
12. El recuento de los años
Perdí mi trabajo en la Universidad en el 2005... la escuela de Lingüística, que tenía mi edad, no sobrevivió a las malas administraciones y a la terrible crisis por la que todavía atraviesa mi alma mater. Un año más tarde pensaría que no hubiera estado tan mal desaparecerme junto con ella, y no porque le tuviera tanto amor (aunque el “nadie sabe lo que tiene” iba a rebotarme con fuerza en la cara durante los meses siguientes) sino porque había olvidado el sabor de la inseguridad, la falta de certeza sobre si el mes siguiente seguiría teniendo trabajo; el desempleo y el subempleo, que es todavía más amargo; todo ello como un veneno que te deja en las últimas, pero con vida, que hubiera preferido no volver a probar jamás.
Finalmente no doné, como hubiera querido hacerlo, un ejemplar de ESDLA a la biblioteca (curioso que no lo tenían en mi Universidad), ni me enteré si los alumnos de filosofía POR FIN se iban a decidir a leerlo... o a reconocer que no lo habían hecho o que no tenían la menor intención de hacerlo. Se me va a hacer muy difícil enterarme si los catedráticos y tolkienistas argentinos con los que tanto me gustaba disertar regresarán alguna vez... y ya no podré enseñar a Tolkien en mis clases. Pero el golpe de tristeza real no llegó (por suerte o por desgracia) sino hasta varios meses después de un verano muy emocionante: el evento de Tolkien 2005, con sede en la universidad Aston de Birmingham, y mi segunda visita a la bienamada Irlanda.
Aisling ya no es mi nick desde el verano de ese año, o al menos ya no lo considero así. Ahora es mi segundo nombre, mi nombre irlandés.
Ocurrió en un pub en Galway, con un grupo de señoras y señores de todas las edades con quien entablé conversación, un poco de baile y un poco de canto. Al segundo “¡Pero creí que eras irlandesa!” de la noche (el cuarto o quinto de la semana), supuse que ya estaba bien de negativas y respondí por primera vez en mi nuevo acento suavecito, que se me había pegado a los tres días de estancia en la isla: “Sí, sí lo soy... pero sólo de corazón”. Una de las señoras me preguntó: “Entonces, ¿cuál va a ser tu nombre irlandés? Si eres irlandesa de corazón tienes que tener un nombre irlandés”. Lo bueno es que éste ya lo tenía listo; mi segundo bautismo no fue precisamente de confirmación, sino de más música, algo de historia antigua y un brinco de odio espontáneo ante la mención de Oliver Cromwell. Adoro a mi país natal, pero en ningún lugar me he sentido tan en casa como Irlanda.
No voy a extenderme demasiado con las experiencias del evento Tolkien 2005, la última de las tolkienidades “al por mayor” por las que pasé, porque es una historia bastante larga (y da para un texto casi del mismo tamaño que toda esta crónica). Sólo diré que estuve muy feliz... que me tocó conocer a la maestra Priscilla Tolkien, la hija de nuestro autor, y además a un montón de expertos con los que deseaba platicar: el profesor Tom Shippey, la profesora Verlyn Flieger, los escritores Charles Coulombe, Patrick Curry, John Garth y Colin Duriez entre tantos, tantos más; el pastor Greg Wright, de HollywoodJesus.com, y la doctora Rhona Beare, una de las primeras fans de Tolkien y quien pudo intercambar correspondencia con él. Con el artista Alan Lee me di cuenta de que es posible enamorarse de un hombre de dientes feos, y ya que hablamos de sonrisas, está difícil olvidarse del gesto tierno y discreto del ilustrador Tim Kirk. Fue regalo de Dios el que me encontrara con los editores Thomas Honegger y Franz Weinrich, de Walking Tree Press, una editorial universitaria que me encanta, y quienes me dieron la oportunidad de publicar mi primer ensayo sobre Tolkien en un medio “serio” (uhhh... bueno, digamos comparado con revistas, periódicos e internet).
Conocí también a muchos representantes de diversas sociedades de Tolkien a nivel mundial, y sí me alcanzó a conmover el darme cuenta de todo lo que el amar profundamente a una sola y maravillosa obra puede conseguir. Recuerdo con particular cariño a la gente de Bélgica, a la de Grecia, España y Alemania, al único visitante chino, tan amable y discreto, y a los compañeros de Canadá, el grupo católico de los Estados Unidos y por supuesto los anfitriones ingleses; mis compatriotas mexicanos fueron de lo más atentos y me apoyaron mucho, pues aunque con la Sociedad Tolkiendili de México tengo desde hace algunos años una extraña relación amor/odio (muy semejante al sentimiento que me provoca el Distrito Federal, como ya les describí) puedo decir que la mayoría de las personas que he conocido por ese medio son gente que admiro, quiero y respeto. En este evento disfruté de la compañía de la estupenda familia A.; de nuevo mi gratitud y cariño.
La semana que duró el evento de Tolkien 2005 fue absolutamente perfecta; me hubiera gustado empaquetarla en un frasco para poder olerla siempre que me sientiera desanimada.
Pero bueno, es hora dejar ese tema, porque para cerrar este relato quisiera más bien compartirles algunas reflexiones personales.
Después de celebrar mis veinte años de conocer a Tolkien, estrené zapatos (soy amante de los zapatos, y tengo una colección gigantesca): unas alpargatas de color cobre dorado, porque resulta que los metálicos se volvieron a poner de moda. A mediados de los ochenta, mis caminatas entre lectura y lectura de ESDLA eran sobre unas ballerinas preciosas, color cobre viejo, con aplicaciones metálicas... no eran precisamente el último grito, pero a mí me encantaban y las usé hasta que se rompió la suela. Mi pelo de la secundaria que no le gustaba a nadie fue lo que cedió a la presión de los rizos al amoniaco; ahora las chicas lo quieren lacio, entre menos volátil mejor. El primer estuche de sombras de ojos que me compré, allá en los ochenta, me ganó una regañada de mi hermana mayor, más refinada que yo: tonos neutros, de los que ahora le quedan a todo el mundo. En el evento de Tolkien 2005 me compré un broche conmemorativo redondo, tal vez en recuerdo nostálgico del que me hice con corcho y sopa de letras. Es como si las cosas dieran vuelta en círculo.
Y, sí, Tolkien sigue estando de de moda. Lo mismo que los zapatos metálicos, el pelo lacio, las sombras de ojos mate (y ahora el mundo oftalmológico descubre los males del delineado en el borde interior del ojo, al que siempre me resistí en aquella época frívola y glamourosa), y en general, lo fantástico en arte, cine y literatura. Hace más de veinte añitos, yo era una especie de fenómeno; lo sigo siendo: la diferencia es que ahora los fenómenos también están de moda. Como (recuerdo) dijera el escritor Pepe Rojo en un artículo: los freaks de los ochenta no estaban desfasados, sino simplemente adelantados a su tiempo: lo que entonces les gustaba es lo que ahorita rifa (mola).
Sin duda, no todo es miel sobre hojuelas, y a veces el mirar atrás ciertos acontecimientos me sigue doliendo mucho; son poquitísimas las personas (vivas y no) de quienes no he pensado por lo menos una vez “ojalá no te hubiera conocido nunca”, y nuestro profesor Tolkien, por desgracia, no es una de ellas. El Señor de los Anillos tiene el pequeñín defecto de que nos abre mucho los ojos, y una conciencia, entre más despierta, se hace más sensible.
Pero (y esta es una pregunta que me gustaría plantear a todos los amantes de este libro), ¿cómo sería la vida sin ESDLA? ¿Qué habría sucedido, y qué no? ¿Qué sería distinto? Con respecto a mí, por lo pronto, se me ocurren tres, cuatro panoramas: tal vez la vocación de escribir, que ya traía, se hubiera inclinado (en el peor de los casos) al más políticamente correcto estilacho de la literatura latinoamericana contemporánea, o (en el mejor) a la onda bestsellera. De seguro no hubiera conocido a mi amadísimo, mi querido esposo G. Tal vez hubiera estudiado letras o QFB en Zacatecas. A la mera hora ni siquiera estaría viva a estas alturas. Pues, como dijo C.S. Lewis, uno no regresa de la Tierra Media siendo el mismo de antes. ESDLA nos transforma (en qué, ahora sí que depende de la providencia y las distintas circunstancias) y definitivamente su lectura es un empujón de varios pasos hacia nuestro destino.
Yo, por lo pronto, ya he dejado de especular sobre el mío, aunque no me he vuelto todavía camarón en la corriente de la vida. He sobrevivido a docenas de tristezas, a un abandono en masa de amigos, a varios fallecimientos de seres amados, a pérdidas de sueños y trancazos con la realidad. He estado entre las nubes para volver a azotar con la lluvia y elevarme de nuevo con el rocío. He metido la pata en todas las formas imaginables, he lastimado a mucha gente (a propósito y no tan a propósito), he desdeñado la prudencia y los buenos consejos cuando menos tenía que hacerlo (pero, eso sí: jamás traicionaría ni a mi prójimo ni a mis principios).
Lo único que tengo seguro sobre cada año entrante, es que más o menos a la altura del 23 de abril me toca mi dosis de ESDLA para recordar (o, depende del caso, no olvidar) ciertas cosas esenciales, por ejemplo, que “el camino sigue y sigue”, que “ni los más sabios conocen todos los finales” y, sobre todo, que tantas cosas malvadas y estúpidas que plagan los nervios, las mentes y los corazones de las personas “no triunfarán para siempre”. Y con eso me basta, para ser sinceros.
Finalmente no doné, como hubiera querido hacerlo, un ejemplar de ESDLA a la biblioteca (curioso que no lo tenían en mi Universidad), ni me enteré si los alumnos de filosofía POR FIN se iban a decidir a leerlo... o a reconocer que no lo habían hecho o que no tenían la menor intención de hacerlo. Se me va a hacer muy difícil enterarme si los catedráticos y tolkienistas argentinos con los que tanto me gustaba disertar regresarán alguna vez... y ya no podré enseñar a Tolkien en mis clases. Pero el golpe de tristeza real no llegó (por suerte o por desgracia) sino hasta varios meses después de un verano muy emocionante: el evento de Tolkien 2005, con sede en la universidad Aston de Birmingham, y mi segunda visita a la bienamada Irlanda.
Aisling ya no es mi nick desde el verano de ese año, o al menos ya no lo considero así. Ahora es mi segundo nombre, mi nombre irlandés.
Ocurrió en un pub en Galway, con un grupo de señoras y señores de todas las edades con quien entablé conversación, un poco de baile y un poco de canto. Al segundo “¡Pero creí que eras irlandesa!” de la noche (el cuarto o quinto de la semana), supuse que ya estaba bien de negativas y respondí por primera vez en mi nuevo acento suavecito, que se me había pegado a los tres días de estancia en la isla: “Sí, sí lo soy... pero sólo de corazón”. Una de las señoras me preguntó: “Entonces, ¿cuál va a ser tu nombre irlandés? Si eres irlandesa de corazón tienes que tener un nombre irlandés”. Lo bueno es que éste ya lo tenía listo; mi segundo bautismo no fue precisamente de confirmación, sino de más música, algo de historia antigua y un brinco de odio espontáneo ante la mención de Oliver Cromwell. Adoro a mi país natal, pero en ningún lugar me he sentido tan en casa como Irlanda.
No voy a extenderme demasiado con las experiencias del evento Tolkien 2005, la última de las tolkienidades “al por mayor” por las que pasé, porque es una historia bastante larga (y da para un texto casi del mismo tamaño que toda esta crónica). Sólo diré que estuve muy feliz... que me tocó conocer a la maestra Priscilla Tolkien, la hija de nuestro autor, y además a un montón de expertos con los que deseaba platicar: el profesor Tom Shippey, la profesora Verlyn Flieger, los escritores Charles Coulombe, Patrick Curry, John Garth y Colin Duriez entre tantos, tantos más; el pastor Greg Wright, de HollywoodJesus.com, y la doctora Rhona Beare, una de las primeras fans de Tolkien y quien pudo intercambar correspondencia con él. Con el artista Alan Lee me di cuenta de que es posible enamorarse de un hombre de dientes feos, y ya que hablamos de sonrisas, está difícil olvidarse del gesto tierno y discreto del ilustrador Tim Kirk. Fue regalo de Dios el que me encontrara con los editores Thomas Honegger y Franz Weinrich, de Walking Tree Press, una editorial universitaria que me encanta, y quienes me dieron la oportunidad de publicar mi primer ensayo sobre Tolkien en un medio “serio” (uhhh... bueno, digamos comparado con revistas, periódicos e internet).
Conocí también a muchos representantes de diversas sociedades de Tolkien a nivel mundial, y sí me alcanzó a conmover el darme cuenta de todo lo que el amar profundamente a una sola y maravillosa obra puede conseguir. Recuerdo con particular cariño a la gente de Bélgica, a la de Grecia, España y Alemania, al único visitante chino, tan amable y discreto, y a los compañeros de Canadá, el grupo católico de los Estados Unidos y por supuesto los anfitriones ingleses; mis compatriotas mexicanos fueron de lo más atentos y me apoyaron mucho, pues aunque con la Sociedad Tolkiendili de México tengo desde hace algunos años una extraña relación amor/odio (muy semejante al sentimiento que me provoca el Distrito Federal, como ya les describí) puedo decir que la mayoría de las personas que he conocido por ese medio son gente que admiro, quiero y respeto. En este evento disfruté de la compañía de la estupenda familia A.; de nuevo mi gratitud y cariño.
La semana que duró el evento de Tolkien 2005 fue absolutamente perfecta; me hubiera gustado empaquetarla en un frasco para poder olerla siempre que me sientiera desanimada.
Pero bueno, es hora dejar ese tema, porque para cerrar este relato quisiera más bien compartirles algunas reflexiones personales.
Después de celebrar mis veinte años de conocer a Tolkien, estrené zapatos (soy amante de los zapatos, y tengo una colección gigantesca): unas alpargatas de color cobre dorado, porque resulta que los metálicos se volvieron a poner de moda. A mediados de los ochenta, mis caminatas entre lectura y lectura de ESDLA eran sobre unas ballerinas preciosas, color cobre viejo, con aplicaciones metálicas... no eran precisamente el último grito, pero a mí me encantaban y las usé hasta que se rompió la suela. Mi pelo de la secundaria que no le gustaba a nadie fue lo que cedió a la presión de los rizos al amoniaco; ahora las chicas lo quieren lacio, entre menos volátil mejor. El primer estuche de sombras de ojos que me compré, allá en los ochenta, me ganó una regañada de mi hermana mayor, más refinada que yo: tonos neutros, de los que ahora le quedan a todo el mundo. En el evento de Tolkien 2005 me compré un broche conmemorativo redondo, tal vez en recuerdo nostálgico del que me hice con corcho y sopa de letras. Es como si las cosas dieran vuelta en círculo.
Y, sí, Tolkien sigue estando de de moda. Lo mismo que los zapatos metálicos, el pelo lacio, las sombras de ojos mate (y ahora el mundo oftalmológico descubre los males del delineado en el borde interior del ojo, al que siempre me resistí en aquella época frívola y glamourosa), y en general, lo fantástico en arte, cine y literatura. Hace más de veinte añitos, yo era una especie de fenómeno; lo sigo siendo: la diferencia es que ahora los fenómenos también están de moda. Como (recuerdo) dijera el escritor Pepe Rojo en un artículo: los freaks de los ochenta no estaban desfasados, sino simplemente adelantados a su tiempo: lo que entonces les gustaba es lo que ahorita rifa (mola).
Sin duda, no todo es miel sobre hojuelas, y a veces el mirar atrás ciertos acontecimientos me sigue doliendo mucho; son poquitísimas las personas (vivas y no) de quienes no he pensado por lo menos una vez “ojalá no te hubiera conocido nunca”, y nuestro profesor Tolkien, por desgracia, no es una de ellas. El Señor de los Anillos tiene el pequeñín defecto de que nos abre mucho los ojos, y una conciencia, entre más despierta, se hace más sensible.
Pero (y esta es una pregunta que me gustaría plantear a todos los amantes de este libro), ¿cómo sería la vida sin ESDLA? ¿Qué habría sucedido, y qué no? ¿Qué sería distinto? Con respecto a mí, por lo pronto, se me ocurren tres, cuatro panoramas: tal vez la vocación de escribir, que ya traía, se hubiera inclinado (en el peor de los casos) al más políticamente correcto estilacho de la literatura latinoamericana contemporánea, o (en el mejor) a la onda bestsellera. De seguro no hubiera conocido a mi amadísimo, mi querido esposo G. Tal vez hubiera estudiado letras o QFB en Zacatecas. A la mera hora ni siquiera estaría viva a estas alturas. Pues, como dijo C.S. Lewis, uno no regresa de la Tierra Media siendo el mismo de antes. ESDLA nos transforma (en qué, ahora sí que depende de la providencia y las distintas circunstancias) y definitivamente su lectura es un empujón de varios pasos hacia nuestro destino.
Yo, por lo pronto, ya he dejado de especular sobre el mío, aunque no me he vuelto todavía camarón en la corriente de la vida. He sobrevivido a docenas de tristezas, a un abandono en masa de amigos, a varios fallecimientos de seres amados, a pérdidas de sueños y trancazos con la realidad. He estado entre las nubes para volver a azotar con la lluvia y elevarme de nuevo con el rocío. He metido la pata en todas las formas imaginables, he lastimado a mucha gente (a propósito y no tan a propósito), he desdeñado la prudencia y los buenos consejos cuando menos tenía que hacerlo (pero, eso sí: jamás traicionaría ni a mi prójimo ni a mis principios).
Lo único que tengo seguro sobre cada año entrante, es que más o menos a la altura del 23 de abril me toca mi dosis de ESDLA para recordar (o, depende del caso, no olvidar) ciertas cosas esenciales, por ejemplo, que “el camino sigue y sigue”, que “ni los más sabios conocen todos los finales” y, sobre todo, que tantas cosas malvadas y estúpidas que plagan los nervios, las mentes y los corazones de las personas “no triunfarán para siempre”. Y con eso me basta, para ser sinceros.
Al querido profesor, mi enorme afecto y reconocimiento.
A mis papás, que me han dado prácticamente todo, y en el todo se incluye una vida con ESDLA; y a G. el Capitán Quasar, que se encargó de hacerla más interesante, va mi amor y cariño.
Y a todos ustedes, un abrazo y mil, mil gracias, por haberme aguantado hasta aquí.
A mis papás, que me han dado prácticamente todo, y en el todo se incluye una vida con ESDLA; y a G. el Capitán Quasar, que se encargó de hacerla más interesante, va mi amor y cariño.
Y a todos ustedes, un abrazo y mil, mil gracias, por haberme aguantado hasta aquí.
FIN











