miércoles, mayo 14, 2008

La misteriosa máquina del tiempo


Las esperanzas de salvación para mi pobre Ibook G4, "Shu II", la del problema que les comentaba en Perra vida maquera, se van apagando poco a poco. Es muy probable que la pierda, y todavía no me hago a la idea. Siento como si me hubieran cortado las manos y no ha sido el mejor momento para quedarme sin mi herramienta de trabajo; ahora sí que no sé qué haría sin mi fiel "Shu", la Ibook G3 azul, la que siempre consideré fea y que me avergonzaba mostrar en público. Como ya no tengo la mala sangre de juzgar a los libros por su cubierta, ahora pienso que "Shu" sería perfecta, si no fuera por su CD Rom descompuesto y sus alcances más o menos limitados (en comparación con las computadoras más modernas; hay que recordar que esta tenaz maquinita va para los siete años).

Pero bueno. "Shu II" fue a parar a manos de dos centros de servicio (uno autorizado) donde no se pudo hacer nada por ella, y ahora la está examinando un amigo de una de mis alumnas, que ha reparado antes laptops de su tipo. Será el último intento.

Del primer centro de servicio a donde la llevé, con todo y que me la retuvieron más de un mes sin resultados, no voy a quejarme; fueron amables y comprensivos, me ofrecieron soluciones alternativas si bien medio caras, y me hicieron los favores extra que solicité. Es por ello que no voy a poner ni siquiera el nombre del lugar, porque el que no les haya ido bien conmigo no implica, estoy segura, que todo el tiempo suceda lo mismo.

Pero el segundo, Sinapsis, centro autorizado por Apple, con dirección en Popocatépetl 45, Colonia Ciudad del Sol, Zapopan, Jalisco... la verdad creo que sí se merece un poco de balconeo público. ¿La razón? Por encima de todos los detallitos incómodos (que surgieron y se suavizaron con el tiempo), el problema es que el departamento de soporte y servicio, al parecer, cuenta con una misteriosa máquina del tiempo que usa de manera irresponsable y que puede llegar a confundir a los que vivimos fuera de cualquier realidad alternativa. ¿O tal vez tenga como objetivo despistar al supervisor, si es que hay uno?

Llevé mi compu, y eso lo pueden hacer constar ustedes, el pasado 2 de abril. No fui a recogerla sino hasta el 8 de mayo. En ese rato se cruzaron el puente, mis mini vacaciones y sobre todo una muy, muy prolongada pausa en la que el ingeniero que la recibió, por estar aferrado a su diagnóstico inicial sobre que la falla de la computadora era únicamente el disco duro (con todo y que se le había informado sobre el diagnóstico sobre la tarjeta madre en el otro tipo), tardó en darse cuenta del verdadero problema. Al final, pagué el diagnóstico, y no es su culpa, porque así es la política de la empresa. Pero no dejó de cobrarme por decirme algo que yo ya sabía.

Al final, tuve que firmar un recibo de conformidad donde aparecían varias fechas, algunas correctas... y otras sospechosamente falsas. Ya no me metí a discutir porque lo único que quería era largarme de ahí. Pero si quieren darse una idea de las discrepancias, aquí hay algunos ejemplos (la primera fecha es la que aparece en el recibo; la que está entre paréntesis es la real):


Llevé mi máquina: 2 de abril (2 de abril)

Diagnóstico de falla en
el disco duro: no lo anoté (inmediatamente)

Diagnóstico de falla de la
tarjeta madre: 15 de abril (6 de mayo)

Me retracto (?) de la
reparación: 26 de abril (7 de mayo)

Arman mi máquina para
entregármela: 7 de mayo (?, pero probablemente sea correcto).

Todavía no sé a dónde acudir en Guadalajara cuando tenga problemas específicos con una Mac, pero les aseguro que ahora sé perfectamente a dónde NO ir.

Espero no estar nada más con ganas de desquitarme del coraje que me da mi mala suerte... pero aquí está este mismo balconeo (intenté ser constructiva en este caso) a Sinapsis en la página de ratings de servicios asipensamos.com.

domingo, mayo 11, 2008

Reseña de película: Meteoro


Meteoro

Directores: Andy y Larry Wachowski

Intérpretes: Emile Hirsch, John Goodman, Susan Sarandon, Christina Ricci, Matthew Fox, Paulie Litt, Rain.

Lo bueno: Los actores y sus caracterizaciones.

Lo malo: Esos malditos paneos de cámara.

Lo que se pudo haber quedado afuera: El car-fu y todos los efectos Matrix.


Calificación: ***

Cuando supe que iban a hacer esta película, la verdad no me entusiasmé la gran cosa: lo último que vi de los Wachowski fue la tercera parte de Matrix y no tenía idea de con qué irían a salir si otra vez intentaban tapar con un dedo su gusto por Dragon Ball y su rápido agotamiento de ideas. Más tarde, cuando comencé a ver cortos en internet, y en especial este video que puso en su sitio mi amigo Quince, me picó la vergonzosa hormiga de la tentación, y esperé con ansias (disimuladas) la cinta.

Nunca fui fanática de hueso colorado (mi esposo sí) de la serie original, Mach GoGoGo, creación del mangaka Tatsuo Yoshida y convertida a finales de los 60 en una serie animada, que se transmitiría en los Estados Unidos como Speed Racer, y en México en los setenta bajo el nombre de Meteoro. Pero por supuesto que forma parte, junto con Kimba el León Blanco, La Princesa Caballero, Heidi y Tritón, Príncipe de la Atlántida, entre otras, de mis mejores recuerdos infantiles de la primera época de anime en nuestro país. Y ya con varias malas experiencias con las adaptaciones gringas de lo japonés (tengo en mente las humillantes “reinterpretaciones” de Godzilla, Super Mario Bros. y Street Fighter), lo que menos quería era otra buena serie echada a perder.

Bueno, pues resulta que fui a ver Meteoro la noche del estreno, y la verdad es que quedé gratamente sorprendida.

¿Qué es lo que está sucediendo en el mundo? Yo veo esta tendencia: todos lo que crecimos viendo cierta clase de televisión, leyendo cierta clase de libros y aficionándonos a cierta clase de pasatiempos estamos creciendo, y algunos con más posibilidades que otros de recrear viejas fantasías... como la de llevar al cine un clásico favorito. Lo que uno puede notar en esta película es que los Wachowski le tienen un amor genuino a Speed Racer.

Si están familiarizados con la serie de dibujos animados, se darán cuenta de que todos los personajes que conocen se encuentran ahí: Meteoro, sus papás, su novia Trixie, su hermanito Chispita, Chito el chimpancé mascota, el mecánico Bujías, por supuesto que el misterioso Corredor X y el invitado ocasional, Inspector Detector; y la caracterización es estupenda (no me hubiera hecho falta, pero vi la película doblada al español y agradezco que quienes la adaptaron se cuidaron de utilizar los nombres que le pusieron a los personajes cuando llegó la serie a México. Buen detalle, aunque no deja de sonar en mi cabeza el doblaje original, en el que participaban varias de las mejores voces de la época de oro del cine en nuestro país). Incluso los villanos muestran un curioso parecido con sus contrapartes de caricatura.

Prácticamente cada elemento de la película (y, para los más observadores, hay muchos) está extraído de la serie de los sesenta; salvo un detallito por ahí, los Wachowski fueron prudentes para pasar por alto los múltiples y horrendos remakes (sólo uno japonés, creo; el resto, incluyendo los más recientes, norteamericanos) y, aunque le metieron algo de su cosecha al argumento, se limitaron lo suficiente como para no maltratar el producto.

Lo mismo, en la historia nos vamos a encontrar lo que nunca faltó en la serie original: misterios por resolver, ambiciosos villanos, momentos de alivio cómico al azar, carreras, muchas carreras, y una mirada enfática a las relaciones de una familia cariñosa y unida; la trama, aunque con varias docenas de giros, se centra sobre todo en cierta información que se nos dio a conocer en los primeros cinco capítulos de la animación y que no voy a develar aquí para no echarles a perder la movie; sólo permítanme decirles que una de las situaciones más conmovedoras de la caricatura (que anda por ahí en el capítulo 3 o 4, me parece) se encuentra extendida como una deliciosa cucharada de mantequilla a lo largo de todo el filme. Y vaya que le da sabor.

Para una buena descripción del argumento en sí y una buena crítica también, por favor visiten Omnichela.net.

La elección de los actores no fue sólo afortunada, sino brillante; cada uno llena y con creces el papel que le asignaron. Emile Hirsch quedó perfecto en el papel de Meteoro, John Goodman como su papá parece sacado directamente de la caricatura, Christina Ricci presenta, si no el físico exacto, la personalidad de la valiente e ingeniosa Trixie, y hasta Matthew Fox, que no es muy santo de mi devoción ni mucho menos, da sin problemas el ancho de mi personaje preferido, el Corredor X.

Ahora, sobre lo que no es tan lindo... Los efectos especiales, aunque muy bien hechos. llegan a abrumar la pantalla. El mayor defecto de la película es su exceso de compu... efectos-compu, animales-compu, paisajes-compu, automóviles-compu, edificios-compu, colores-compu... La verdad, a mí me gustaron mucho más las partes tranquilas donde sólo intervenían los actores. Entre lo que los Wachowski juran que es homenaje a la animación japonesa y lo que uno ve de hecho en la nada sobrecargada serie, hay algunas exageraciones, tomas detenidas y otros residuos de la época Matrix que se han vuelto cansados y predecibles a fuerza de reciclaje. Estas escenas, prolongadas (y las insólitas peleas de carros), van a marear a más de uno. Otra cosa: en la actualidad, según la gente le va perdiendo el respeto a los escritores, ya resulta muy difícil encontrarse una película con un ritmo perfecto a menos que el director se apellide Burton, Chow o algo así (porque el ritmo, conste, depende tanto del director como del guionista, y un buen director sabe que depende de éste último). Meteoro arranca bien, pero hacia la mitad desacelera, y no vuelve a recuperar velocidad sino hasta después de un par de revoluciones.

Con todo, la cinta es divertida y deja un buen sabor de boca; los aspectos positivos compensan y aun superan a los negativos. ¿Qué tanto conviene? Veamos...

Recomendaciones: Aunque Meteoro es básicamente una película familiar, es obvio que está dirigida a personas en sus treinta, cuarenta o por ahí, que de chicos se deleitaron con la serie animada. Los más jóvenes podrán disfrutarla, pero con tanta información sensorial revuelta con palabras, es casi seguro que se van a perder un cuarto de la diversión.

Abstenerse: Me siento tentada a decir que no la vean si no son fans del material de origen, pero por lo que he estado observando, mucha gente que no conoce o recuerda al Meteoro de la televisión se la ha pasado de maravilla con la película. Así que por favor vean los cortos y decidan ustedes mismos si se les antoja. Eso sí; si las tramas aceleradas y la acción extrema les aburren, olvídenlo... hay más opciones para este verano adelantado.

jueves, mayo 08, 2008

Veinte años, antes y después. Parte 3


3.
Sangre y secretos

Cuando me quitaron mi precioso Señor de los Anillos, apenas había leído el prólogo, y la mera verdad es que no estaba entendiendo maldita la cosa. Lo único que realmente se me pegó fueron ciertos detalles sobre los hobbits, porque esa era una palabra que ya conocía (gracias al artículo del Selecciones). Pero, como se suponía, mi prioridad entonces debía ser el examen de admisión de la prepa que les platiqué en la parte anterior, la regla de “no-libros” siguió vigente.

Poco más de cinco semanas después, mi primer intento de hacer ese estúpido examen se frustró, y de la forma más humillante. Toda esa mañana había tenido dolor de pancita, pero ya en el examen, y apenas transcurrido un cuarto de hora, el dolor se volvió espantosamente agudo. Hice un esfuerzo por aguantarme hasta el primer receso (habría varios, cada cuarenta minutos o algo así) pero no lo logré. Me ganaron las náuseas y vomité sangre que salpicó tanto el examen como el piso a mi alrededor.

Mis compañeros de examen interpretaron el hecho como nerviosismo; en realidad lo que tenía era un quiste ovárico a punto de reventar (bueno, ¿pero quién vomita sangre por estar alterado?).Tras unos cuatro días de retorcerme e intentar convencer a todo el mundo de que NO eran mis nervios, me mandaron al quirófano. Según me dirían mucho después, por poco no la cuento. Lo peor es que ni en mi lecho de muerte potencial me permitieron leer ESDLA. Mis hermanas llegaron de Guadalajara con canastas de mis golosinas preferidas, y en mi camita no me separaba de mi Retrato de Dorian Gray y los cuentos completos de Oscar Wilde como si de la Biblia se tratara. Pero de Tolkien, nada.

Ya para cuando me curé, mi hermana había terminado Las Dos Torres y tranquilizado a mi mamá y sus malos pensamientos (a partir de entonces mi mamá, vaya, jamás volvió a meterse con mis lecturas. ¿Cómo rayos llegué a tener una copia de las Memorias de Fanny Hill en las garras apenas empezaba en la universidad? Estaba extraviado en el baño de mis hermanas). Pero aún quedaba pendiente el estúpido examen, retrasado seis semanas (mes y medio más de tortura sin lectura).

La Comunidad ya estaba en mi casa, haciéndome ojitos desde mi librero, atada por mi promesa. El día anterior al examen ya estaba harta. Pensé “oh, a la fregada”, tomé ese primer volumen de ESDLA y me puse a leerlo. Era el 23 de abril de 1986, curiosamente, también, el aniversario de mi primera confesión.

Al día siguiente, en el examen, tenía la cabeza más llena de ESDLA que de los meses y meses de estudiar el manual, y realmente no me importaba. Llegué a la escuela con cara de absoluta felicidad, con mis pensamientos puestos en cuatro nuevos amigos que habían salido de casa y corrían un peligro mortal, y sin la menor idea de que mi escenita en la ocasión anterior me había ganado fama permanente de neurasténica.

Una cosa extrañísima que me sucedió en el examen y que debió haberme preparado para lo que venía: Ya para empezar, el supervisor le entregó a todos los aspirantes, menos a una servidora, su copia del examen, y se puso a explicarles cómo llenar la hoja de identificación y respuestas. Esperé con paciencia a que me diera mi material, pero como éste no llegaba, me atreví a solicitárselo, con voz dulce y una sonrisa. El individuo miró su reloj y dijo que estaba contándome los minutos que había permanecido en la sesión pasada (?). Satisfecho al terminar el cuarto de hora, me llevó... me llevó... puaj... el MISMO examen que había utilizado en la ocasión anterior, todo manchado de sangre y vómito resecos. ¡Guácatelas! Yo no me atrevía ni a tocarlo, y estas personas lo habían tenido guardado en una bolsa por seis semanas. Se nota que en los ochenta le teníamos miedo a las armas atómicas y no a las biológicas, ¿verdad?

Bueno, con los pies en la Tierra Media y todo, ¿les presumo?, tuve la calificación más alta durante un par de generaciones (la persona que me tumbó del sitio era excelente con las matemáticas, mi punto débil). Y al terminar el examen, me fui derecho a mi casa y continué leyendo y leyendo con voracidad. Tras terminar con el capítulo 1 del libro 2, “Muchos encuentros”, me pude ir a la cama tranquilita. Al día siguiente, continuaría con la secundaria y mi vida de siempre.

Según proseguía la lectura, mi fascinación fue creciendo... pero, por alguna razón, también mi timidez al respecto. Yo que estaba tan contenta de embarrarle a la cara mi background de literatura “seria” a quien tuviera la desgracia de cruzarse en mi camino, tenía ahora una renuencia más bien extraña a platicar sobre mi, ahora (y lo presentí, siempre) libro favorito, sobre todo con adultos. Eso sí, a la salida de la secundaria, solía rodearme de un grupo de unas diez compañeras de varios salones a platicarles lo que iba leyendo. Me gustaba dejarlas en suspenso, tal y como a veces le daba por hacer a nuestro autor. Pero solamente a mi mejor amiga, I. (que ahora reside en Cuernavaca, y sigue siendo la persona más genial del universo) me atreví a confiarle mi secretito más vergonzoso...

Continuará...

lunes, mayo 05, 2008

El vigía

Se supone que en la sala de ésta, su casa, nada más voy a colgar buenas fotografías o hermosas obras de arte para mostrar a mis visitas, pero por esta vez voy a hacer una excepción: la cosa rara que tienen aquí arriba es un fragmento de “El Vigía” (por favor hagan click en la imagen para verla completa) y es aquel dibujo que hice a puro mouse y MacPaint, en una Macintosh II, del que les hablaba en mi entrada maquera. Inscribí esta imagen en un concurso de arte digital (sí, eso existía a la segunda mitad de los 80 y antes del Photoshop) que finalmente no se llevó a cabo. La imagen está escaneada de una de prueba que me encontré por casualidad, impresa a matriz de puntos (tampoco contábamos entonces con otra cosa) y no es la versión terminada; a lo mejor se alcanza a notar que hice algunas correcciones a lápiz para pasar más tarde a la compu (quería que bajo el vigía revoloteara un trozo de vela despedazado, cosa que al final no añadí, y todavía faltaba construír, a base de líneas rectas, un extravagante castillito en la punta de la montaña que se avista).

En la esquina está el pseudónimo con el que iba a participar en el concurso: Fíriel (como les dije, la imagen estaba dedicada a Tolkien, y la idea salió de un párrafo del prólogo a tres cuentos del profesor que escribieron sus traductores, J.C. Santoyo y J.M. Santamaría: “El artista es el vigía encaramado en la cofa más alta del palo mayor, que desde allí transmite incluso los más leves atisbos de tierra a los míseros galeotes hundidos en la sentina. Pero esta misión no deja de tener sus peligros. El camino de Fantasía es intrincado y, por si fuera poco, suscita y genera incomprensión en este mundo racionalista y utilitario que nos ha tocado vivir”.

Por desgracia, no tengo a la mano la bellísima canción de Silvio Rodríguez que inspiró también el dibujito, pero aquí está el video de un muchacho llamado Peter en youtube que la interpreta... más o menos... (él mismo lo reconoce; es un tema difícil). Espero que todo ello pueda dar testimonio no de mi talento, que es inexistente, sino de mi amor, que sigue siendo enorme.

En estos únicos días libres, y antes de entrar a trabajar con un horario más pesado, pero que todavía no mejora la gran cosa mi situación laboral, estuve en Zacatecas, y me he dedicado a escarbar entre mil papeles material complementario que pudiera servir para la serie Veinte años, antes y después, que he estado publicando aquí. Hice un desbarajuste que podría compararse a la limpieza de principios de año. Estuve revisando mi vieja colección de revistas Claudia para extraer las pruebas de que en esa publicación había varios aficionados a Tolkien de closet; por desgracia, mi colección está incompleta y no pude dar con lo que buscaba (un artículo de modas y uno sobre el día del niño; el que hablaba sin reparos de literatura fantástica sé que no lo tengo, pues me lo mostró una amiga de la prepa y fue por ello que comencé a comprar la revista; si encuentro las copias de este artículo seguro que las subiré también).

Pero en el camino me encontré montones de cosas que ya tenía olvidadas, por ejemplo borradores de dibujos que hacía después, a tamaño familiar, para decorar mi cuarto, porque en las tiendas no se vendían posters de los personajes que a mí me gustaban: me hallé uno del Inspector Gadget y otro de Juan y Guillermo, de los Pitufos (el no haber visto la película de La Flauta Mágica es uno de los errores de mi crisis antifantástica que no he podido subsanar), varios de paisajes de Las Crónicas de Prydan, de Lloyd Alexander, y el último, Caramon y Raistlin Majere, de la serie Dragonlance, parados frente a la Torre de la Alta Hechicería (para mí era importante que éstos dos fueran gemelos y los hice idénticos, nomás con diferente expresión en el rostro. Caramon me quedó muy flaquito). Ah, y de sorpresa, otro por ahí que va más de acuerdo con el tema de Veinte años y que es el único que voy a subir aquí (ajá, porque ya me di cuenta de que no sé dibujar).

Otra cosa: cierto folletito que se estuvo repartiendo cuando hablamos de Tolkien en escuelas secundarias, y una carta de un profesor que trabajaba en la Secretaría de Educación Pública en la que me pedía que por favor no presentara a la fantasía como un género literario.

También hallé algo que a lo mejor les será de interés: el mini ensayo del escritor Peter Beagle que apareció como prefacio en la edición de Ballantine de El Señor de los Anillos y que fue una de mis primeras traducciones. A menos que ahora sí me entre la vergüenza, lo voy a subir tal y como lo hice hace más de quince años, con errores y todo.

¿Qué más estuve haciendo? Bueno, por primera vez desde que lo tengo salí de viaje sin mi Nintendo DS, y me dediqué a recuperar el ritmo de lectura de una obra con la que ya llevo tiempo y no he podido terminar: la novela clásica china Shui Hu Zhuan, que tengo en una versión al inglés de la escritora Pearl S. Buck bajo el título All Men Are Brothers. Tuve este libro extraviado durante un tiempo y casi casi se me olvida en lo que iba. Shui Hu Zhuan quiere decir “A la orilla del agua” y, por si el nombre les suena conocido a los fans de los RPG, es el libro que dio origen a la serie de videojuegos Suikoden. Apenas he leído veintitantos capítulos en como dos años, incluyendo los meses y meses que tuve extraviado el libro, porque el inglés que tiene está medio rarito (la traductora dijo que prefirió conservarlo así para apegarse más a la gramática y modo de sonar del chino) y porque no puedo leerlo sin detenerme cada tres o cuatro páginas a consultar mi guía de personajes, en la que se incluye, lado a lado, tanto a los del libro como a los de los videojuegos; cuando en una novela hay 108 personajes importantes y todos tienen nombres en chino, no hay de otra. Ni los como seiscientos personajes del Silmarillion me dieron tanta lata.

Lo bueno es que no creo ya soltar el libro, porque se está poniendo muy emocionante, pero para no perderme estoy rebautizando a los personajes (oh, sacrilegio) con el nombre de su equivalente que en los videojuegos me caiga mejor. Así, ahorita voy en que Viktor (el monje Lu Chi Shen) se hace amigo de Flik (el capitán proscrito Yang Chi) y entre los dos atacan un templo, mientras que por otro lado, un grupo dirigido por Mathiu Silverberg (el brillante maestro Wu Yung) monta una ingeniosa escaramuza en un lago con la ayuda de Luc (el monje taoísta Kung Sun Sheng, que puede controlar el viento y las tempestades) y se dirige a una guarida de ladrones bajo la protección de la poderosa espada de Georg Prime (el guerrero Liu T’ang). Si esto suena confuso, imagínenselo repetido a lo largo de 1400 páginas de letra chiquita.

Mi última noche en Zacatecas, acompañé al Capitán Quasar, que se reunió conmigo el viernes, y a varios amigos a ciertos rincones favoritos de la ciudad que no aparecen en las guías turísticas, entre ellos, el antiguo barrio de San Cayetano, con sus callejones pequeñitos y cerrados y puertas bajitas y redondas, que siempre me recordó a alguna aldea hobbit a medias (¿Bree, tal vez?) y donde me daba por ir a fantasear cuando releía ESDLA.

Bueno, todo esto que acaban de leer puede servir como preview para lo que voy a estar subiendo aquí en su casa durante este mes y el que entra (uhhhh... menos lo del inspector Gadget, a menos que se presente la oportunidad). Ah, y he estado pensando que cuando concluya Veinte años, podría comenzar otra serie de especiales, en tanto el tiempo y las fechas se ponen propicios. Si a nuestros amigos Suldyn y Pei les gusta la idea, ¿qué tal una dedicada por completo a los videojuegos de Suikoden?

Puesto que sigo sufriendo la ausencia de mi querida compu Shu II, espero, como siempre, que me tengan mucha, mucha paciencia. Gracias por aguantar la verborrea y los bajones de ritmo y por seguirme leyendo hasta ahora.

jueves, mayo 01, 2008

Veinte años, antes y después. Parte 2



2.
El cristalazo y el Señor de las Ficheras

El día: 28 de febrero de 1986. El lugar: La antigua ubicación de la Librería de Cristal, sobre Avenida Vallarta, en Guadalajara. La hora: ...ya no me acuerdo.

Bueno, yo ya tenía entonces catorce años, y cumpliría 15 ese mismo año. Tras mi pequeña crisis antifantástica, estaba comenzando, poco a poco, a educarme en los gustos definitivos (ciertas películas, los videojuegos, sobre todo libros). Ya hacía un rato que había cambiado a los dichosos “clásicos” por Ray Bradbury, Isaac Asimov, Fredric Brown y cuestiones más decentes. De lo que quedaba del pasado, solté a Dumas, pero no a Verne; ni a Oscar Wilde, porque era uno de mis favoritos desde la infancia y porque la irlandesidad ya me estaba haciendo efecto. Ah, tampoco podían quitarme de las novelas históricas/románticas de Victoria Holt, a las que mi hermana me había enviciado. Éstas últimas las iba a cazar a la Librería de Cristal de Guadalajara (mis hermanas aún vivían allá, y las librerías de Zacatecas eran entonces algo pobres).

El lío era que ese febrero ya llevaba unos dos meses sin leer, y estaba a punto de volverme loca. ¿El motivo? En menos de un mes presentaría mi examen de admisión a la preparatoria, en una escuela horrible, y mi mamá consideraba que cualquier otro tipo de lectura que no fuera la del idiota manual del examen no me haría ningún provecho. Esperaba aprovisionarme en la Cristal para cuando esos tiempos oscuros terminaran.

No pienso mencionar el nombre de la prepa horrible a la que acabé yendo, pero nomás para que se den una idea, el examen causaba terror (?). Estaba compuesto de tres partes: dos dedicadas al lenguaje y tres a la lógica y las matemáticas (Nota: quien quiera que diga que la lógica y las matemáticas son más importantes que el lenguaje, es que no tiene ni pizca de idea sobre cómo funciona la humanidad. Va en serio). Yo no tenía entonces criterio suficiente para juzgarlo, o le habría pedido a mis papás que se la pensaran dos o tres veces antes de pagármelo... y de inscribirme al sitio, si a esas vamos. Con todo, en aquellos tiempos sacar una buena calificación se me hacía importantísimo y estaba dispuesta a echarle ganas. Pero... ¿quedarme sin leer?

Como sea, mi mamá nunca me negó los libros... siempre y cuando prometiera no tocarlos sino hasta después del examen.

Ahora... ¿qué encontré en esta ocasión en la librería? Una sorpresa gigantesca. El Señor de los Anillos, sí, la edición posiblemente pirata publicada en México por Editorial Hermes. Las portadas eran los dibujos de Tolkien de Hobbiton, Fangorn y Barad-dûr, respectivamente en verde, verde más oscuro y negro. Me quedé de pronto sin aliento. Sin pensármelo tomé los tres y le pedí a mi mamá que por favor me los comprara.

Mi mamá ya estaba pagando mis otros libros, y cuando le mostré otros tres más, puso cara de sospecha. Me preguntó que de qué se trataban y yo no supe cómo explicarlo. Entonces ella le repitió la pregunta a una de las señoritas de la librería, que no tenía idea y que fue a su vez con otra. Esta segunda señorita tampoco había lo había leído, pero se animó a contestar:

- Pues... creo que es de misterio... algo así.

Mi mamá puso una cara de todavía más extrañeza. Le insistí tanto que aceptó comprarme el libro, pero no resistió la tentación de hacerme sentir un poquito culpable.

- Éstos me van a costar once mil pesos - dijo mucho, muy seria (mis otros libros costaban entre tres mil y tres mil quinientos pesos cada uno).

- Yo te los pago con lo de mis domingos - respondí con la cabeza baja y la cola entre las patas.

Nota para los recién llegados a este mundo y al país: hubo un tiempo (los ochenta, para ser exactos) en el que la moneda mexicana sufrió una de las peores devaluaciones en su historia. Para disimular, se creó el llamado “nuevo peso”, que facilitaba hacer las cuentas millonarias al quitar tres ceros a la moneda actual y psicológicamente nos hacía sentir menos pobres y amolados. Para que vean que la cosa siguió mal, esto significa que mi primer ejemplar de la obra completa ESDLA costó ONCE pesos de los que usamos ahorita (es decir, un dólar americano en la equivalencia actual, por los tres libros). Y que ese mismo precio en moneda antigua sería 130,000 pesos. Recuérdenlo si son mexicanos y en algunas elecciones a futuro se sienten tentados a repetir a ciertos partidos políticos, o a sus desechos.

Llegando a la casa, tan tranquila, me eché en un sillón con La Comunidad del Anillo y me puse a leer. Apenas iba en las primeras páginas del prólogo cuando mi mamá, con el pretexto otra vez del dichoso examen, me quitó amablemente mi Comunidad.

Lo que yo no sabía es que mi mamá tenía segundas intenciones. Más adelante me contó que al ver ese libro tan raro, El Señor de los Anillos, se imaginó, nada más y nada menos, que se trataba de una novela pornográfica (!). Aunque entre lo que me compró aquel mismo día estaban títulos tan sugerentes como La adúltera y Lamento por un amante perdido, ambas de Holt, el tal y desconocido J.R.R. Tolkien le había inspirado una inmediata desconfianza. Según lo que me dijo mi mamá, se había imaginado que el Fulano ése de los Anillos sería el administrador de un burdel, con tendencias sádicas (y afición al piercing, se me ocurrió más tarde), y los tres libros tan gordos un recuento de sus perversiones y perversidades. ¿Tiene mi mamá la mente un poco retorcida? Ella misma lo dice. Les presento fragmentos de conversación off topic con ella.

Un día, en los noventa, mientras me discutía mi gusto por los Caballeros del Zodiaco y el anime en general:

Mamá: ¿Pero cómo es posible que veas esos monos tan feos? ¿No ves que son pura violencia?

Yo: Pues sí, porque son peleas, pero no todo lo japonés es así. Está esta serie que se llama Maison Ikokku, que se trata de un chavo que está enamorado de la casera de su edificio...

Mamá: ¿Y luego ya ves también? ¡Puro sexo!

Yo: ...?

Y unos días después, mientras veíamos en televisión un episodio de Las Aventuras de Fly:

Mamá: Y ahí sigues viendo eso... ¿qué no ves que es puro sexo y violencia?

Yo (un poquito molesta): Mamá, ¿pero de qué tienes llena la cabeza?

Mamá (respuesta instantánea): ¡De sexo y violencia!


Ahora nos reímos mucho de todo eso, de cómo funciona el destino, y mi mamá se siente orgullosa de mí, pero en aquel entonces, ella tenía los, ahora sí, perversos planes de darle ESDLA a mi hermana mayor, la otra lectora voraz de la familia, para que en sus manos quedara la decisión de si el libro era adecuado para mí.

Háblenme de humillaciones. Tener aguantar que mi preciosa adquisición fuera para el disfrute de alguien más. Mi hermana la mayor y mi hermana la mediana estaban por terminar la carrera, todavía en Guadalajara, y yo seguía viviendo en Zacatecas. Al regresar a mi casa, iba sin mi ESDLA.

Lo peor del asunto es que, por muy poco, estuve a punto de no leerlo jamás...

Continuará...
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