sábado, abril 26, 2008

Estos niños de ahora...


En una de las mesas de libros a 10 pesos de la miniferia del libro en Zacatecas que les comentaba en la entrada sobre la banda, me fui a encontrar uno, medio maltratadón, con aspecto clarísimo de saldo, llamado Ellos También Cuentan, publicado en 2004 por la empresa Grupo Editorial Sur. La verdad es que me he estado dando una divertida bárbara con él: el libro es una recopilación de relatos muy cortos escritos por niños de kinder y primaria de diferentes escuelas, y ya se imaginarán lo espontáneo, gracioso y simpático de las redacciones. A ratos me hacía reír tan fuerte que despertaba al gatito de mi hermana, mi acompañante de lectura y descanso.

Pero no todo es tan lindo: el lado oscuro de la situación es que, en la contraportada de este volumen, se puede leer que “[...] De esta forma, los niños dan su primer gran paso que los acerca al fascinante mundo de la literatura” y que la empresa “se complace al presentar este hermoso trabajo [...] lo cual no hace más que reflejar la belleza que emana de la pluma de nuestros pequeños grandes escritores”. Un prólogo (escrito por alguna profesora o directora) a uno de los capítulos del libro habla de ofrecer “un rico tesoro de mentes creativas”, y otro de la posibilidad de los niños para “crear, soñar y transformar sus propias vivencias en escritos que a través de la fantasía nos asoman al maravilloso mundo infantil donde todo es posible y mágico”.

Todo esto, y la lectura de las obras que lo siguen, en lo único que me hace pensar es en el tremendo desconocimiento que estas maestras tienen del mundo en el que viven sus alumnitos, y la falta de respeto que les muestran, puesto que el dichoso libro no tiene un solo trabajo de edición o corrección, y el atreverse a llamar “bello” su contenido es como alabar el clima cálido de la Antártida. Irónico, ¿verdad? Me atrevo a especular que estas bienintencionadas profesoras han pasado años empapándose de libros de psicología y similares, y construyendo una barrera que las aísle de los fenómenos que se encontrarían del otro lado del aula, pero que no están dispuestas a cruzar. O tal vez que le tienen un poquitillo de miedo a sus propios alumnos.

Mal que nos pese, los niños viven exactamente en el mismo mundo que nosotros los adultos. Están expuestos a los mismos dolores, a los mismos medios de comunicación, a la misma cultura social. La pequeña diferencia que encuentro en estas últimas generaciones de infantes con respecto a los tiempos que a mí me tocaron de niña es que las nuevas están viviendo bajo una capa de sobreprotección tan gruesa y empalagosa como la melaza que se emplea en Zacatecas para ciertos dulces tradicionales.

Alguna vez dije, y me expuse a la muerte por lapidación, que no era cierta esa teoría de que los niños de hoy son más inteligentes, sino que lo que realmente sucede es que el mundo ahora es más idiota. El mundo se ha vuelto más tonto para facilitar (y hasta garantizar) la supervivencia de los menos aptos; y los resultados ya comienzan a saltar por ahí (aunque creo que van a pasar más de diez años para que terminen de hacerse evidentes).

Siempre que se menciona el lugar común de la mayor inteligencia de los niños del siglo XXI, el asunto está relacionado con cuestiones tecnológicas: los niños manejan muchos aparatos modernos mejor de lo que hacen sus propios padres. No todos los adultos somos como el escritor Jack Williamson, que inventó el concepto de “terraformación” entre otros y que falleció a los casi cien años en pleno uso de la tecnología actualizada (porque decía que el hacerlo lo mantenía joven y lúcido), pero es triste que le inclinemos la cabeza a lo que no podamos entender, sólo por ello.

Los avances tecnológicos en teoría están diseñados para facilitarnos la vida (no siempre lo han logrado) y para dominarlos no se necesita más que práctica. La práctica gasta tiempo libre, y tiempo libre es lo que tienen los niños en mayor abundancia que los padres; ahí está. Los niños tienen un panorama mucho más amplio que el que les tocó vivir a sus padres, pero que en modo alguno les está vetado a éstos. Si ellos no se molestan en ponerse al corriente, seguro se quedarán muy, muy atrás.

En el libro Ellos También Cuentan hay ejemplos maravillosos de verdadera imaginación; pero son contados. La mayor parte de los cuentitos están basados en películas, series de televisión y hasta comerciales que todos, no sólo los más pequeños, vemos día con día. Lo que pudo suceder aquí, una de dos, es que o bien las maestras no se dieron por enteradas (y si es así, por Dios que yo las haría despedir; ¿para qué quiero que gente ignorante en la cultura popular le enseñe a los chavitos?), o bien se dieron cuenta, pero no dijeron nada porque se enternecieron con la pésima ortografía y gramática y viven bajo la consigna de que a los niños no se les debe corregir en su libre expresión porque se trauman (y en dicho caso también estarían despedidas por mi parte, aunque tal vez el asunto me acarrearía una demanda).

Les sorprendería ver cuántos de estos niños vieron Chucky el Muñeco Diabólico y cuántos no tienen mayor alcance que la nota roja que contemplaron en tele pasadas las diez de la noche, o lo que les sugiere su serie favorita de animación japonesa. También el hecho de que algunos sean tan aficionados a las telenovelas y que comiencen a hacer pinitos en el fanfic con Harry Potter. Vamos, no todos nacemos para escribir ficción, pero es una mala idea intentar convencernos de lo contrario, o presentarle al mundo nuestras primeras porquerías como algo único y maravilloso.

Todo este rollo, pienso yo, tiene que ver con el asunto de la sobreprotección que les comentaba. Vean un ejemplo de uno de los minicuentos del libro:

eslacacisoqleodutalilliopolapou corasonotieslamenolilla paelepobu casacoisutrosesllapolecetra cososatrusutodallopieceIneso. Fin

(Esto, entre escritos más o menos coherentes de los compañeritos del mismo grado, y supuestamente la recopilación está hecha de trabajos selectos durante los cursos). Me imagino detrás la sonrisa compasiva de la maestra, la mirada triste de los padres que piden comprensión para el “retrasadito”, la solicitud de la directora de que el trabajo de todos y cada uno de los alumnos del grupo sea publicado. Perdón, pero si a un niño no se le exige que su redacción sea por lo menos legible antes de publicarla, el mensaje que se le está dando es éste: No necesitas esforzarte. No necesitas mejorar. Y quieran que no, eso forma malas costumbres.

Yo misma fui una pequeña escritora; no me basaba en la televisión, pero llegué a plagiarme oraciones enteras de los libros y revistas que leía, cosa que escondía mucho, muy bien. Sin embargo, si hay algo que recuerdo de mis inicios en la ficción es una feroz, feroz autocrítica que, por desgracia o gracias a Dios, no me abandonaría jamás. Esta autocrítica, creo yo, me venía de la idea, de acuerdo con lo que el mundo me estaba mostrando, de que sólo un escrito realmente bueno merecería publicarse. El periódico mural de mi primaria, para el que se nos animaba a colaborar con escritos sobre diversos temas, no admitía las cosas a medias, y desechaba todo aquello que no cumpliera con normas mínimas de calidad. Eso, lejos de traumarnos a mis compañeros y a mí, nos hacía esforzarnos un poco más si es que queríamos escribir para todos (que no era el sueño dorado de cada alumno, y bien que así fuera). Oraciones en su lugar, las palabras adecuadas, la estructura sencilla de introducción - cuerpo - conclusión... todo ello en los límites de una visión no demasiado distinta a la de nuestros padres, que veían la misma tele, iban a las mismas películas y leían el mismo material.

Pero hace un buen tiempo que no veo aquello de la autocrítica fomentada en los niños de primaria, y las técnicas avanzadas de enseñanza crean nuevos dolores de cabeza.

Ahí están los niños a los que incluso se les llega a medicar porque “padecen” de falta de atención. Cuando yo estaba en la primaria, lástima decirlo, pero muchísimas veces a lo que menos le hacíamos caso era al profesor o profesora que teníamos al frente, salvo cuando la clase se pusiera realmente interesante, que no era el escenario más común. Lo que sucede es que éramos, ahora sí, demasiado listos para permitir que el docente se diera cuenta, porque sabíamos que de otra forma estaríamos en problemas. Mientras nuestros maestros daban su clase ante un grupo perfectamente callado y con los ojos fijos en el pizarrón, bajo los pupitres funcionaba todo un mundo. A veces era el de los perritos de papel que vivían entre los libros, a veces las aventuras de nuestros lápices a los que les dibujábamos caritas tristes o felices; en cuarto grado, yo administraba una veterinaria, y más adelante comencé un servicio de paquetería y mensajería de y para personajes imaginarios. Dos de mis compañeritas que se sentaban al frente tenían su propia agencia de investigación de fenómenos paranormales, con computadoras de tarjetas perforadas hechas con cajetillas de cigarros. Todo ello, en horas de clase.

Era por sentado que si nos sorprendían con nuestras distracciones, habría castigo. Nadie tenía que decirnos que obrábamos mal, y por lo mismo procurábamos estudiar, para que en la temporada de exámenes nuestras calificaciones no delataran las divertidísimas locuras en las que gastábamos nuestro tiempo en las aulas. A los niños de ahora no se les castiga; en el peor de los casos, se les atasca de pastillas, y en el no tan peor, se les envía al psicólogo (que la más de las veces tiene instrucciones de tratarlos como si fueran una florecita delicada); y por lo mismo se les niegan algunas lecciones básicas de supervivencia (escóndete-observa-calla), lo que aumentará su vulnerabilidad a los nuevos peligros que tienen temblando a tantos papás, por ejemplo los que vienen con el uso de internet.

A éstos, que no a sus hijos, les recomendaría la lectura de un libro infantil que trata el tema de la inteligencia y la supervivencia de los chicos en un mundo hostil de una forma tan encantadora como cruel y realista (aunque coquetea con lo fantástico), Matilda de Roald Dahl. Geniales las frases de entrada, donde el profesor Dahl le da las malas noticias a los papás que juran que sus hijos recién salidos de la primaria son de veras brillantes, y estupenda la manera en la que describe cómo una pequeña lectora va descubriendo que tiene el don de comprender a los autores adultos aunque no tiene la más mínima idea de cómo cocinar (por favor, a ese respecto no le hagan caso a la por otro lado muy buena película de Danny DeVito basada en este libro).

A las maestras que compilaron el material de Ellos También Cuentan y a sus editores, los pondría a aventarse siete horas diarias de Cartoon Network durante una semana, a ir al cine siempre que hubiera grandes superproducciones, a probar los videojuegos de moda e inscribirse en un foro de chavitos con sala de chat. Si eso no los hace comprender mejor a los niños, entonces podrían pensar en conseguirse otro empleo. La venta telefónica de tarjetas de crédito está de moda ahorita.

¿Son los niños de la actualidad inteligentes? Claro que sí. Pero no más ni menos que los de antaño, y en todo caso hay niños estúpidos más o menos en la misma proporción que adultos tarados. Lo único que ha cambiado, y eso es lo peligroso, es que los niños de ahora, por la educación y la comunicación que reciben, corren más riesgo de transformarse en adultos idiotas, y tener y educar, a su vez, a hijos idiotas. Por muy bondadosos que seamos y mucha compasión que nos despierten, hay que estar conscientes de que a veces los niños necesitan un par de golpes de la vida y aprender en carne propia de sus errores. El mundo no va a ser más lindo sólo porque se lo pintemos de color de rosa. El meterse con la ley de selección natural es quitarles dolores que tal vez sean bien merecidos, humillaciones que en algún momento podrían hacerlos más fuertes, sobre todo la capacidad de responder por los actos que uno realiza en la vida (ajá, cada sencilla acción que hacemos día con día tiene una consecuencia). Los niños criados con estas ideas modernas no habrán aprendido a sentirse culpables por nada ni a hacer esfuerzos extra, sino a meter demandas, organizar huelgas y plantones, a creer que todo se lo merecen, a exigir derechos y fingir que no existen las responsabilidades. Y si, para acabarla de amolar, tienen maestros por la misma corriente que quienes compilaron Ellos También Cuentan, tampoco habrán aprendido a comunicarse por escrito.

Para terminar... hace ya algún tiempo que no pongo recetas en el blog... vamos a rematar con un poco de cocina para niños que incluya queso.

Esta primera receta está extraída de la revista Barbie que yo leía.

Tesoro de queso

Ingredientes:

3/4 de barra de mantequilla

1 frasco pequeño de queso amarillo fundido

3/4 de taza de harina de trigo

Procedimiento:

En una cacerola mezcla con tus manos, bien lavadas, la harina y el queso fundido hasta que formes una masita. Lávate las manos, sécatelas, y forma bolitas de masa de distintos tamaños y colócalas en una charola untada con mantequilla. Aplana un poco las bolitas.

Mete las galletas al horno caliente a 185o C. durante 12 minutos. Sácalas y déjalas enfriar. Puedes adornarlas poniéndoles encima más queso fundido.


Y ésta es de la revista Barbie que ahora lee mi sobrinita:


Bolitas de queso

Ingredientes

1 queso crema chico

Nueces picadas

Palitos de pan

Procedimiento:

Bate el queso crema hasta que quede suave. Forma bolitas con él.
Pasa las bolitas por la nuez picada hasta que queden bien cubiertas.

Acompaña con palitos de pan.

Disfruten. Y saquen sus propias conclusiones.

10 comentarios:

Master Pei dijo...

Órale, Aisling, qué fuerte todo lo que dices, y qué cierto. Estoy muy de acuerdo con todo lo que dices e incluso había partes que me hicieron recordar el poco tiempo que di clases de inglés en una escuela de paga de Toluca, en la que las tendencias modernas de educación no hacían más que evidenciar que hay un montón de gente que no tiene ni idea del daño que le hacen a los niños con actitudes como las que describes. Y lo más doloroso, como dices, es que consecuentemente esos niños van a terminar convirtiéndose en adultos tarados que mal-eduquen a sus hijos, y volvemo a empezar. -sigh- No pienso tener hijos, pero los que sí, por favor, no manchen y muestren equilibrio entre la libertad y el ser estricto con los niños, que de verdad lo necesitan.

Kitsune dijo...

Podríamos "hacer desaparecer" a mi maestra de didáctica para que tú la suplas?

En serio que es necesario modificar la manera en que educamos a los niños, no los programas ni planes de estudio, si no las estrategias que usamos (como padres, familiares y maestros), de otro modo seguirán existiendo los niños que pretendan hacer literatura con incoherencias injustificadas mientras la maestra se emociona pensando que ha nacido un nuevo maestro de las vanguardias
LOL

Como sea, yo también leía la revista Barbie (pero en una etapa intermedia :P). También se ha transformado siguiendo al menor esfuerzo, vdd?
Qué mal...
=/

THOR dijo...

Concuerdo contigo. Definitivamente en la gente adulta por la falta de letras o flojera, se hace cada vez mas ignorante y lo peor es que decide emitir juicios o criar hijos de una manera no adecuada. Estoy en contra que la gente sea compasiva con los niños de una manera Judeo-Cristiana, se les debe enseñar para que se enfrenten a la vida con bases y seguridad. Pero ¿Cómo se hace eso? si en las escuelas las maestras o maestros no tienen vocación, si te manda a la biblioteca como castigo o que leas como castigo. Mucha parte de mi vida no quise a los libros por ese punto.

También considero que el pensamiento técnico atrapa a la sociedad, dejando de la lado la teoría, es decir, las cosas tecnológicas con el paso del tiempo se demonina, pero los conceptos las ideas, en éste caso lo que tu escribies, pues no se domina, es cuestión de leers, de pensar y analizar, por lo menos a mi me gusta y sé que eso requiere trabajo de cabeza.

Me gustó leer éste post y muchas gracias por responder mis preguntas y también por agregarme a tu lista de páginas.

TA. HECTOR FRAGOSO

Tokiiro dijo...

Revista geiJUTSU - arte japonés
+manga +anime
+cultura japonesa
+cocina oriental +anCafe
+cosplay +kipi +games
+nana +inuyasha +elfenLied
http://geijutsu.hispaotaku.net/

Petrus Angelorum dijo...

Tengo que responder a este articulillo, pero me hace falta tiempo y curarme un poco de abulia.

De entrada, os falta contexto de la publicación, cosa que yo ya averigue... o más bien lo sé porque buena oreja soy, amén de hablemos de nebgosios harbamus, yo te publicos a vostros ninios, la calidad no importas, importas ques publiques, además bonitos podrás lucir en bibliotecas, mijito ya escribió un libros.

Pues no soy psicopedagogo, pero luego trabajo de ello o como ellos, aunque suene a "diesel". Luego hablamos, piensa un poquillo: ¿Piaget o Vigotky? ¿saber que o saber hacer? ¿el sujeto o la comunidad? ¿el alumno es nacional o local? ¿cómo hacerle para que sea nacional, democrático, incluyente, multicultural, plurilingüe y aparte laico y con valores?

Mi próximo instrumento pedagógico que pienso pedir no es un ordenador, ni un pizarrón interactivo, ni siquiera una tiza, se trata de, nada más ni nada menos que, (redoble de tambores...) de un : látigo. Curiosamente la tentación de una gran mutitud de docentes, entre los que me incluyo, es una vuelta al conductismo porque al parecer da mejores resultados que cualquier otra cosa que apliquemos... ¿Has visto los libros de los constructivistas? Su metodología casi es extraña (por ser blandito en este momento en que echo de menos a Conorte); primero, te avientas a la mar llena de tiburones, ya que los escualos te hayan mordido y después de que hayas salido del agüita con sus pescaditos, ahora sí te enseño a nadar en el mar lleno de tiburones.

Petrus, pensando en Conorte.

Aisling dijo...

Hola a todos.

En un principio creo que estamos todos de acuerdo: hay algo que está fallando, y grueso, en la forma que se educa hoy a los niños. Antes de que la disciplina se volviera pecado, al menos los chavitos contemplaban al padre, al maestro y a otras personas como figuras de autoridad. Ya me imagino, Pei, por las que habrás pasado... aunque mira, yo una vez también trabajé con chavitos de primaria y nunca tuve líos. Lo malo era cuando tenía que enfrentarme a sus padres y a los directivos de la escuela.

Kit, no creo tener suficiente sabiduría como para meterme a enseñar didáctica y la verdad es que sólo hablo de mi propia visión para afuera. Tienes muchísima razón en lo que dices: lo que falla son las estrategias. Por alguna razón, queremos facilitarles las cosas a los chavitos en la escuela y lo que hacemos es dificultárselas en la vida real.

Ah, y con respecto a la revista Barbie, estuve observando su evolución mucho después de dejarla de comprar. Fue muy decepcionante: cada vez la estaban "entonteciendo" más. Ahora, me he dado cuenta últimamente, lo mismo le ha ocurrido a la revista Tú y a la Marie Claire mexicana. Más síntomas de algo muy horrible.

Mmmmmm... Thor, me causa un poquito de conflicto eso de la compasión judeo cristiana, siendo como soy católica convencida. Creo que es en las Cartas donde se insiste en lo de corregir a los que menos saben. La disciplina se puede impartir incluso con mano suave, siempre y cuando sea también firme. Sobre las dificultades que haces ver, pues yo haría una purga tamaño monstruo de maestros inútiles que se carga el sistema educativo mexicano. Y en cuanto a las estrategias de lectura, tengo algunas ideas... y casi todas son medio subversivas. Pero ya les contaré después.

Tokii: este fue un artículo medio extraño para recomendarnos la revista donde colaboras, pero ya estamos leyendo tu sitio, y está muy bueno. Nos veremos en la suscripción, y nomás que resolvamos algunas cosas, en la lista de enlaces. Bienvenida.

Pere: Mmmmmmm... no creo que me haya faltado tanto el contexto, si lees dos o tres cositas que vienen a la mitad de mi entrada (... para variar, la leímos de prisa, ¿verdad? Siiiiiighhhhh) No escribas tan raro, por el amor de Dios, porque luego no se entiende. Me dejaste pensando si la educación que me tocó fue conductista, y en ese caso qué ocurrió después.

No creo que un látigo sería una herramienta adecuada, porque eso es lo que utilizas con seres a los que les tienes miedo para infundirles miedo a su vez y porque no te puedes comunicar de otra forma con ellos. No sé cómo funcionaría en los niños, porque nunca me ha tocado verlo, pero pregúntame si a alguno de los caballos que he tenido que educar le he pegado alguna vez. Dicen que los animales no entienden más que a golpes, pero eso no es cierto. Uno puede lograr mucho más de un caballo si lo convences de que te quiera. Y de que hay que trabajar en equipo para llegar a cualquier parte. Los caballos no tienen lenguaje articulado, los humanos sí; en teoría debería ser más fácil. Aunque bueno, nunca he tenido que sentarme a discutir con los papás de mis caballos que si el freno estaba muy apretado o que si les pesaba mucho el suadero, ni ponerme a razonar con un consejo escolar equino que protestara por mis métodos.

Suldyn dijo...

Hace un año le dí clases a niños desde preescolar hasta secundaria. En mi experiencia particular estoy de acuerdo con que se fomenta la supervivencia del más débil y el apapachamiento de muchos niños y jóvenes. Cometí varios errores como profesor, pero también aciertos. Fomenté la imaginación y la exigencia en los niños, pero en ocasiones me faltó determinación para encarar a los padres que me reclamaban porque sus hijos habían sacado un "8" siendo que eran muy "talentosos".

Como anécdota; el mayor coraje que hice en mi tiempo de maestro fue con una alumna a la que LITERALMENTE le daba flojera pensar.

Como todo en la vida, también estamos en un camino de aprendizaje al hablar de la educación (tanto de los infantes como la nuestra) y tu post me hizo reflexionar no sólo sobre lo que la sociedad hace bien o mal (más lo segundo), si no de lo que yo hice y puedo hacer en el futuro.

Gracias por compartir este maravilloso post Aisling.

Aisling dijo...

Ah, Suldyn, comprendo perfectamente... En mi propia experiencia, cuando le di clases a niños de primaria y descubrí con sorpresa muchas de las cosas de las que platico, también fueron los papás y no los niños mismos quienes me dieron más lata... Aparte de los directivos del plantel, que estorbaban más que ayudar con sus actitudes: "Ese niño sacó seis, pero su mamá siempre nos ayuda con blah blah blah... le vamos a poner siete".

Yo no hago el siete con palito cruzado en medio, descubrí (ya se me hacía extraño que en dirección nos solicitaban llenar las libretas de calificaciones a lápiz y nos las devolvían con pluma). Por ese y otros incidentes es que he decidido no darle ya clases a niños, pero en fin...

A enseñar se aprende enseñando, y las malas (y buenas) experiencias siempre estarán a a la orden del día. Estoy intentando imaginar una de tus clases... creo que serían divertidísimas. Se la pierden, escuincles tontos hijos de papás más tontos.

Y gracias a ti. :>

Viviana dijo...

Hola Aisling:

Regreso tarde a tu blog después de la invitación que dejaste en el mío. No podría estar más de acuerdo contigo. Creo que los adultos nos hemos vuelto demasiado condescendientes, no sólo con los niños si no en general. Sin ir más lejos, esta mañana mi hija me dijo mientras veía un programa llamado "Art attack" donde pasan dibujos que los niños mandan, que el conductor del show siempre dice que le gustan los dibujos de los niños. Mi hija me preguntó: "¿Verdad que tiene que decir que los dibujos le gustan para no hacer sentir mal a los niños que los envian?".

Creo que es peligroso que los niños perciban esta actitud de los adultos porque acaban repitiéndola consigo mismos. Luego llegan a la universidad y te dicen que no quieren leer un libro que les parece "aburrido". Tengo que lidiar todos los días con este tipo de discurso en la unversidad donde trabajo. Y ay de tí como quieras apretarles las tuercas un poco. "Pobrecitos" "Tienen problemas" "Tienen mucho trabajo". Siempre les contesto a los coordinadores que si no pueden, no deberían estudiar. La universidad no es para todos y yo lo veo a diario.

Te diré también que mi profesión está teniendo mucho auge precisamente porque los papas no pueden ser eficaces con su hijos, no vaya a ser que los traumen. De repente los pequeños se vuelven unos tiranos que todo lo exigen y los papas se doblegan porque "pobrecitos, no se vayan a traumar".

Como mamá debo confesar que peco en contra de lo que predico a veces. Pero siempre hago un esfuerzo conciente por enseñarles a mis hijos lo importante que es trabajar, necesitar cosas y luchar para conseguirlas. No soporto la gente que se victimiza y me pongo muy malita de mis nervios cuando escucho a cualquier persona decir Pobre de mí, incluyendo a mis hijos. Así que es una lucha constante. Veo por todos lados papas sobre protectores que reclaman al maestro de teatro por ejemplo que su hijo no es el protagonista, cuando el niño no se aprende las lineas. Agggg. Siento como si me jalaran los pelitos de atrás de la nuca.

En fin que tocaste un tema que me llega muy directo.

Me ha gustado mucho tu blog. Comparto algunos de tus gustos, especialmente tu amor por el inglés e Irlanda. La cultura de esas islas me atrae irremediablemente. Siempre he pensado que la cigüeña como que me llevaba para alla, pero la agarro algún huracán que la arrastró hasta México.

Un saludote y nos seguimos leyendo.

Por cierto gracias por el tip de Staurofila. El próximo fin, que es largo, iré a la librería que me dices a buscarla.

Muchísmas tenkius

Viviana

Glinwen dijo...

Ah, el "Ellos también cuentan"...
Yo leí uno en primaria (dibí estar como por cuarto o quinto) y ya opinaba parecido a ti: "¿Para qué me ensañan a usar la coma si en este libro no existen?", "¡hey, este cuento es igualito a este episodio de tal caricatura! ¡eso no se vale!" o peor "¡este cuento es copia de uno diez páginas atrás!".
¡Yo recuerdó haber tenido que entregar como tarea un cuento para esa cosa!
¿Por que sabes que es lo peor? ¡Es un truco de ventas! Los niños escriben en eso para que nos salgan con "como publicaremos tu cuento, queremos darte este premio (unos libritos, acuerelas, plumoncitos...) y debes recogerlos en nuestras instalaciones (donde te venderemos nuetras publicaciones)
. . .
Nunca fuimos, jamás recibí mis plumones y esas chácharas.

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