miércoles, junio 24, 2009

Cátedra

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(Foto de Nora, la gatita pianista. Con fines decorativos)

Hace algunos días cambié mi parada de autobús habitual. Ahora, básicamente, camino menos, si llueve me mojo menos y paso menos frío... y me arriesgo a que el transporte me deje tirada, ya que en ese cruce de calles en particular, las rutas suelen pasar de largo, no sé aún por qué. Procuro levantarme más temprano para tomar el primer camión que se detenga y así me ahorro pasos, aire frío en la garganta... y sobre todo malos pensamientos. Mi parada anterior me llevaba a pasearme junto a mi antigua universidad. Sí, la que ahora se está cayendo a pedazos (falta de alumnado, recorte masivo de personal). En su momento, me tocó ser uno de los pedazos que caían.

Ah, mi universidad. La que hasta hace poco tenía que ver todos los días, tan lejos y tan cerca, y terminaba soñando con ella, a veces tres noches seguidas.

Mi universidad. La misma con la que tantas veces estuve en desacuerdo, la de aquellas políticas que tuve que desafiar, la de la biblioteca desvalijada que acogía mis rabietas al mismo tiempo que expulsaba libros viejitos que con un poco de suerte hallaban en mis libreros un nuevo hogar.

¿Qué puedo decir? La extraño. Más bien, no extraño tanto la universidad en sí, sino mi escuela, y mi cátedra. Extraño enseñar a Shakespeare, a Stephen Crane, a Capote, a Fitzgerald y todos sus amigos; extraño recitar The Congo para mis alumnos (with a silk umbrella and the handle of a broom, boomlay, boomlay, boomlay, boom), extraño reírme con ellos de las ocurrencias de Dorothy Parker. Extraño enseñar Sapir y Whorf, Chomsky, Saussure, Bopp; extraño buscar pretextos para enseñar a Tolkien.

Extraño mi oficina, perpetuamente en desorden, con mi librero lleno de polvo, con mi poster de Chrono Trigger y mi mapa de Irlanda en la pared (¿por qué me dejé convencer de abandonarlos?), el mullido silloncito donde me tiraba a soñar (o a dormir, o a revisar exámenes, dependiendo de la estación y el momento) en los ratos libres. Extraño la confianza de un trabajo seguro, extraño el no tener miedo cada fin, mitad y principio de año.

Con todo, ¿cuántas historias no hubo ahí que resultaron más amargas que la mía? Me viene una a la cabeza y aprovecho para contarla: la del maestro B.

Antes de que se cerraran, en ese orden, las escuelas de Arqueología y Antropología, Letras, Lingüística y Ciencias de la Información (todas mi espacio de trabajo), la Universidad había disuelto algo que consideraba todavía más inútil: la orquesta escolar. ¿A quién le servirían los conciertos de temporada? No generaban ganancias.

En fin. Un día, cuando ya la escuela de Lingüística se hallaba en las últimas pero varios como yo, optimistas e ingenuos, todavía acumulábamos planes para revivirla, apareció en mi salón de clases un objeto insólito. Ya me habían quitado de las paredes mis fotos de autores en pose sexy (Hemingway de veinte años en su cama de hospital, Bradbury más o menos de la edad, con ojotes soñadores mirando al infinito, Capote como un rubio bajito y despampanante, un encantador perfil de Parker, Dickinson en actitud modosita y brazos cruzados, mi favorita de Tolkien, con lentes y concentrado en sus apuntes); una señal clarísima de que el salón ya no era exclusivamente mío sino que estaba dedicado a otras cuestiones más redituables en mis horas de ausencia (hubo una muy paulatina invasión de la Escuela de Lingüística). Pero, ¿qué estaba haciendo ahí un piano de cola...?

Me acerqué, imaginándome que el instrumento, como era costumbre, tendría un candado en la tapa, pero no era así. Estaba suelta, para cualquiera que se animara a levantarla e improvisar un poco. Oh, bueno, me dije, un piano. Veamos...

Nunca he tomado clases de piano, pero mis hermanas sí, y teníamos en la casa de mis papás uno sencillo que me daba por aporrear cuando había que deshacerse de las tensiones. La tentación fue demasiado fuerte, y, como al estilo de excusa barata para infidelidades, lo que tenía que pasar pasó entre un teclado y unos dedos nerviosos.

Pero otro día, en las mismas, el maestro B. me dio el susto de mi vida; me pescó en el acto, pues. Casi brinco.

Cuando, apenadísima, cerré la tapa del piano como si me estuviera abotonando la blusa, el maestro B. me dijo - No, no; siga, por favor -. No lo hice. Como buena mediocre, para hacer mediocridades me escondo. Pero a partir de ahí comenzamos a platicar, y supe por qué el maestro B. se me había hecho conocido. Era... bueno, había sido el director de la clausurada Orquesta Universitaria.

El maestro B. era de Rumania (de Transilvania, de donde es el Conde Drácula, decía con mucho orgullo), pero llevaba mucho tiempo viviendo en México y su español era perfecto, incluso para captar las sutilezas y dobles sentidos de nuestra región. Recordé haberlo visto dirigiendo la orquesta con varios coros en mi tiempo de estudiante, en eventos y espectáculos que para los alumnos y profesores eran gratis: Que si el concierto de verano, que el de Navidad...

Pero ahora ya no había orquesta, y el régimen laboral por el que el maestro B. estaba registrado (además de su antigüedad en la escuela) no hacía tan fácil que la universidad lo despidiera. Por consiguiente, ¿qué hicieron con él? Mandaron su piano al salón que consideraban más inútil en turno (la primera vez que lo vi fue en una sala de conferencias del edificio de Humanidades) y le dijeron que se quedara ahí a ofrecer clases a quien se acercara.

Cuando rellenaron esa área con estudiantes de derecho y la siguiente aterrorizada generación de burócratas, el salón para refundir el piano fue el de una servidora. Por eso hablé con el maestro B. muchísimas veces durante mi último semestre en la Universidad, cuando me lo encontraba caminando de un lado a otro, esperando a alumnos de música que rara vez llegaban.

Había sido cruel privar al maestro B. de su orquesta; era punto menos que inhumano hacerlo sentir que la música era un producto no comercial (y, que la boca se les queme, prescindible). La música seguía siendo su razón de ser, la nube que lo llevaba flotando sobre las miserias de este mundo. A falta de música, se hundía en su segundo gusto: la conversación. Si no tenía alumnos (casi siempre, pues) se ponía a navegar por la escuela de Lingüística en busca de alguien con quién charlar.

Advertidos o tras algunas cuantas experiencias, corríamos a escondernos siempre que lo oíamos acercarse; no era que el maestro B. fuera una persona desagradable ni mucho menos, pero es que no había manera de cortarle la plática. Alegremente nos contaba de su país y de lo que antes era la orquesta, y sin una sombra de malicia se quejaba de la impuntualidad mexicana (parecía pasar por alto que algunas ocasiones era por culpa suya que llegábamos diez y hasta quince minutos tarde a nuestras clases).

Por mi lado, yo le huía tanto como todos los demás, profesores, alumnos, secretarias, sobre todo cuando las clases eran en la planta baja (mi oficina en Lingüística estaba en el piso más alto de Humanidades), pero si el tiempo no apretaba me quedaba a conversar con él. Así fue como me enteré de un poco de su historia personal, y de que su enfoque para enseñar música era muy similar al mío, entonces, para enseñar literatura. La música (y la literatura) no era un animal muerto que la gente tuviera que tender en una mesa de disección, sino uno vivo, que exigía cariño y proporcionaba a cambio alegría, pura y simple alegría.

Aprendí también un par de cosas curiosas. Una vez que me pescó tarareando una melodía de Suikoden, el maestro B me explicó que el sonidito característico de la música oriental ocurría porque en ella se emplean casi exclusivamente bemoles. Probé en su piano con una canción de Joe Hisashi a dos deditos... y para mi sorpresa jamás me salí de las teclas negras.

En otra ocasión, me platicó tan ilusionado como un niño los planes que tenía para cuando se volviera a formar la orquesta, del regalo que prepararía para quienes, directa o indirectamente, lo había perjudicado:

- Va a ser el cumpleaños de X (una de las altas autoridades) y vamos a darle un recital. Tenemos una niña que canta tan bonito y un muchacho que toca la flauta. Y usted va a cantar, no me diga que no. Dígame cuándo nos ponemos a ensayar.

Nunca lo hicimos; mi tiempo corto, mi fe en los milagros casi extinta.

No me despedí del maestro B. De nadie, en realidad, pues mi corazón estaba partido en dos o tres (por la humillación, más que nada, de haber esperado que después de más de diez años de servicio mi universidad me daría siquiera las gracias antes del último adiós) y temía echarme a llorar en público. Fui a vaciar mi oficina de noche, como ladrón ni más ni menos; hacia las nueve y media salí arrastrando una maleta llena de libros, apuntes, tazas e instrumentos de escritura; la misma con la que apenas tres semanas atrás me había desempacado, feliz, de las Europas. Atrás dejé mi querido, sombrío agujero, bolsas llenas de exámenes de años y años, y, maldita sea, mi mapa de Irlanda y mi poster de Chrono Trigger (había perdido tanto, supongo, que no me dolía perder un poquito más).

Años después, cuando acepté un empleo de maestra suplente en aquella universidad, pasé de nuevo por la ex escuela de Lingüística, y se me cayó la mandíbula cuando vi que la estaban remodelando (aunque el asunto evocaba más violencia). Mi salón de clases había desaparecido, de seguro, entre escombros. ¡Santo cielo! ¿Y el maestro B.? ¿Y su piano? Más adelante me enteré por el periódico que lo habían nombrado director de la orquesta infantil estatal (le encantaba trabajar con niños) y que por lo pronto, estoy hablando de hace un par de años, no percibiría salario por ello. A veces somos horribles, los mexicanos.

La última vez que pasé frente a mi universidad, me llegó un olorcillo a azufre, el que en mi cultura se asocia con cuestiones demoniacas. Tuve pesadillas; no con el diablo, sino con un desfile interminable de promesas en el piso, de sueños desperdiciados, de anhelos rotos; esas cosas. Y entonces decidí cambiar mi parada de autobús.

7 comentarios:

Dark Soulless dijo...

Dios..

Se que se siente que la escuela donde te formaron caiga ante ti debido al mal funcionamiento de los directivos.

Todo esto pasa debido a que se pierden los valores por los que una universidad trabaja, dejan de ofrecer educacion para ofrecer un producto comercial y los estudiantes dejan de ser eso y se convierten en clientes.

Los rumanos no son tan puntuales, de echo se la pasan hablando de los ingleses y ridiculizandose a ellos mismos, sin embargo, creo que excepto los colombianos, no he conocido a personas tan impuntuales como los mexicanos.

Me ha gustado muchisimo su escrito, espero que se encuentre muy bien, que tenga una buena semana, ciao!

Kitsune dijo...

Me da pavor pensar que mientras sigan desapareciendo las humanidades de la universidades (habrase pensado que existan separadas?) los que nos dedicamos a ello nos vamos a quedar con el piano del maestro B: silenciosos en un rincón
=/
aunque, bueno, también me gusta soñar que nunca pasará algo así
:)

Petrus Angelorum dijo...

Pues no que deciros... Yo también ando de capa caída y no es por Conorte.

Te comento luego.

Te echo porras porque no encuentro que más pueda hacer por vos.

||°°||krmn||°°|| dijo...

Touching, indeed.
Es un horror ver que en vez de subir, vamos para abajo; espero que esto sea una de esas ocasiones en las que para subir hay que ir por el camino de bajar.
Lástima, lástima.

Nona dijo...

Al menos piensa en todos los alumnos que durante tantos años has tenido i que seguro aun te llevan en el corazon :)
Es muy triste como termino todo esto, i que no aprecieran tu labor ni como para darte las gracias... pero por desgracia ahora las universidades ya no piensan en los alumnos sino en generar beneficios. son una empresa mas... si vieras lo que le han hecho a la mia... v_v

Coconut dijo...

Wow! Me encanta como escribes, aún cuando son cosas tristes.

Me recordaste a un Pedagogo y un maestro substituto que corrieron de mi primaria más o menos así ("huchale ya no te necesitamos").

Triste y noble el hecho de que el hombre trabajara sin sueldo.

*suspiro*

izcoatl dijo...

¿Es natural esto de desprenderse de las cosas que nos traen recuerdos? Digo, tú cambias la ruta por el desprendimiento de aquellos viejos instantes; así mismo también yo hice cosas por vaciar los recuerdos contenidos en aquellos laboratorios llenos de fierros viejos en CU.

¿Es natural hacerlo también por las personas?

Disculpa, no traigo buen talante, y tu entrada me llenó de más melancolía.

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