viernes, enero 09, 2009

Gewurde ðín willa

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Estatua de Alfredo el Grande (rey, guerrero, traductor y salvador de la lengua inglesa) en Winchester

Me cayó la noticia como cubeta de agua fría, y apenas empieza el 2009: este cuatrimestre no voy a impartir la materia de Historia de la Lengua Inglesa en la escuela donde trabajo. Una de mis materias favoritas, y que he estado enseñando ahí durante los últimos doce años.

¿Por qué razón? Me gustaría saberlo; la razón-razón, no la políticamente correcta que le dicen a uno si de pura casualidad pregunta (esta vez no lo hice). En los últimos períodos, a muchos de los maestros más antiguos nos han reducido el número de clases (estamos a tiempo parcial, nuestro contrato dura lo que un cuatrimestre, no recibimos prestaciones); a mí, gracias a Dios, no me ha ido mal e incluso me siento consentida con los horarios que me han asignado; pero no es en los horarios donde hay problema, sino en las materias. Recuerdo que poco antes de salir de vacaciones de Navidad, el año pasado, me entró punto menos que un ataque de pánico al pensar que podrían quitarme Seminario de Literatura Inglesa. ¿Un ataque de pánico...? La cosa debe estar mal, muy mal. Por Historia de la Lengua Inglesa no me preocupaba; la sentía muy segura... no es fácil, y no hay muchas personas que se animen a enseñarla. Bueno, eso creía.

Me gusta dar clases, aunque no siento que sea mi auténtica vocación; pero hay materias que me producen más alegría que otras. Ésta era una de las que mantenían mi corazón a flote entre los sinsabores. ¿La razón? Bueno, pues amo a la lengua inglesa. La considero una de las más hermosas, versátiles, ricas; una que no ha necesitado artilugios, disfraces o influencias para abrirse paso como la lengua común de la Tierra; que en su aparente simplicidad puede comunicar los secretos mejor guardados del espíritu (ésos que nos hacen recurrir al "me faltan palabras"). Y quiero todavía más al inglés antiguo, aunque lo conozco muy por encimita (casi veinte años de amor a primera vista), a sus sonidos extraños, tan dulces; al sabor que dejan en la boca, a su belleza como la de unos ojos profundos de largas, largas pestañas.

Las clases sirven para aprender; éste la usé siempre para compartir amor y plantarlo ya fuera en la mente o en el corazón de otros, siempre abonado con un toque infalible de curiosidad. Cada peculiaridad del inglés tiene su razón de ser, algunas veces tonta o ridícula, otras heroica o noble; ciertos sonidos, cierta ortografía, ciertas locuras gramaticales; todo ocurre por algo, todo arrastra un cuento que platicar. Era ello lo que más disfrutaba de pararme ante un grupo, si bien consumida por los nervios (pero eso nunca deja de pasar, ya me lo esperaba).

Me gustaba enseñar la pronunciación del inglés antiguo, aunque nunca me he sentido del todo segura con ella, e incluso después de años y años, antes de llegar al salón me ponía a ensayar, una y otra vez, la primera estrofa de Beowulf, que con las prisas me salía fea y monótona: h
wæt we gar-dena in geardagum Þeodcyninga þrym gefrunon hu ðas æþelingas ellen fremedon... Mal y todo, se sentía como besos en mis labios. Cuánta magia no tendría esta lengua que los ojos de mis estudiantes se encendían de asombro. Después los ponía a repetir palabras dispares, como niños chiquitos: hus, stan, mys; casa, piedra, ratones; y adivinaba que la sonrisa en sus rostros era una copia de la mía.

Apenas este lunes me lo confirmaron; no era el error que sospechaba cuando me mandaron mi horario: este cuatrimestre no voy a impartir Historia de la Lengua Inglesa. No me puse triste, porque ya lo había hecho cuatro días antes (las heridas recién hechas duelen más), cuando en mi nuevo horario noté la ausencia de la materia. Pero noté que el raspón estaba todavía sin cicatrizar cuando fui a mi desordenado locker en el salón de maestros a buscar algo de material y todo lo que caía en mis manos eran papeles de Historia. No creo (eso espero, al menos) que me hayan quitado definitivamente la asignatura; mis lloriqueos del fin de semana anterior se debieron a lo mucho que me iba a hacer falta en estos tiempos difíciles (y no me refiero al dinero).

Como mi espacio está muy lleno ya, tomé mi precioso librito encuadernado en azul, The Story of Our Language de Henry Alexander, un apoyo invaluable de mi ex-materia, y lo arrojé a mi mochila. Bien, le dije, porque ya saben que como a Sophie Hatter (la de El Increíble Castillo Vagabundo) no puedo dejar de hablar con los objetos inanimados; bien, nos vamos a casa, pequeñín; ¿hace cuánto que no estabas por allá? Vamos a tomarnos unas vacaciones. Después vengo por tu hermano mayor, The Origins and Development of the English Language. Tal vez hasta le ponga una cubierta así de bonita como la tuya porque el pobre parece baraja. þancie þe.

Y ya con mi tesoro a buen recaudo y de camino bajo un suave calorcillo de invierno, recordé uno de los dos propósitos de año nuevo que me hice, que fue aceptar las cosas como vengan sin perder la fe, pero sin dejar de luchar contra corriente (por supuesto que tengo en ello algo de práctica).
Gewurde ðín willa on eorþan swa swa on heofonum; como en inglés antiguo se dice "hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo", pero como ya lo escribí antes, eso se le dice a Dios, no a los humanos.

Antes de que se me olvide, una última cosa por la que le tengo cariño al inglés: porque es una sobreviviente. Como muchísimas personas a las que quiero y respeto. Como, siguendo su ejemplo, espero ser.

7 comentarios:

Kitsune dijo...

Oh, qué mal... pero ya sabes que todo pasa por algo, ojalá algo mejor esté esperando para ti.

Al menos es lo que me repito todo el tiempo: ya ves que esperaba estar trabajando por estas fechas y nada más no se hizo... me repito que todo pasa por algo y seguramente hay algo mejor para mí aunque no deja de darme coraje que mis excompañeros (sí, los que ni siquiera hacían el esfuerzo por comprender al texto literario y que siguen sin titularse, al igual que yo) tienen buenos trabajos...

Ánimo, pues
:P

izcoatl dijo...

¡Rayos! Creo que te comprendo un poco, salvando la distancias claro está.

Yo sólo dí clase durante 3 semestres en la Universidad. Sin embargo esos 3 semestres valieron mucho la pena y el esfuerzo - de levantarse temprano sobretodo -. Dar clase es una experiencia única que no se equipara con nada, en especial si logras conectar con los alumnos y hacerlos participes de tu entusiasmo por lo que enseñas.

Los chicos de cuarto semestre eran un tanto más maleables, y por ello podía jugar un poco más con su cabecitas dispuestas a ser colmadas de cálculos. Entre aquellos chicos aún guardo una relación estrecha y cordial.

También dí una clase de séptimo semestre, pero para entonces los alumnos ya están maleados, y por lo mismo un poco más difíciles de tratar.

Ánimo Aisling que seguramente tu clase regresará en menos de lo que esperas.

Por cierto, llegó cierta dinámica a mi blog, y a falta de más conocidos me gustaría y honraría que pudieses participar de ella - sólo si lo deseas, claro está -. Mas información en:

http://izcoatl.wordpress.com/2009/01/09/%C2%BFmeme/

Saludos!

Yipie dijo...

La referencia al "El increíble castillo vagabundo" se me hizo muy graciosa... me gustó esa pelicula mucho. El castillo andando por ahí era genial.

Por otro lado... ¿qué habrá pasado para que te quitaran la asignatura? Debe haber un criterio o motivo para el cambio por muy absurdo que éste pueda ser. ¿Por qué reducirles el número de clases? Todo pareciera que contrataron a más gente (se me ocurre) pues de que otra manera llenarían las horas de clase que reducen. Quizá solo cambiaron el programa pero yo no sé de esas cosas, que yo sepa no es un cambio que se deba o que se haga a la ligera en una escuela. Qué bueno que te gusta dar clases pero sigue buscando esa verdadera vocación. Puede ser que te des cuenta de que las clases si te llenan más de lo que pensabas al comparar otras ocupaciones.

¡Saludos y sigue escribiendo!

Lord Kevin Lomax dijo...

Animo, procura pensar que este año que inicia puede ser uno de grandes cambios y transformaciones, para bien, claro está.

Bueno, siempre he pensado que los cambios ocurren por algo y no nada mas como eventos azarosos, asi que procura estar atenta a lo que viene, quizás sea algo mucho mejor.

Aisling dijo...

Kit: ¡Nunca me faltan tus palabras de aliento! Las mías me temo que no bastan para agradecer. Qué verdaderamente odioso que te encuentres en esa situación: a veces me pregunto si uno comete errores cuando aprende a trabajar duro y no a mover influencias. Pero ánimo. La gente que te rodea no puede estar ciega, al menos, no tanto rato. Cuídate y abrazos.

Iz: Me acuerdo de tus posts al respecto de tu breve tiempo como maestro... es un empleo extrañísimo, estarás de acuerdo conmigo, pero de alguna manera lo atrae a uno. Gracias también. Cuando el tiempo lo permita (me refiero a la época) les contaré algo curioso que ocurrió con la retirada de mi clase.

Yip: Sips, la película de El castillo fue genial, pero la novela está mejor todavía y ahí es donde se nota el "animismo" de Sophie. Con respecto a lo sucedido... creo comprender un poco, y me gustaría pensar que lo que se hace no es al la ligera, pero sinceramente por ahí no va. Nuevamente, mejores épocas nos permitirán soltar toda la sopa. Creo que ya sé cuál es mi verdadera vocación; lo que no estoy muy segura es que si puedo mantenerme con ella. Pero algún día, algún día...

Lomax: Gracias y así lo espero también. Tal vez algo esté por pasar. Tal vez. Larga vida y prosperidad.

Suldyn dijo...

Posiblemente esta pausa sirva para ver la asignatura desde otro punto de vista. A veces vemos mejor desde lejos. Estoy seguro que cuando regreses a esas clases, las retomarás con más ánimo (que ya es mucho y de calidad) y con una nueva perspectiva.

¡Me encantaría escucharte hablando inglés antiguo!

Aisling dijo...

Sul: Je, je, je... realmente no hablo inglés antiguo, pero me gusta leerlo. Suena bonito. Muy bonito. Cuando nos veamos te recito algo. :>

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