; lo que ocurre con El fin de los tiempos es que las conclusiones a las que he llegado no me dejaron satisfecha, porque esta nueva cinta no tiene el redondeo (bueno, pues, el limar todas las aristas, y construír un camino de detalles, que es de lo que más aprecio en un guión) que uno encontraba en Señales, y a los personajes y sus propias historias les faltó desarrollo. El único elemento que podría dar explicación a todo podría pasar casi desapercibido si el director no se encargara casi de arrojárselo a uno a la cara.

La debilidad que tiene esta película es la misma de El sexto sentido: el apoyar toda la trama en una única sorpresa; un solo soporte para aguantar todo un argumento, pero sin las fantásticas actuaciones de aquella primera película, y frente a un público que ya le conoce las mañas al director.
Pero bueno... El fin me gustó más que La dama en el agua, menos que El sexto sentido, mucho menos que El protegido y La Aldea e infinitamente menos que Señales, por supuesto pero, como les digo, a los fans de Shyamalan menos exigentes les caerá bien.

Recomendaciones: Como acabo de mencionar, para seguidores de este director y para gente a la que le gusta especular. Lo malo es que como un cuarto del interés de la película viene de la plática potencial que uno pueda tener con los amigos que lo acompañen a verla, a lo mejor conviene esperarse a que salga en video para poder discutirla en casa y sin molestar al resto de la audiencia.

Abstenerse: Si esperan una película del fin del mundo con grandes efectos especiales. Si ya les contaron de qué se trata, ni se aparezcan por el cine.

lunes, julio 07, 2008

Tantas tristes traducciones

La señora Matilde Horne (traductora, entre otros libros, de El Señor de los Anillos y la serie de Terramar), que falleció el pasado mes de junio. El mundo editorial fue especialmente ingrato con ella; ojalá que quienes disfrutamos de su obra no la olvidemos.


¿Qué es la traducción?, le preguntó la maestra A. a mi grupo alguna vez, hace ya mucho tiempo. Ella misma respondió después de oír dos que tres vaguedades de nuestra parte: es un oficio, es una profesión, es un arte y es un negocio. Un oficio, continuó, porque se aprende con la práctica y la apreciación del trabajo ya hecho; una profesión porque se puede enseñar en las universidades; un arte porque requiere de cierta capacidad innata, y un negocio porque es redituable. Son estos cuatro lados de la traducción lo que procuro que mis alumnos de esta materia no olviden; ninguno debería ser más importante que otro.

Por desgracia, en la vida real es fácil olvidarse de uno o más, y terminar con un triángulo mal hecho en lugar del cuadrado perfecto. Por la parte del oficio y la profesión, porque todavía existe la retrógrada idea de que cualquiera que sepa hablar una lengua puede traducirla; en el caso del arte, porque para ahorrar dinero y tiempo se ha hecho fácil sustituír a un traductor humano y consciente por una máquina o programa que no distingue entre un futuro y un presente de subjuntivo; y en el el caso de negocio... santo cielo, muchas personas ajenas a este medio tienen en la mente una combinación de tacañería e ignorancia tan letal que se espantan ante el precio justos de un trabajo que, aunque desconocen, consideran sencillo.

Supe hace poco de una agencia que ofrecía contratar traductores y pagarles la mísera y hasta ofensiva cantidad de 50 pesos mexicanos (menos de 5 dólares estadounidenses) por hoja, y en mi trabajo se armó revuelo hace años porque a una traductora graduada de la escuela la presionaron para que no sólo entregara un manual traducido, sino que se encargara además de su edición... por supuesto, sin pago extra. A partir de entonces, a varios maestros demasiado asustados para oponerse ante tamaña injusticia y advertir sobre los clientes abusivos como éstos, les dio por pedirle a sus alumnos que entregaran sus trabajos de traducción, artículos de revistas en mayoría, en formato de Word (totalmente inútil en el mundo editorial de en serio), con fotografías y todo. Los estudiantes terminaban dedicándole más cuidado a esta ridícula tarea que a la traducción en sí.

¿Qué es lo que puede resultar con todo esto? Una cascada de malas traducciones y malos traductores que le dan a nuestro oficio, arte, profesión o negocio, de por sí ya despreciada en la lengua española (el mismo Cervantes puso en boca de Don Quijote que la traducción no consiste sino en copiar de un papel a otro papel, y que no era tan mala porque a cosas peores podría estar dedicándose un cristiano) una pésima reputación que no hace sino cerrar el círculo vicioso de improvisados que toman el lugar de profesionales, del pariente pocho o el traductor gratuito que va a resolver las dificultades y de trabajos mal pagados que han de hacerse a toda prisa.

Como prueba, les mostraré algunas notas de las correcciones que le hice a la traducción de ciertos revistas, ya impresas. La versión original está en rojo; la correcta en azul; los datos que siguen indican volumen y página:

- Nombre de pez: Musky. Debe ser “lucio”. (No. 25, portada )

- Creso, rey de Lidia. Debe ser “Craso”. (No. 25, pág. 3)

- Comprando un objeto inmediatamente ... podría ser la única alternativa. Debe ser “El comprar un objeto inmediatamente... podría ser la única alternativa”. (No. 25 )

- Considera si artículos obsoletos o dañados pueden ser reciclados. Debe ser: “Considera si los artículos obsoletos o dañados se pueden reciclar”. (No. 13)

- Gente con ingenio ve. Debe ser “La gente con ingenio ve”. (No. 25, pág. 7 )

- Los muskys no son muy particulares para lo que comen. Debe ser “Los lucios no son muy exigentes en cuanto a su alimentación”. (No. 25)

- (Un cúmulo de tierra y hojas) Si están muy secas, se desboronan. Debe ser “desmoronan”. (No. 13, pág. 7)

- Mientras el gato asechaba. Debe ser “acechaba” (No. 13)

- Estandarizar el flujo del tráfico ofrece muchas más ventajas que desventajas para el flujo del tráfico. Una mejor oración sería “Estandarizar el flujo del tráfico le ofrece al mismo más ventajas que desventajas”.

- Ten cuidado de no dejar que emociones inciertas ennublezcan tus compromisos. Debe ser “Ten cuidado de no dejar que las emociones inciertas nublen tus compromisos”. (No. 11, pág. 11)


- Tendencia a procrastinar. El verbo procrastinar no existe en español, aunque sí en latín. Lo correcto sería “Tendencia a posponer” o “Tendencia a dejar todo para el último momento”. (No. 13, pág. 15)

- A menos que trates de hacerlo agresivamente. En español la palabra “agresivo” siempre es negativa, mientras que “agressive”, en inglés, puede ser positiva (una persona que es “agressive” es emprendedora, valiente). Es mejor decir “A menos que trates de hacerlo con afán (o empeño)”. (No. 13, pág. 9 )

- Introducir el significado y escencia del esmero. Debe ser “Presentar el significado y esencia del esmero”. "Introduce", en inglés, es “presentar” en español. (No. 11, pág.3)

- Al hornear tu confección. “Confection” en inglés tiene que ver con cocina, pero en español con ropa. Debe ser “Al hornear tu platillo”. (No. 11, pág. 11)

- Date un desafío. Debe ser “Plantéate un reto”. (No. 6, pág. 3 )

¿Qué clase de errores pueden encontrar en en esta lista? Los hay de todos: ortográficos, de investigación, de gramática, de vocabulario. Lo peor de la situación es que están volviéndose cada vez más comunes, y es más sencillo que el público los tolere, los pase por alto, o, lo que es peor, comience a repetirlos.

jueves, julio 03, 2008

Veinte años, antes y después. Parte 11



11. El Señor de los Anillos al cine... y yo, al banquillo

El rumor de que alguien por ahí se iba a atrever a filmar (por fin) una versión con actores de El Señor de los Anillos estuvo corriendo como pólvora y encendió algunos ánimos sobre todo entre los fans más devotos bastante tiempo antes del 2000. En lo personal, yo estaba muy entusiasmada, muy contenta de que se hiciera, y conforme con que el trabajo le correspondiera a Peter Jackson y no a un director hollywoodense. Estaba muy atenta a los rumores sobre el casting (echándole porras a Christopher Lee como Gandalf y suplicando que no le fueran a dar a Sam Neil el papel de Aragorn) y asustadísima ante cualquier insinuación de cambio a la historia original.

Ahora bien, lo más interesante del asunto estaba ocurriendo por fuera. De pronto, había muchas personas interesadas en ESDLA, cada vez se veían más leyéndolo en los camiones que solía tomar o en los pasillos de la escuela... una pena que yo me hubiera vuelto para entonces más retraída (en otro tiempo le hubiera sacado conversación a cualquier persona por mucho menos que eso).

Asunto aparte, también estaba por ahí la cosa que G. y yo habíamos decidido que ya estaba bien de cobardías y que ya era hora de vivir bajo el mismo techo. Habíamos tenido un noviazgo tan maravilloso que a ninguno se le antojaba terminarlo; con todo, si bien el matrimonio no representaba sino el reconocimiento legal y público de algo de lo que ambos teníamos certeza (que nuestro “error” ya era irreversible), G. opinaba que el compromiso todavía necesitaba la prueba de volverse, ahora sí en serio, indisoluble. Y a ver qué sucedía...

Un tiempo me distraje de Tolkien mientras lo del matrimonio se arreglaba. Todavía no habían pasado dos meses, y empezaron a caerme solicitudes que ni me hubiera imaginado. Primero un articulito en un periódico de Zacatecas, después el director de Enlace Editorial, la distribuidora de Minotauro en México hasta el 2003 y de quien mi hermana y yo fuimos clientes durante más de diez años, me contactó (no me lo confirmó, pero estoy segura que por recomendación de A. B. de la STM) para promocionar El Señor de los Anillos en la Feria del Libro de Guadalajara 2001 (no es por presumir, pero ese año ESDLA fue el libro más vendido del evento). Y alguito antes de eso, un amgo con quien ya había trabajado en cuestiones editoriales, P.S., me consiguió el trabajo del suplemento especial que la revista Cinemanía, le iba a dedicar a la película, y asientos para la premiére de medios. Guau. No me podía creer tanta dicha.


Recuerdo que varios días anteriores a la función, estaba tan nerviosa como si el filme fuera obra mía. Y más porque aparte de la película tenía pendiente una conferencia en el Ático café (que ahora ha cambiado de nombre), precioso, por cierto, en Ciudad Satélite. Cielos, cielos, cielos.

Tras la primera cinta (que sí me gustó, y me emocionó), todo se fue moviendo muy rápido, incluso la industria editorial. Hubo todo un aluvión de nuevos títulos sobre Tolkien que se fueron publicando en y tras el 2001. Mi biblioteca tolkieniana se duplicó tan sólo en un año. Por fin se le daba la atención merecida a mi libro favorito, y yo estaba feliz.

¿O tal vez no mucho? Hubo algo más que ocurrió como consecuencia de las películas: ¡Pafff! El ataque de los expertos instantáneos. Así, de la nada (y de hecho como pulgas en pastor inglés mojado) comenzaron a surgir montones de personas que, según eso, eran conocedores de Tolkien y capaces de explicar hasta el más mínimo detalle de su obra. A algunos de éstos los conocía de antes, y otros nomás no conseguían ocultar la cruz de su parroquia: “Sí, Tolkien ha sido el escritor de fantasía que más ha tenido influencia en mis creaciones (yo nunca dije Italo Calvino)”, “Sí, ésta es la primera biografía de Tolkien escrita en castellano (no me molesté por investigar sobre las otras)”, “Sí, mis años de experiencia en el tema me permiten explicar la influencia de tal obra clásica en Tolkien (me enteré de su existencia en el 2000)”; “Ajá, estamos preparando un gran homenaje al maestro Tolkien (jamás afirmamos que su obra era facilona e ingenua)”, “Tolkien es un gran escritor (eso supongo, porque nomás vi las películas)” etc. etc. etc. Periodistas, críticos, literatos, profesores; todos querían su tajada de Tierra Media.

Por donde quiera comenzaron a salir artículos, libros, entrevistas, conferencias y quién sabe qué tanto más; una muy buena parte parecía estar en una competencia para ver quién decía la mayor estupidez (atesoro uno en cierta revistilla que dice que el Anillo Único es un símbolo de paz y libertad, y recuerdo aquella vez que un sacerdote que salía mucho en TV Azteca dijo que el objeto ése representaba el poder interior que todos tenemos y que podemos utilizar para bien o para mal. Oh, pues). Más que la abundancia de bocones, lo que me fastidiaba era que la gente que verdaderamente conocía y apreciaba la obra estaba calladita, calladita.

¿Yo? Como el chinito; aunque por fuera me había movido con cierta discreción, todavía tenía miedo de la cacería de brujas en mi Universidad; y, dada la ola de anti-harrypotterismo que se había desatado ahí después de que estas novelas llegaran al cine, no sabía si las películas de ESDLA iban a mejorar o empeorar la situación.


Calladita, calladita, estaba una servidora, cuando un día llamaron a mi escuela de la facultad de comunicación y preguntaron por mí: que si era cierto que yo podía preparar una conferencia sobre El Señor de los Anillos para estudiantes de esa carrera. Al tomar el teléfono, el corazón me brincó de gusto.

- Claro - dije -. ¿Con qué enfoque quieren que lo hagamos?

No sé qué tan terrible era esa pregunta, pero pareció que se hubiera abierto el infierno. La secretaria que había llamado se puso extremadamente nerviosa, la voz le comenzó a temblar y me respondió que ella no podía contestar a esa pregunta, que no sabía nada, y que le preguntara al director de la escuela. Como si le hubiera preguntado el color de los calzones de su jefe o algo así.

Total, que como mi universidad es bastante burocrática, un tiempo y muchos intermediarios después conseguí comunicarme con el director de comunicación. Cuando le repetí la pregunta, también se puso nervioso, y me dio un nombre y una extensión para que me respondieran ahí. El nombre correspondía a una de las ALTAS AUTORIDADES.

Bien, en la dirección de mi propia facultad me empezaron a ver con cara de “¿pero en qué te has metido?”, y me costó casi TRES MESES que me dieran una cita con la alta autoridad en cuestión. ¿Pero tanto lío por una preguntita...? Mi directora me aconsejó que fingiera demencia y que me limitara a hablar de las cuestiones técnicas de la película (?). Lo iba a hacer, claro que sí, hasta que fui a la cita.

La alta autoridad resultó ser una persona sencilla, algo tímida, con un tic nervioso hecho más obvio por su constante tartamudeo. Me preguntó que cuál era mi enfoque para la conferencia, y yo le contesté, en verdad, que no sabía porque nadie me lo había dicho.

Entonces me soltó la bomba; que si pensaba tocar el punto de la religión. ¿Hasta dónde podría ser sincera?

- Pues... más o menos -, y en ese punto extraje uno de mis libros de Joseph Pearce, un estudioso católico de Tolkien. El señor lo medio hojeó, lo medio retorció y se puso más nervioso.

- ¿Conoce... conoce usted un libro que se llama Leyendo a Tolkien...?

- ...de Jorge Ferro - completé -. Sí. Precioso, está precioso.

El doctor Jorge Norberto Ferro, de la Universidad de Buenos Aires, ha tratado en un libro y varios artículos el catolicismo en Tolkien.

- Entonces... entonces... - cara de asombro -, ¿usted... usted está de acuerdo con lo que dice ese libro?

- Totalmente - mentirosa; estoy de acuerdo con todo, salvo cuando el doctor Ferro dice que Tolkien no conocía a las mujeres.

- ¿Entonces... entonces... sí... sí va a tratar el asunto de... de la religión? - y a partir de aquí cesaron los tartamudeos.

- Bueno - ahora sí me tocaba decir la pura verdad -, sucede que me recomendaron que no me metiera con la religión.

- Tiene que - me dice el señor -, porque lo que pasa es que los muchachos han visto o van a ver la película y se van a quedar con una idea muy equivocada del libro.

- ...

- Por ejemplo, ¿no le pareció que a Galadriel la pusieron demasiado sensual?

- A mí se me hizo muy sangrona -. Lo de la cacería de brujas dejó en ese momento de darme miedo. El resto de la conversación me concentré nada más en ser sincera; dije lo que pensaba, sólo lo que pensaba y no intenté quedar bien con nadie.

- Hábleles de religión - me dijo el señor ya para terminar -. Dígales lo que quiera, yo confío en usted. No sabe lo tranquilo que me deja.

- Gracias - y pensé: aquí vamos. Por fin voy a dar una conferencia sobre Tolkien TAL Y COMO YO QUIERO, y va a ser en mi universidad.

Para no hacer largo el cuento, me fue bastante bien. Tuve buenas críticas, y algunas propuestas (por parte de alumnos, lo que no es muy bueno porque no pesa para decisiones) sobre si quería irme a dar algunas clases a la facutlad de Comunicación. El director del área de Humanidades (que se había enterado del tema de la conferencia unos días atrás por parte de mi directora y había dicho: ¡Cómo! ¿La dejaron?) hasta me felicitó (ejem...). Y por fin no tuve que esconderme para enseñar a Tolkien en mi aula.

Poco después, supe que en mi universidad Tolkien comenzaba a hacer bastante ruido. Muchos catedráticos argentinos (entre ellos el doctor Ferro, autor del libro que ya mencionamos, y el licenciado Eduardo Allegri) llegaron a dar pláticas. Por lo general, estas personas estaban reservadas (?) a los cursos de filosofía que únicamente tomaban los maestros de esta dependencia (grrrrr). Uno de los asistentes me comentó que estaba a punto de animarse a leer ESDLA porque había uno de esos catedráticos que siempre lo citaba y que todos los alumnos nomás ponían cara de palo y asentían muy serios (el gesto inequívoco de quien no tiene idea de lo que uno está hablando, pero quiere disimular). Entonces, ¡ESDLA era un libro importante! ¡La gente comenzaba a fingir que ya lo había leído!

Con poder enseñar a Tolkien en plena libertad, con poner su fotografía, junto con la de los otros escritores que estudiábamos, en un sitio privilegiado de mi salón de clases; con pasar de paria a niña mimada casi de la noche a la mañana (cuando en Humanidades se hablaba de los expertos argentinos que habían llegado o llegarían a platicar sobre Tolkien, hasta mi directora sonreía un poquito y comentaba: “Bueno, aquí tenemos una”), con el ofrecimiento de cursos en más facultades, aunque no en Comunicación, pensé que a mi vida no le hacía falta mucho más.

En algún momento, le dije a G. que comenzaba a desagradarme la idea de que mi única preocupación era ponerme a elaborar listas de los libros que iba a encargar el siguiente mes y los videojuegos que quería comparme en la fecha de lanzamiento. Mejor me hubiera callado.


Estaba flotando en las nubes, y confiando que lo único que estaba por venir era lo bueno, no noté (más bien, ahora que me la pienso, no quise ver) las señales de que algo bastante grave estaba sucediendo con mi Escuela de Lingüística. Mi empleo de más de diez años, que había aguantado tantos altibajos, estaba ya en las últimas, y yo no me había dado cuenta.

Continuará...

miércoles, julio 02, 2008

Receta: Okonomiyaki

©Cooking Mama, del juego homónimo de Office Create, publicado por Majesco para Nintendo DS.

Este platillo, el famoso hot cake japonés de verduras, es un comodín para los días de mayor pereza o cuando no hay tiempo de hacer compras; una vez preparada la masa de base, todo, absolutamente todo se le puede añadir: carne, mariscos, pasta, sobras de comidas anteriores, toda clase de verduras (incluso las que no estén muy frescas ya se pueden aprovechar), lo que se haya quedado. Todo, eso sí, bien molido o finamente picado.

P.D. Servido, Vic. :>

Ingredientes (para 2 a 3 porciones):

Masa de base:

  • 1 taza de harina de trigo común.
  • 2/3 de taza de agua tibia.
  • 1 huevo
  • 1 cucharada de consomé de pollo o verduras.
  • Aceite o spray para cocinar.

Relleno (del que está en la foto):

  • 2 hojas de col
  • 1 zanahoria chica
  • 1/ 4 de cebolla chica
  • 2 varitas de apio
  • 1/2 taza de fibra de soya sabor carne
  • 2 hongos shiitake

Sugerencias (todo bien picado o desmenuzado):

  • Papa cocida
  • Camarón pacotilla
  • Carne molida
  • Cebollita cambray
  • Soya germinada
  • Sopa ramen instantánea
  • Ejotes cocidos
  • Granos de maíz
  • Legumbres congeladas
  • Brócoli y coliflor precocidos
  • Calabacita
  • Jícama
  • Fideos de arroz
  • Pimiento morrón
  • Champiñones
  • Atún en lata

Para servir (opcional):

  • Salsa de soya, teriyaki, etc.
  • Furikake (condimento de algas marinas, huevo molido, ajonjolí y mariscos)
  • Cebollita cambray rebanada

Herramientas:

  • Recipiente grande para mezclar.
  • Tabla de picar
  • Taza de medir
  • Cuchillo afilado
  • Contenedores para separar ingredientes
  • Palillos chinos
  • Plancha, comal o sartén
  • Pala de metal para voltear

Procedimiento:

1. Poner la harina en el recipiente grande. Disolver el consomé en el agua tibia. Cuando el líquido se haya enfriado un poco, agregárselo a la harina.

2. Añadir el huevo, y mezclar con los palillos hasta que no queden grumos.

3. La masa se puede preparar de antemano y refrigerar. Antes de utilizarla, siempre hay que volverla a batir.

4. Picar muy bien los ingredientes, y agregarlos al gusto en la masa. Revolver hasta que quede una mezcla más o menos homogénea.

5. Calentar en la plancha o sartén un poco de aceite (lo que se unte con una servilleta de papel suele bastar), o rociar con el spray de cocina. Poner la estufa a fuego alto.

6. Cuando la plancha comience a humear, vertir en ella la cantidad de mezcla deseada. Es mejor dejar los okonomiyaki pequeños para que no dé trabajo voltearlos. No hay que preocuparse si no salen redondos.

7. Importante: con los palillos, acomodar los ingredientes para que queden más o menos parejos en la masa.

8. Cuando la parte de abajo esté cocida y tostada, voltear la masa. Poner la estufa a fuego medio, aplanar el okonomiyaki con la pala y dejar cocer bien, unos tres o cuatro minutos más.

9. Decorar al gusto y servir. Si uno está muy ocioso, se puede escribir o dibujar sobre el okonomiyaki con un palillo y salsa espesa, como la de teriyaki, anguila, ostión, hoi sin o ciruela.


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