viernes, noviembre 14, 2008

Una desquiciada aventura culinaria

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El fin de semana antepasado, mi amigo S. vino de la Ciudad de México a visitarme. Me dio muchísimo gusto verlo, aunque estaba un pelito nerviosa con respecto a qué lugares podría llevarlo de paseo (Guadalajara no es el sitio más interesante del mundo, la verdad sea dicha, y probablemente le resultaría tediosa a un capitalino).

Si han estado leyendo mi blog desde hace tiempo, ya sabrán que a la Ciudad de México le tengo sentimientos muy, muy encontrados. La amo y la odio. Es una belleza envuelta en caos, un monstruo de rostro maravilloso.

Entre la gente de provincia, los capitalinos (comúnmente llamados “chilangos”, un término ya con años de antigüedad, un tanto más despectivo que “gringo” para los estadounidenses) tienen fama, y no siempre injustificada, les diré, de prepotentes, soberbios, abusivos, descorteses y hasta un poquito cuadrados; escribí alguna vez que lo mejor y lo peor de la humanidad estaba concentrado en la Ciudad de México y lo sigo pensando; aunque, por desgracia, no ocurre lo mismo con desconocidos que pasan por la calle o que me he encontrado en mi ciudad o en viajes a otros estados, la gente con la que he convivido por allá es increíblemente generosa, considerada, y amable; serían capaces de quitarse el único suéter que tuvieran si lo vieran a uno con frío. Mi amigo S. pertenece por supuesto a este último grupo; pero a veces, creo que no puede evitarlo, se le escapa cierto chilanguismo que de inmediato notaría un provinciano.

Guadalajara no es precisamente un paraíso para los turistas, por cierto; la gente de aquí es mucho más cerrada y flota una tremenda abulia en el aire. La misma ciudad es como un rancho grandote: tenemos mejor aire, eso sí, y edificios muy bonitos, pero nos faltan teatros y museos, y sobre todo transporte decente. ¿Cómo paliar todo ello? Bueno, para asegurar buenas impresiones y ratos agradables para mi amigo decidí apuntar hacia el órgano que mejor conozco de los seres humanos (sips, más que el corazón y menos que el cerebro): el estómago. Y todo el fin de semana nos embarcamos en una emocionante aventura culinaria para degustar ciertos platillos típicos (de la región, de la ciudad, de la costumbre y de la casa de ustedes). ¿Los resultados? Aquí los presento...

Día 1

* Comida: Curry.

De entrada decidí agasajar a mi invitado con mi especialidad, mi platillo favorito y el que mejor me queda: el curry japonés. Pollo con papas y zanahoria, primero asado y terminado de cocer en una salsa muy especiada, y servido sobre una cama de gohan. Mi amigo Anubis me ayudó a pelar la verdura; así pude prestarle toda mi atención al corte, con el que siempre me pongo quisquillosa. Mi wok hizo casi todo el trabajo.

Cuando serví el curry, estaba calientísimo, pero Anubis y yo teníamos tanta hambre que de inmediato pusimos cubiertos a la obra. Pasado el shock inicial de verme cocinando con palillos y preparando el gohan en arrocera (“Pero... ¿así es como haces el arroz...?”), y tras pedirme que le retirara “esas cosas anaranjadas” y le pusiera más pollo, S. se sentó a la mesa, y empezó a dar cuenta de su plato sin decir palabra; no precisamente lo que espero que suceda cuando alguien prueba mi curry. No se comió el arroz bañado en salsa, y su comentario final fue “Es que estaba tan caliente que no le encontré sabor”.

Era obvio que me encontraba ante un hueso duro de roer. Tuve la prudencia de suspender la mayormente vegetariana lasaña que pensaba hacer el día siguiente, y no puedo decir que me arrepienta.


Día 2


* Desayuno: Taquitos en puesto de San Juan de Dios

El mercado de San Juan, uno de los más polifacéticos de la ciudad, tiene un poco de todo, y eso incluye deliciosos platillos. No podía dejar que S. se pasara por ahí sin probarlos, y la elección para desayuno de fin de semana fueron los taquitos de un puesto que se encuentra bajando las escaleras al lado de las yerberías.

Para un puesto de comida corriente, éste tiene toda la pinta de gourmet. Los tacos (tortillas de maíz con relleno de carne y otros alimentos) se preparan con toda la higiene del mundo (las personas que los hacen jamás tocan el dinero del cliente; hay un recipiente destinado a recibirlo y una única persona encargada de dar cambio) y con tortillas de maíz muy, muy blanco cocidas sobre una plancha a la vista de los comensales. En los aparadores que guardan la carne ya cocida y la mantienen caliente para la hora de cortarla no hay una sola gota de grasa.

Esta vez, S. estuvo más feliz y se comió de buen grado sus tacos. Si acaso la única obsrvación curiosa que hizo fue sobre las tortillas recién hechas: “¿Pero que aquí no tienen tortillerías...?”


* Colación 1: Frutitas de azúcar

Ni siquiera cuando estoy a dieta puedo resistirme a estos exquisitos dulces, que, hasta donde he visto, no se encuentran en ningún otro lugar de la tierra: terrones de azúcar glass mezclada con jugo de diferentes frutas y moldeada en forma de manzanas, limones, sandías, peras... Las elabora una sola familia de Guadalajara (de muy niña llegué a conocer a su inventor, que las vendía a la salida de las escuelas) y, como buen producto artesanal, se hacen y decoran a mano con pinceles y anilina. No son pegajosas al tacto y hay que mantenerlas en refrigeración si se quiere conservar su consistencia suave; son tan bonitas que si se las dejara endurecer y se las barnizara podrían servir para decorar una cocina. Eso sí, resultan muy empalagosas y por ello lo mejor es comérselas a mordisquitos, muy poco a poco, y no pasar de tres al día o algo así.

Tanto primor, sin embargo, dejó indiferente a S., y cuando le insté a probar una, sólo dijo: “Pues, ¿qué tienen de especial...?”.

Otro fracaso.


* Colación 2: Jericalla (en el puesto de doña E.).

En mi desayuno sanjuanero nunca falta un rico licuado (mezcla batida de leche, frutas y vainilla o chocolate) y lo tomo en un puesto que atiende una señora mayor de rostro amable, junto a una escalinata que sale al exterior del mercado. Esta vez, además, mi propósito era mostrarle a S. uno de los postres más típicos de la ciudad: la jericalla.

La jericalla es algo parecido a un flan napolitano, pero de gusto mucho más sutil; se hace con leche, vainilla y huevo, y es más sólida que la natilla pero igual de suave; se sirve en vasitos y se termina de cocer en horno para que la cubierta quede bien dorada. En el pasado cada casa tenía su receta particular, y me apena mucho no haber aprendido la de mi abuelita, en paz descanse.

Escogí la jericalla más hermosa y tostada y se la llevé a S.; él la miró con extrema desconfianza. Probó una cucharada y eso fue todo; tuve que acabarme el resto.

Comentario: “Es que no sabe a nada”.

* Entremés 1: Helados Bing

Al punto de la extinción, estas heladerías siguen defendiéndose como pueden en Guadalajara. No logré convencer a S. de que, si quería tomar un helado, era mucho mejor buscar uno de los que se preparan en diversos puntos de venta y no de ésos que vienen cerrados y empaquetados en tiendas (El Polo Norte, por ejemplo, que es una nevería que data de los años de la segunda guerra mundial), pero hallamos unos Helados Bing y él me dijo que en México esa marca ya no existía. Al menos conseguí arrancarle una sonrisa con ello. “Como en los viejos tiempos”, dijo.


Entremés 2: Té chai frappé, en La Flor de Córdoba

Mi bebida favorita es ésta, traída de la India y vuelta ahora tan popular: especias como clavo, pimienta, canela y sobre todo cardamomo en base de hojas de té fresco y disueltas en leche; y que, en las sucursales de las cafeterías La Flor de Córdoba, se pueden preparar en frappé. Por supuesto que S. no se iba a atrever a probar algo tan radical, así que lo que pidió para sentarnos a platicar fue un moka frapuccino, que por error nos dieron grande; muy grande para su apetito y muy pesado para la comida que seguiría.

Igual, le insistí en que probara mi chai... y vaya, que el comentario de esta vez, “¿me podrías dar otro sorbito?” repetido una media docena de veces me daba esta vez un triunfo.


* Comida: Carne en su jugo (de Karnes Garibaldi)

Por recomendación de una amiga común, S. decidió probar la carne en su jugo, otro manjar típico jalisquillo. Se trata de bistec de res en trocitos, sofrito en grasa de tocino. Una parte de esa carne se reserva para licuar con un poco de agua y tomatillos verdes cocidos, y la mezcla se devuelve para terminar de cocer el resto (eso es lo que forma el “jugo” de la carne). Para servir, se añade al plato un poco del tocino del que se sacó la grasa y se espolvorea con cilantro picado y cebolla; todo se come con cuchara y tortillas si uno quiere.

Los restaurantes Karnes Garibaldi sirven, además, una guarnición de frijoles refritos con granos de maíz tierno (receta propia) y cebollita de cambray asada. S. se decepcionó cuando le dije que no había papas fritas en el menú, pero le picó la curiosidad cuando le conté que esos establecimientos tienen el record Guinness del servicio más rápido del mundo.

Le pedí que sacara su celular y lo pusiera a modo de cronómetro para comprobarlo. Entre lo que se acercó el mesero para atendernos y el tiempo que tardó en servir la totalidad de nuestro pedido, transcurrieron cuarenta y cinco segundos (el récord mundial es de 13.5 segundos para un menú completo).

Así de rápido nos pusimos a comer, pero el moka frapuccino de S. le echó a perder buena parte de su apetito. Cieeeelos... Tuvimos que pedir una buena parte de su plato para llevar. Por la noche alcanzó a terminárselo pero dejó atrás lo que quedaba de frijoles y la mayor parte del jugo de la carne.


* Cena: Hamburguesas Garfield

Para la noche, mi organismo estaba a reventar de carne, pero acompañé al Capitán Quasar, que no había comido, a mostrarle a S. nuestro puesto de hamburguesas preferido: las Garfield, cerca de la Avenida Plan de San Luis, a unas cuadras de Américas. Las hamburguesas ahí se cocinan al carbón pero se colocan en plancha para derretirles encima queso blanco o americano. Las más caras y destacadas son las de camarón, hechas con estos mariscos frescos y enteros fritos en mantequilla y amalgamados con queso.

El Capitán simpre pide una hamburguesa de res con queso, pero yo prefiero la otra especialidad del sitio: papa asada al carbón, también, con mantequilla, champiñones, crema y mucha, muchísima pimienta; mala suerte para S., aquí tampoco hay papas fritas.

Aquella noche mi estómago no daba abasto ni para un yogurt de la tienda más cercana, y S. también se contentó con ver y oler. Ya para irnos, pidió una hamburguesa con tocino y sin queso para llevar. El manjar desapareció, paulatina y no tan misteriosamente, en el trayecto a la casa de ustedes; aún así, el comentario de S. fue: “Pues... he probado mejores”.


Día 3

* Desayuno: Paquetes del café Chai

El Chai, un restaurante cerca de la casi céntrica Avenida Chapultepec (aunque ahora tiene como tres sucursales), bautizado con el nombre de mi té preferido, sirve desayunos completos a precios muy económicos; al Capitán y a mí nos gusta ir allá cuando el domingo se pinta relajado, porque el servicio no es muy rápido que digamos.

Como S. tendría que partir ese día, pensamos darle esto como despedida, y de paso llevarlo a conocer lo que fue los suburbios de la antigua Guadalajara, con sus casas viejas rodeadas de árboles aún más viejos; el Chai se encuentra en una de esas construcciones.

El Capitán y S. pidieron hot cakes con tocino, que les sirvieron rociados con nuez y pasas y acompañados de una generosa porción de fruta (papaya, melón, naranja y una cereza fresca para decorar); yo pedí lo de costumbre: huevos estrellados que a mi gusto acompaño con queso de cabra y muchos, muchos champiñones, mas frijoles refritos con queso espolvoreado y jitomate; el costo de cada uno de estos platillos es apenas un poco más que tres dólares estadounidenses. Por el antojo de dulce no me preocupo porque el Capitán siempre me da la papaya, la naranja y la cereza de su plato, y un desayuno tan cargado garantiza que la comida y la cena del día sean mucho más leves.

S. devoró primero su tocino (ya desde antes me había hecho notar que el tocino de Guadalajara le parecía excepcional) y luego retiró todas las pasas y la nuez de los hot cakes; los bañó con miel de abeja y se comió dos de los tres que vienen en el plato, todo bañado por una taza de chai frío (¡victoria!). De haber sabido que, además de la de la fruta del capitán, tendría que dar cuenta de la suya, no hubiera pedido más que mi bebida. Ay, mi pancita...

El comentario de S. fue esta vez mucho más favorable: dijo que en la Ciudad de México rara vez se encuentra uno sitios tan agradables que sean así de baratos.


Y bueno, llevamos a S. a esperar su atuobús. La noche anterior él me había pedido que le preparar algo de comer para el viaje... y supongo que todavía tengo mucho que aprender. Pensé y sugerí primero los sandwiches que le hago al Capitán cuando sale, y ante la falta de entusiasmo, cambié... pero, ¿no creía hasta entonces imposible que alguien me rechazara unas ricas onigiri rellenas de kanikama (ensalada de cangrejo) o queso crema? Pues nada; a S. no le gusta ninguna clase de mariscos y nunca llegamos a ponernos de acuerdo con respecto al queso crema; por fin, ¿era queso o era crema?

Cielos. Entonces, ¿qué te hago?, le pregunté. Algo como unas tortas, sugirió él. ¿Tortas? Ajá, las tortas, inventadas en el Distrito Federal en 1892 (tengo el dato), son la versión mexicana del sandwich, hechas con un pan grueso que aquí conocemos como bolillo (es como una baguette pequeña).

Fuera de las famosísimas pero inconvenientes tortas ahogadas (este mismo platillo relleno de carne y sumergido en un plato de espesa salsa picante y caliente, y dejado ablandar hasta que sea posible comérselo a cucharadas), una torta en Guadalajara se prepara con un pan plano llamado telera. Lo que S. me pedía se conoce aquí como lonche.

De todas formas, ¿cómo conseguir bolillo a esas horas? Aquí en la casa de ustedes nunca falta el arroz... pero en cuanto a lo demás, siempre hay que salir. Finalmente acordamos pasar por una tienda para adquirir provisiones. S. me sugirió que la próxima vez que lo visitara en la Ciudad de México le pidiera a su mamá que me enseñara a preparar el arroz. Sigh.

La aventura culinaria, sin embargo, no terminó ahí. Hubo problemas con el autobús de S. y el Capitán y yo fuimos a recogerlo en el punto de reunión acordado con sus compañeros de viaje (que, tres horas después, no se habían aparecido). Había que conseguir otra salida. Eso no fue tan difícil, pero ya era media tarde y el estómago apretaba.

El Capitán estaba tenso como una cuerda de violín antes de una jiga irlandesa; tenía mucha tarea de su maestría. Para aliviar las cosas le propuse que fuéramos a comer lo que a él le agrada más y que, estaba segura, también sería del gusto de mi descontentadizo invitado.

* Comida tardía: Pizzas en El Pequeño Gran Chalet

El Pequeño Gran Chalet, una modesta pizzería metida en una plaza que la gente solía llamar Gigante Américas (por la ya desaparecida cadena de tiendas que se encontraba al lado) tiene una oferta permanente de sus productos al 2 por 1; eso hace que sus platillos parezcan muy caros cuando en realidad son mucho, muy económicos. Sus pizzas son de masa delgada que queda doradita, con ingredientes y queso muy frescos. De sus diversas especialidades prefiero la llamada Clásica, de salami con toneladas y toneladas de champiñones al horno; esta vez pedimos una de esas con mitad de especialidad mexicana (jamón con jitomate, cebolla y chile) y la de oferta fue una hawaiana que, acordamos, le gustaba a todos.

S. se comió varias rebanadas de la hawaiana después de quitarle toda la piña, y su comentario volvió a ser descorazonador: “¿Te acuerdas de las pizzas que están por mi casa? Ésas me gustan más”.


¿Qué hacer, qué hacer? Nada, sino reconocerme vencida en el juego de cocina y gusto que remató esta orgiástica aventura. Aprendí mi lección, ¡y de qué manera! No es nada saludable meterse todos los antojos de fin de semana... en un mismo fin de semana. Siete días después, mi cuerpo todavía se sentía flojo, pesado y falto de energía, y mi estómago pedía a gritos brócoli, tofu a la plancha y medio kilo de jícama con vinagre.


miércoles, noviembre 12, 2008

Suikoden fuera de la consola: Adaptaciones (I)

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Esta entrega y la anterior de la SuikoSaga han salido con retraso. ¡Mil disculpas! Las obligaciones cerca del fin de año han estado muy pesadas y todavía sigo bajo los efectos de la pérdida de mi cuadernito milusos. Espero tener el resto de los especiales tan puntualmente como antes.

Esta semana, de hecho, íbamos a hablar de la música de los Suikoden, pero por angas y mangas todavía no consigo poner aquí en el blog un reproductor de Mp3 tal y como lo quiero. En su lugar, dedicaremos un par de semanas a comentar las adaptaciones por las que ha pasado la serie fuera de las consolas (mencionamos ya una; hay más). Espero que les guste, y gracias por su paciencia.

En Japón es costumbre que, cuando un objeto de entretenimiento aclanza cierto éxito, se le saque de su medio original a explorar nuevos terrenos; lo más común es encontrarse series de manga (historieta) transladadas a la animación, pero también se ha dado el caso de novelas que se convierten en animación (Los viajes de Kino, Slayers, Vampire Hunter D), de videojuegos que van hacia el manga (Valkyrie Profile, Final Fantasy XII), de novelas que dan el mismo paso, y de ahí a los videojuegos (Brave Story), de manga que se hace animación y después obra de teatro (Hunter X Hunter), o que termina en novela (Fullmetal Alchemist) y de ahí un montón de etcéteras. ¿Pero qué no se cansan los japoneses de oír siempre la misma historia? La respuesta parece ser un rotundo "no".

Si mi propia afición tiene algo que decir, pensaría que el gusto de repetir la historia en diferentes expresiones artísticas viene de poder explorar nuevos ángulos de una narración que uno ya conoce y ama; diferentes medios (el cine, la literatura, los videojuegos) llevan en sí mismos ventajas y desventajas, puntos fuertes y débiles, y tiene su interés (y su dificultad) intentar aprovecharlos.

En el caso de
Suikoden, no podríamos quedarnos atrás; esta serie se ha sacado de la consola bastantes veces, tanto en trabajos oficiales, es decir, patrocinados por la casa creadora, Konami, como en publicaciones que los fans hacen por puro gusto. Ya comentamos sobre el manga basado en Suikoden III, y en su tiempo hablaremos de la labor de aficionados; platicaremos ahora de los libros.

A partir del primer juego, se hizo casi deber que las historias de Suikoden se adaptaran a algún tipo de literatura. En el caso del tercero, fue el manga de Aki Shimizu; el primero, el segundo, el cuarto y el quinto salieron como novelas, todas de la editorial Dengeki Bunko.

Las novelas de
Suikoden son, como ocurre con frecuencia en este tipo de adaptaciones, consideradas “light”; se centran principalmente en la acción y no se detienen en florituras o ejercicios literarios, sino que resumen hasta donde se puede los hechos que se narran en los videojuegos, añadiendo, eso sí, detalles para cubrir lagunas, escenas extra que profundicen en alguna personaje o detalle; en fin, todo lo necesario para que un lector ya familiarizado sienta que redescubre una trama favorita. Son las novelas también las que le han proporcionado a los héroes de la serie su nombre “oficial” y un poquito más de personalidad propia (en el juego están a merced de nuestros controles).

Hasta la fecha, se han publicado trece novelas (en un momento daremos la seriación), más cuatro volúmenes de cuentos que no siguen la línea del juego sino que expanden la historia principal y responden a varias docenas de interrogantes (¿cómo fue que Gremio, de
Suikoden I y II, consiguió su peculiar cicatriz en la mejilla? ¿En qué momento el príncipe Luca Blight, el villano de Suikoden II, se convirtió en un desalmado sediento de sangre, y por qué parece odiar tanto a su hermana y a su padre? ¿Qué problemas personales hicieron que Shu, el inteligente estratega de Suikoden II, se peleara con su maestro Mathiu Silverberg, de Suikoden I?).

Las novelas de los
Suikoden I, II y V, y los libros de cuentos son del autor Shinijiro Hori, mientras que la del IV es de Mie Takase (¡entre mis fuentes, sin embargo, hay diferencias! Estoy haciéndole caso a uno de mis vendedores favoritos de libros de usado en ebay. Ah, si supiera leer japonés...). Cada novela tiene entre doscientas y cerca de cuatrocientas páginas, viene profusamente ilustrada, con dibujos muy bonitos, por cierto; y con portadas originales de artistas que participaron en el diseño de los juegos (Junko Kawano, Fumi Ishikawa y Kaoru Huzita).

Aquí está una lista de los libros:

  • Genso Suikoden: Soul Eater, novelización del primer juego. Tres volúmenes, publicados entre diciembre de 1999 y marzo de 2000.
  • Genso Suikoden II, cuatro volúmenes, publicados entre diciembre de 2000 y septiembre de 2001.
  • Genso Suikoden IV, tres volúmenes, publicados entre septiembre y diciembre de 2005.
  • Genso Suikoden V, tres volúmenes, publicados entre septiembre y diciembre de 2006.
  • Genso Suikoden Short Stories, cuatro antologías de cuentos que fueron saliendo entre el 2000 y 2002.

Por si se lo están preguntando: no, por el momento no hay ni sombra de planes para traducir ninguno de estos libros al inglés o a cualquier otra lengua. Ya desde hace años muchos participantes en foros de discusión (como el desaparecido
RPG Stars de Konami, el de la editorial TokyoPop y por supuesto los de aficionados DueFiumi y Suikosource) hemos hecho patéticos intentos de convencer a alguna casa editorial de que se anime con la tarea; en TokyoPop, por supuesto, estaban casi todas esperanzas puesto que ellos trajeron al mercado occidental el manga de Suikoden III, pero también en Dark Horse y Viz que se han animado a traducir y vender algunas de esas novelitas “light” japonesas que mencionábamos. Lo malo de la situación es que (como respondió a nuestras sugerencias una encargada de TokyoPop), es más que obvio que el mercado norteamericano no tiene hambre de esa clase de material; sin embargo, los fans de Suikoden a nivel mundial (las peticiones para publicar material en inglés recibieron firmas de personas de Francia, Argentina, España, México, Tailandia, Rusia, Suecia, Holanda, por supuesto los Estados Unidos y otros sitios todavía más recónditos del globo) bien se acabarían una sola edición grande. Los excesos de prudencia es de lo que sufrimos aquí.

Y, por supuesto, la retrógrada idea de que la gente que gusta de los videojuegos no lee. O viceversa.

Entre que se decide algo, en un par de sitios es posible hallar más información al respecto: la
Gensopedia de DueFiumi, donde están las portadas, un breve resumen de la mayoría de las novelas y mi discrepancia en cuanto a los autores; y el Translator’s Weblog de Suikosource, en el que vienen más resúmenes e incluso algunos de los cuentos traducidos completos y con comentarios.

Sección multimedia

  • Para abrir el apetito o como regalo de consolación, aquí hay un video que encontré en youtube hace ya algunos meses, y que incluye en su totalidad las ilustraciones que aparecen en las novelas de Suikoden II (mas algunas imágenes de los cuentos, y un poco de manga de aficionados o doujinshi). La música de fondo es el intro de la serie Record of Lodoss Wars: Chronicles of the Heroic Knight).

viernes, noviembre 07, 2008

¡Que vivan los traductores automáticos!

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La vida moderna ha metido en la cabeza (de personas estúpidas) la idea todavía más estúpida de que nadie es indispensable; me pregunto a quién fue el primero que se le ocurrió. En realidad, todos somos indispensables; estamos en el mundo con algún propósito y a la medida de nuestras posibilidades lo cumplimos (ajá, habla una creyente de la Providencia). Por desgracia, cuando nuestro propósito no conviene a los propósitos de teceros estúpidos, a éstos se les hace muy fácil echar mano de esta frasecita que, no por haberse vuelto común, ha perdido su esencial estupidez.

Desgraciadamente, lo que esto ha conseguido (o casi) es devaluar a los seres humanos, ponerlos por detrás de los bienes materiales y de la idea equivocada de lo que debería ser el éxito personal. Varios ejemplos me vienen a la mente, pero el que les quiero mostrar hoy tiene que ver con el que, de todas, considero la forma más estúpida de ahorrarse dinero a costa de la humanidad: el recurrir a traductores automáticos.

Mi pobre oficio, de por sí considerado facilón y poco importante, ya sufre con la plaga de personas incompetentes y malos salarios... ¿y hay quien cree que se puede reemplazar a un traductor humano por un programa de computadora? Incluso si en el caso de traducciones altamente técnicas éste puede utilizarse como herramienta (y nada más) o si alguna vez se usa para ver de qué carambas trata una página de internet de Europa del Este, no es posible expulsar a la mano que mueve el cerebro.

Sin embargo, el día de hoy apareció en mi buzón de correo electrónico una notita que me hizo apreciar, y hasta agradecer que existan los traductores automáticos, y las personas lo suficientemente estúpidas como para tomárselos en serio. Me llegó una carta de ésas que seguramente ya conocerán... en las que el remitente acaba de heredar una gran fortuna y busca cómo sacarla de su país, por lo general algún rincón perdido de Asia o África (¿por qué no habrá nuevos millonarios en Europa, me pregunto, o en Estados Unidos, donde la cosa se vería más común?). Casi siempre esas misivas me llegan en inglés o, cuando la persona se deja guiar por mi dichoso apellido, en francés; por lo general me limito a borrarlas y ya. Pero esta vez, la persona que intenta contactarme al menos se dio por enterada de que en mi país se habla español y se tomó la molestia de pasar su cartita por un traductor automático.

Aquí la tienen en su totalidad; diviértanse.

El más estimado,

es mi placer entrarte en contacto con para una empresa de negocio que me preponga establecer en tu país, aunque no he satisfecho con ti antes de que solamente crea uno tiene que arriesgar, confiando en alguien para tener éxito a veces en vida.

Hay esta cantidad enorme de dinero ocho millón de, quinientos mil dólares unidos del estado .USD ($8.500, 000.00) que heredé de mi último padre, en una compañía de seguridad aquí en el ivoire de Cote'd antes de que él fuera assasinated por las personas desconocidas. Ahora decidía invertir este dinero en tu país o dondequiera bastante seguro el exterior África para los propósitos de la seguridad.

Quisiera que me ayudaras a transferir este fondo en tu país para los propósitos de inversión. Si puedes estar de una ayuda a mí estaré satisfecho ofrecerte que los 20% del total financian.

Gracias y el dios te bendice.
Srta.********************



Gracias al cielo por los traductores automáticos; si esta carta estuviera bien traducida y llegara a caer en manos de alguien un poquito descuidado, causaría estragos. Vivan los traductores automáticos, porque son otra sonda más para calcular la profundidad de aquello que Einstein consideró más grande que el universo entero.

miércoles, noviembre 05, 2008

Comentario: El Shui Hu Zhuan

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¡Ay, que he nacido para morir! ¿Cómo puedo saber lo que aquellos que están por venir pensarán de mi libro? No puedo saber lo que yo mismo, en otra encarnación, pensaré de él. No sé siquiera si podré leerlo después. Entonces, ¿por qué debería importarme?

Shi Nai-An, autor del Shui Hu Zhuan

Ya había jugado los dos primeros Suikoden cuando me enteré (y qué pena, hasta entonces) que los juegos estaban basados en una novela china clásica. No se me hubiera ocurrido, aunque siempre me llamó la atención que la música y la ropa de los personajes en el juego fueran tuvieran todo el estilo chino. No era la primera vez que se hacía una adaptación semejante; en el SuperNES me tocó jugar las de Romance de los Tres Reinos y más adelante, en Playstation, Viaje al Oeste; ambas, junto con el Shui Hu Zhuan (he encontrado su nombre traducido como A la orilla del agua en páginas sobre literatura china) constituyen las obras más representativas de esa nación.

Una vez terminado el Suikoden III, me lancé a buscar una traducción de la novela al español; hasta la fecha no hay una, según yo, así que no me quedó más que probar con el inglés. Tuve la suerte de encontrar, de segunda mano, la versión de la escritora norteamericana Pearl S. Buck., que ella llamó, inspirada en una frase de Confucio, Todos los hombres son hermanos. Ya hace un muy, muy buen rato que la estoy leyendo, y lamento decir que no puedo hacerles una reseña todavía. ¡No la he terminado! Está de difícil, el condenado libro... La traductora dice que intentó hacerlo lo más literal posible, para darle al lector la sensación de tener en las manos un original, y es así que mucha de la gramática suena un tanto rarita y haya que repasar un par de veces las oraciones si uno quiere estar bien seguro de lo que significan. No ayuda para nada, tampoco, el tener en las manos a ciento ocho personajes principales. Con todo, el libro es emocionante, tremendamente divertido, y cuesta trabajo soltarlo una vez que se ha tomado cierta velocidad.

La historia, supuestamente con base en hechos reales, comienza cuando Hung, un comandante del emperador, llega a un templo taoísta donde una losa de piedra, se dice, cierra el pozo donde se encuentran encerrados más de un centenar de demonios. Pese a las advertencias de los monjes, el comandante Hung levanta la losa y en ese momento escapan ciento ocho nubes doradas. Uno de los monjes explica que esas nubes son estrellas, treinta y seis del cielo y setenta y dos de la tierra, que sus nombres están escritos en la losa y que, se ha profetizado, los reyes demonios que las gobiernan causarán gran penuria entre los hombres.

Pasa el tiempo y nada ocurre; termina la vida del comandante Hung y también la de su emperador y tres que le suceden. Es cuando las 108 estrellas del destino van hallando encontrar su reencarnación humana cuando comiezan los problemas. Y aquí, conste, apenas vamos en el prólogo de la historia.

De ahí en adelante, se nos cuenta primero la historia del general Kao, un falso sirviente del Emperador, que ha ido ascendiendo al poder mediante actos de violencia y corrupción. Este comandante Kao se irá ganando paulatinamente la enemistad de su pueblo, pero nadie osa oponérsele... salvo ciento ocho personas comunes y corrientes (hombres y mujeres) que, en una fortaleza construída a la orilla de un lago, preparan un gran ejército para hacerle frente y librar al Emperador de su maligna influencia.

La vida de cada uno de estos 108 héroes, llena de acción, aventuras, artes marciales y hasta un poco de comedia, se va devanando e hilando de nuevo en un único eje, según van conociéndose, trabando amistad y relacionando en una serie de episodios encadenados. Resulta muy, muy difícil seguir todas las líneas de la trama, y Buck sugiere que , en lugar de hacerlo, uno debería simplemente dejarse llevar por las historias, atesorar las que queden grabadas en la memoria y dejar pasar las que no nos impresionen, como si esta novela fuera, la cito, “un gran desfile de la humanidad”.

Este consejo ya no me funciona, pues lo que más me deleita de este libro es analizar (y llevarme gratas sorpresas) cómo los personajes de mi serie de videojuegos favorita han sido construídos sólidamente con base en el carácter y la personalidad de sus equivalentes de la novela; eso, espero, justificará mi lentitud de lectura; otra razón por la que me estoy tardando tanto con el libro es porque generalmente lo tomo cuando estoy de vacaciones, por todo el tiempo que hay que dedicarle, y lo leo con una guía de siete páginas que incluye el nombre y el significado de cada estrella, el personaje que la encarna, nombre, apellido y apodos; lado a lado con el correspodiente en todos los juegos de la serie.

A veces me cuesta más trabajo aprenderme los 108 nombres chinos que los 540 de los juegos que ya he pasado, y uno de mis trucos de lectura consiste en rebautizar a los personajes, apodo y lo demás, con el nombre de su equivalente de los videojuegos; así resulta que el monje tatuado Lu Chi Shen, grande, algo brusco pero de generoso y enorme corazón, es Viktor (Suikoden I y II); su gran amigo y compañero de armas, un soldado caído en desgracia, el capitán Yang Chi, alias la Bestia de Rostro Azul, es Flik (ídem). El maestro Wu Yung de la Gran Inteligencia es el estratega Mathiu Silverberg (Suikoden I) y el monje taoísta Dragón que Entra en las Nubes Kung Sun Sheng, que controla el viento, no podría ser más que Luc (Suikoden I, II y III).

La estrella líder del cielo, el contador y escriba Sung Chiang, apodado la Lluvia Oportuna porque siempre se presenta donde hay necesidad para aliviar los sufrimientos ajenos, es... bueno, Sung Chiang; me da trabajo identificalo con alguno de los jóvenes héroes de los juegos, pero si tuviera que elegir a uno, sería Thomas de Suikoden III.

Las 108 estrellas del Shui Hu Zhuan no son precisamente blancas palomitas, pero su título de reyes de los demonios tampoco tiene que ver con nuestra concepción occidental de la palabra. Son, eso sí, rebeldes y proscritos, muy a la manera de Robin Hood, y acostumbraban hacerse su propia justicia, como podemos observar en un verso que un poeta posterior a la obra, Kao Wen Siu, le hace recitar a uno de ellos, Li K’uei, la estrella Tensatsu:

Si en mi camino veo a quien trate mal a un hombre
Es mi placer cavarle un hoyo tan profundo como pueda,
Pues cuando grito las mismas olas del mar empiezan a rugir
Y las colinas y montañas no se levantan ante mi puño.
Si cualquier hombre se atreviera a despertar mi ira
Entonces, aunque me tome por descuido,
Lucho con él, le doy la vuelta, ¡como pan en el asador!


A la gente le encantaba oír historias de bandidos que se oponían al estado; esto, claro, no resultó precisamente del agrado de las altas autoridades, y fue así que un decreto imperial declaró al Shui Hu Zhuan libro prohibido a finales del siglo XVIII, con la orden de que cualquier casa editora que lo publicara sería clausurada y quemadas las placas de impresión; el director de la biblioteca que lo conservara perdería su puesto, y si a algún oficial del ejército lo pescaban leyéndolo, sería multado con un año de su sueldo.

Tanto relajo por una novela...

Gracias a Dios, el Shui Hu Zhuan sobrevivió, como la sublime obra que es y para dar origen a una de las series de RPG más entrañables (bueno, también a por lo menos otro videojuego más y numerosas películas y series de televisión), gracias al sentido común de varias personas. Para cerrar esta entrada, les cuento lo que el crítico Chin Shen T’an le dijo a su hijito de diez años al obsequiarle el libro; estas sabias palabras, con todo y sus siglos de antigüedad, podrían aplicarse perfectamente a cualquier clase de entretenimiento, lectura, película o programa de tele que un papá o una mamá se sienta tentado a censurar:

“ Podría prohibirte que leyeras este libro, pero, de ser así, ¿cómo evitaría que lo hicieras de todos modos? No puedo prohibírtelo, y por consiguiente te lo doy junto con mis comentarios”.

El Viaje al Oeste fue traducido y publicado en español por la Editorial Siruela; me encantaría que hicieran con A la orilla del agua otro tanto; si son fans de Suikoden y tienen paciencia, es una lectura que recomiendo sin dudar aunque sea en una de las mútiples versiones en otras lenguas que se han puesto a la venta.

martes, noviembre 04, 2008

¿Qué es el hogar...?

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Éste es un dibujito que Ronald, un chico de doce años, le envió a su madre, que en ese entonces estaba enferma en el hospital. Por favor hagan click en la imagen para verla completa. A la derecha del cuadro se representó a sí mismo, y el señor de la izquierda es su tío; ambos se están cosiendo solos la ropa: el nombre de la ilustración está escrito en la parte de abajo: “Qué es el hogar sin una madre (o una esposa)”.

Caray, buena pregunta.

Ya me imagino a los detractores de J.R.R. Tolkien y a los amantes de lo políticamente correcto dándole rienda suelta a los malos pensamientos; el niño extrañaba a su mami porque no había quien le arreglara su ropa. Así que Tolkien era machista desde jovencito y pensaba que el lugar de una madre y una esposa era el hogar. Yo creo que tenía buenas razones para hacerlo, puesto que su madre, sola, tuvo que trabajar duro para sacarlos a él y a su hermano adelante, y eso agravó la diabetes que ya padecía. Unos meses después de recibir este dibujo, ella moriría.


Siempre he creído que el feminismo es una farsa, y que la liberación femenina lo único que hizo fue arrojar a las mujeres a una peor prisión. No fue la liberación femenina lo que sacó a las mujeres de sus casas y las puso a trabajar; eso ya lo hacían desde siglos atrás. Lo que sí hizo fue que se sientieran culpables por no hacerlo; jamás les quitó de encima las labores domésticas, por ejemplo. Según las nuevas percepciones, una mujer “realizada” tiene que deslomarse en el trabajo, y encima en la casa y en el gimnasio. Citarse a sí mismo es una sangronada, pero alguna vez escribí (y hablando de Tolkien también) que si alguien veía la “liberación” en todo ello, que me explicara por favor.


Tolkien dijo que las mujeres para ir a trabajar sólo cambiaban su subordinación a una figura de autoridad masculina (el padre o el esposo) por otra (el jefe); y en muchos países por desgracia esto es todavía cierto. Nos lo recuerdan las estadísticas, que muestran cómo las mujeres seguimos ganando menos (entre un 25 y un 50 por ciento) que los hombres por hacer el mismo trabajo; una forma más discreta de esclavitud y por la que se supone que deberíamos estar agradecidas. Alguien (y lástima que no recuerdo quién) dijo que algunos empresarios alabaron la liberación femenina porque eso les proporcionaría mano de obra barata. Y todavía hay señores que piensan que esto está bien y lo dicen sin ninguna vergüenza.

No creo que Ronald se haya planteado todas estas cuestiones cuando hizo este dibujito, pero para variar tenía sensibilidad y muy pocos prejuicios para darse cuenta de lo que ocurría; por cuestiones evolutivas (comprobables) es a las mujeres a las que les toca adaptarse a las circunstancias y realizar por igual labores que se consideran propias de uno y otro sexo. No todos los caballeros reaccionan de tan buena manera. Sospecho que la razón por la que todavía hay hombres que consideran que el lugar de la mujer es la cocina es mera supervivencia. Lo que haría falta, supongo, es una liberación masculina (deshacerse de ciertos complejos estúpidos).

Nota: La imagen está tomada de Tolkien, Life and Legend, catálogo de una exposición de documentos, fotografías y papeles de J.R.R. Tolkien que se llevó a cabo en Oxford para conmemorar el centenario del autor, en 1992.
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La casa de Aisling by Laura Michel is licensed under a Creative Commons Atribución-No Comercial-Sin Derivadas 2.5 México License.