jueves, febrero 07, 2008

Reseña de novela gráfica: Persépolis


Persépolis
Marjane Satrapi
Norma Editorial

Lo bueno: Es una lectura amena e interesante; muestra una cara del viejo oriente que desconoce gran parte de occidente.

Lo malo: Es difícil de conseguir en inglés, aún más difícil en español, y la obra completa no es barata.

Calificación: * * * *


No conozco a muchas “moneras” (es una pena), y muy pocas de las que conozco me agradan; la excepción sería, casi siempre, mujeres mangaka (habrán de disculpar sus fans, pero yo siempre creí que los cartones de Maitena los hacía un hombre misógino). Cuando yo todavía pensaba que, fuera de Japón, el campo estaba árido, de repente me tropecé con Marjane Satrapi y supe de su primera obra, la serie Persépolis. No fui la única en tomar parte en el descubrimiento, pues, algunos años después, esta historieta ha sido llevada al cine, y me enteré la semana antepasada que está nominada al Oscar como mejor producción animada. Así que antes de que otra cosa suceda (digamos, que la película probablemente pierda contra Ratatouille), aquí tienen una reseña del libro en el que está basada.

Estaba por comenzar década de los 80, y el mundo se preparaba para un ataque sin precedentes de frivolidad, imaginación desbordada, la mal utilizada palabra glamour y la cultura pop en todo su apogeo; la llamada generación X comenzaba a ir a la escuela sin imaginarse, ni mucho menos, lo que estaba por venir. Se veía ya el fin de la guerra fría y al menos en occidente todo parecía paz y felicidad.

En oriente, sin embargo, la situación era muy distintas; Irán (un país jovencísimo, nacido de la antigua Persia apenas en 1925) se acababa de embarcar en su revolución musulmana; se había expulsado al sha, Mohamed Rezah, impuesto por la CIA en 1953, y se esperaba que con ello las cosas cambiaran para bien. De pronto, así nada más, el país se convirtió en la imagen que durante años hemos visto en las películas de Hollywood; las mujeres se cubrieron la cabeza con velos y pañoletas, se prohibió el alcohol, la música y las fiestas; la religión se deformó hasta volverse arma política y en las escuelas no se habló de nada que no estuviera convenientemente censurado por el gobierno.

En ésta, la Persia del siglo XX, vive una niña llamada Marjane. Es descendiente de una familia donde ha habído desde príncipes hasta disidentes políticos, e intenta hacerle honor a su herencia, representada en especial por su influyente, bondadosa y sabia abuela. La rebeldía de Marji y el inicio de la guerra con Irak la empujan fuera de su país, a una Europa continental que parece no tener lugar para ella; sola, tiene que enfrentarse a las lágrimas de la adolescencia y a una búsqueda de identidad sin sentido, en la que va brincando de hippie a darketa y de mujer fatal a diva pop, sin mitigar su tristeza ni conseguir encontrar el camino que su propio hogar perdiera mucho, mucho tiempo atrás.

Con dibujos sencillos pero poderosos, Satrapi, en esta especie de autobiografía en caricatura, nos lleva de la mano primero por la historia de su patria: sus luchas por la libertad, su resistencia a incontables formas de tiranía; sus héroes y convicciones; y después, por su propias andanzas en un mundo a punto de caerse a pedazos, transfondo de su autodescubrimiento. La historia es sobre ella, y también sobre su Irán; y está relatada con una tremenda honestidad no exenta de un peculiar sentido del humor.

La vida de Marjane no es ejemplar ni nada de eso; mucho de lo que hace está motivado sólo por egoísmo y orgullo, y llega a cometer actos bastante horribles (aunque nada demasiado extraordinario si uno vive en un lugar donde ponerse lápiz labial puede convertirse en asunto de vida o muerte), pero lo que permanece en la mente del lector son las conclusiones no dichas por la autora respecto a la existencia (que está hecha de momentos preciosos, y a lo que me refiero es exactamente eso: que tienen un precio), la amistad y la familia. Finalmente, Persépolis trata de libertad e identidad, y es un homenaje, bajita la mano, a quienes protegieron la primera y formaron la segunda de Satrapi: sus padres, y sobre todo su fenomenal abuela.

Recomendaciones: Para amantes del buen comic europeo y para quienes no le corran a una historia de las que en Japón se llamarían shojo (pero con un tinte más dramático y realista).

Abstenerse: Si no les gustan los comics, o si sus gustos por ahí van más hacia el género de superhéroes, mechas o niñas mágicas.


"En la vida encontrarás a muchos imbéciles. Si te hieren, piensa que es su estupidez la que les empuja a hacerte daño. Así evitarás responder a su maldad, porque no hay nada peor en el mundo que el rencor y la venganza... Mantén siempre tu dignidad, tu integridad y la fidelidad a ti misma".
La abuela de Marjane

lunes, enero 28, 2008

Música de maravillas



¿Tienen planeado asistir a la convención TNT (World Trade Center, Ciudad de México, el próximo fin de semana)? Yo, por desgracia, no podré ir, pero entre todo lo que me voy a perder del evento, lo que más lamento es precisamente lo que estoy a punto de recomendarles.

El domingo 3 de febrero, a las 4 de la tarde será la presentación del Cuarteto Nausicäa. Este grupo de Guadalajara, compuesto por Mary Camarena, Janet Camargo y Brenda Gaviño, voces, y Selenie Solís al piano, ha preparado un concierto (auspiciado por Yamaha) con melodías selectas de varias series de anime; entre ellas Evangelion, Elfen Lied, Lodoss Wars, Sakura Card Captor, Cosmowarrior Zero y Fullmetal Alchemist; para hacer honor al nombre del cuarteto, el plato fuerte son temas de películas del famoso estudio Ghibli, como, por supuesto, Nausicäa, Princess Mononoke, Kiki’s Delivery Service, El viaje de Chihiro y la reciente Gedo Senki; además de la bellísima canción “You Were There” del videojuego ICO que se coló en el repertorio.

El efecto de voces acompañadas sólo por el piano es fascinante, y estoy segura que logrará tocar su corazón al mismo tiempo que deleita sus oídos. ¿Que cómo lo sé? Fácil, me tocó estar en uno de los ensayos... y la piel se me puso chinita (la interpretación del cuarteto del tema "Bratjia", de Fullmetal Alchemist, me emocionó mucho).

No se lo pierdan; les va a encantar.

martes, enero 22, 2008

Limpieza de principios de año


¡Feliz año (aunque sea atrasado) a todos!

Como por desgracia habrán tenido que notar, ya tenía un tiempo sin actualizar este blog. Varias cuestiones se me juntaron; la peorcita, que mi compu personal ha tenido un pequeño desperfecto. De las demás, precisamente, es de lo que estuve escribiendo.

Apenas terminadas las vacaciones y ya con carga laboral encima, resulta que he tenido que hacer limpieza de primavera cuando todavía estamos en pleno invierno. Eso significa, entre otras cosas, hurgar entre un montón de papeles que he estado acumulando por ahora varios años en cajas de cartón enmohecidas, deshacerme de un montón de artículos inútiles y abrirme paso en un cuarto lleno de triques, como ya llevo tiempo prometiéndole a mi mamá, mi hermana y mi esposo que haré...

Y, por supuesto, dedicarme a una de las actividades que detesto más: revisitar el pasado. Todo cuando preferiría estar haciendo cualquier otra cosa, como por ejemplo echarme a leer o ver televisión con una taza de chocolate calientito, picarme con un videojuego o nadar en una alberca llena de pirañas.

Pero ni modo; algún día se tenía que hacer. Y así resulta que a un par de semanas de limpieza intensa, pero intermitente (si también trabajo, por amor de Dios), mi esposo, mi hermana que está ayudándonos y yo ya tenemos despejada la mayor parte del tilichero; el cuarto se ve habitable otra vez, los libreros que había adentro ya están accesibles y ahora tengo unas tablas para exhibir nuestra colección de figuritas.

Y yo, aunque ya me la sabía, tengo que repetirme una vez más (¡otra!), que como dijera Rafiki en El Rey León, el pasado puede doler. No soy Simba; no me gusta huír del pasado. Tengo cierta preferencia por empaquetarlo, refundirlo hasta el último rincón y olvidarme de él, al menos hasta donde sea posible.

Mi pasado (el acumulable, pues) está lleno de mathoms; en lenguaje de El Señor de los Anillos, objetos que ya no uso pero de los que no me atrevo a deshacerme, porque, ¿cuántas veces no me ha pasado que me doy cuenta que necesito de aquello que acabo de tirar? Algo que me ha provocado mucha frustración es encontrar entre mis mathoms muchas notas y papeles que me hubieran hecho la vida más fácil hace algunos años (cuando la vida era más susceptible de “facilitamiento”), pero que jamás conseguí porque junto con ellos estaban enterrados demasiados recuerdos.

Entre el escarbadero, han surgido poco a poco varios objetos interesantes, huella de tiempos más felices (o más desdichados, según sea el estado de ánimo en turno). Mis libretas de tareas, donde anotaba todos los días cuánto me faltaba para salir de mi horrorosa prepa. Mis primeros cuentos y poemas publicados, en periódicos escolares o revistas locales. Mi primera traducción, que no le he mostrado a casi nadie. Montones de manuscritos e historias a máquina, porque a mí me tocó comenzar a escribir antes de que las computadoras se hicieran indispensables; muchas novelas que no he terminado. Tarjetas y obsequios que mi esposo no está seguro de haberme enviado. Entrañables dibujos de un entrañable casi hermano, sus escritos de adolescente en los que se demuestra que permanecer fiel a los propios principios debería ser la norma y no la excepción (y es que parece ahora que andar de volátil con la ideología está de moda). Cartas tristes de amigos y amigas que se atrevieron a confiar en mí. Fotografías de personas que apenas reconocería en la actualidad (yo soy una, qué horror). Un minitexto que escribí en inglés detrás de una lista de asistencia provisional, tal vez mientras mis alumnos resolvían un examen; el alivio que fue decidir sobre un abandono en masa de amistades cercanas “what if I don’t get the fucking little bastards together again?”. El decálogo del maestro de Gabriela Mistral, entregado en mi clase de didáctica de Lengua y Literatura, y que merece una buena revisión. Mis viejos lentes, tan grandes. Pedazos de una casa de muñecas que nunca terminé. Mis primeros diarios en español y en inglés, almacenados en un sitio oscuro donde había hecho su residencia una familia de cucarachas a las que tuve que desalojar por un predio, espero, más amable, feliz y relajado, donde nunca tengan que buscar comida o fastidiar a nadie. Un escrito maravilloso (¡uno entre tantos!) de mi profesor favorito en la universidad; posiblemente parte un libro que todavía no publica y que me encargaré, cómo no, de traducir y compartirlo con ustedes. Un carta tardía de mi primer novio, que entre otras cosas, hace que me alegre de que me haya mandado a volar. Mis muñecos de peluche, cada uno con un nombre, casi todos regalo, con sus memorias propias. Un casette de música que estuve grabando durante 1984, un año tan especial, tan (ahora lo veo) trascendente para mi formación; nada de lo que se puede escuchar ahí suena a viejo (salvo, creo, unas versiones de Over the Rainbow y del tema principal de Éxodo interpretadas por una orquesta de restaurante). Revistas y más revistas, libros que ya tenía olvidados.

Por encima de todo, como antes les decía, recuerdos.

Una tarea titánica, vaya que sí; recoger los cuartos, sacar basura, compartir lo pepenable, barrer y trapear, matar a las cucarachas, acomodar los sombreros y la ropa. No menos difícil, lanzar la mirada cinco, diez, veinte años en el pasado con buen humor y sin una sola gota de cinismo.

Si hay algo a lo que le temo (y sobremanera) es a volverme cínica. Un cínico es como una botella de cianuro ambulante; no se puede tragar él sólo y se la pasa envenenándole la vida al resto del universo. Pero el cinismo pareciera ser el estado ideal de la humanidad a partir de los años noventa; pura y dura supervivencia en un mundo donde no se vive de ilusiones, sino de desilusiones; no de esperanza, sino de desesperación; donde, como dijera Chesterton, uno deja de creer en Dios y a continuación se pone a creer en cualquier tontería que se le atraviesa. Es una concha lo suficientemente dura para proteger de los moretones exteriores, pero no para frenar el daño a órganos internos. Y es un parásito (¿simbionte, mejor dicho?) que se alimenta principalmente de... ustedes adivinaron, recuerdos.

A fuerza de trancazos y “lecciones de la vida” (ajá, esos molestos ataques de “si yo hubiera”), me he dado cuenta de que la única forma de no hacer engordar al cinismo es convertir los recuerdos en abono para el árbol de la vida. Un árbol, que, como dijera Joseph Pearce o tal vez alguno de sus ensayistas, no estoy segura, en su libro sobre Tolkien, Señor de la Tierra Media, debe tener raíces profundas y no ser una ramita plantada a las de ya. Los recuerdos deberían estar alimentando esas raíces profundas y no colgados de las ramas, donde cualquier depredador pueda verlos y comérselos. Y entonces el árbol crece, bien asentado en lo que fuimos, con alguna poda ocasional pero sin hachazos en la raíz. Poco a poco.

Porque, citando esta vez a William Wordsworth, el niño de ayer es el padre del adulto de hoy. Nada más patético puede ocurrir que el niño de ayer se convierta en adulto cínico durante su limpieza de primavera. O de año nuevo, si a esas vamos.

jueves, diciembre 27, 2007

Receta: Jamón horneado de Navidad


©Cooking Mama, del juego homónimo de Office Create, publicado por Majesco para Nintendo DS.


Aunque sea un poquito tarde, ¡feliz Navidad! Espero que se la hayan pasado de maravilla. Como todavía no tengo escrito un mensaje alusivo a las fechas (ando pensando en uno, conste, y tengo una buena idea), les comparto por el momento la parte de la cena navideña que me tocó preparar.

Este es mi platillo por excelencia para las fiestas decembrinas. Se ve espectacular y es increíblemente sencillo de hacer, y también económico. Sabe delicioso y se puede acompañar con una rica ensalada de frutas. Muy bueno también para el recalentado.


Ingredientes (alcanza para unas 5 o 6 personas):
  • Un trozo de jamón de pavo ahumado de 2 kilos
  • 1/2 taza de jugo de piña
  • 1/2 taza de jugo de naranja
  • 50 gms. de cerezas en almíbar
  • 1 lata grande de piña en trocitos
  • 1 barrita de mantequilla
  • Salsa inglesa

Herramientas:

  • Molde refractario o metálico para hornear
  • Jeringa grande con aguja
  • Cuchillo afilado
  • Cuchara de mango largo
  • Horno eléctrico o de gas
  • Recipientes
  • Tabla de cortar
  • Delantal

Procedimiento

1. Con el cuchillo, hacer unos cortes largos de aproximadamente dos centímetros de profundidad, a lo ancho, en la parte inferior del jamón. En la parte superior, hacer cortes en diagonal, a manera de tejido canasta; primero en una dirección y luego en la contraria. Continuar hacia los lados del jamón siguiendo las líneas de la parte superior (toda la superficie debe quedar con rombitos). Colocar el jamón en el molde.

2. En un recipiente, mezclar el jugo de piña y el de naranja. Añadir salsa inglesa al gusto (unas dos cucharadas suele ser suficiente).

3. Llenar la jeringa (sin la aguja puesta) con la mezcla, colocar la aguja con cuidado y comenzar a inyectar el jamón, siempre en los cortes, no los rombitos (lo más probable es que después de un rato el jamón comience a escupir de vuelta el jugo; mejor hay que ponerse un delantal para no acabar empapado). Colocar así la mitad de la mezcla.

4. Colocar los trocitos de piña alrededor del jamón en el molde. Bañar el jamón con el jugo que haya sobrado.

5. Con los dedos, untar una capa gruesa de mantequilla sobre toda la superficie del jamón.

6. Cortar a la mitad las cerezas, y hundirlas en la mantequilla para decorar la parte superior, al gusto.

7. Poner a calentar el horno. En el caso de un horno eléctrico, programarlo para carnes o pastel; en un horno de gas, poner la temperatura a unos 180 grados.

8. Hornear el jamón hasta que la superficie esté bien dorada (en el caso de un horno de gas, este procedimiento toma unas dos o tres horas; en el eléctrico suele tardarse menos). Siempre hay que vigilar el jamón; cada quince o veinte minutos abrir el horno para bañar el jamón con la mantequilla derretida y jugo que vayan cayendo en el molde, con la ayuda de una cuchara de mango largo.

9. El jamón horneado queda tan tierno que no es necesario cortarlo con cuchillo eléctrico. Se sirve con una porción de fruta y un poco de jugo.


martes, diciembre 18, 2007

Reseña de videojuego: The Legend of Zelda: Phantom Hourglass


The Legend of Zelda: Phantom Hourglass

Productor: Nintendo
Consola: Nintendo DS


Lo bueno: El sorprendente uso que le da a las múltiples capacidades del DS.

Lo malo: ¡Demasiado corto!

Calificación: ****

The Legend of Zelda fue, confieso, una de las razones que me empujó a unirme a la petición grupal de un NES (Nintendo) como regalo familiar, hace ya muchos años. La idea de un héroe con espada me resultaba emocionante, sobre todo por los libros que leía por entonces, pero a partir de ello quedé fascinada con el juego en sí; con el hecho de que para avanzar en él se necesitaba resolver acertijos, con el simpático protagonista y con la musiquita pegajosa, que me daba por tararear delante de de desconocidos.

Seguí las aventuras de Zelda y Link por el NES y después por el SuperNES; prometí volver en el GameBoy en cuanto consiguiera uno (eso no ocurrió sino hasta la llegada del Advance) y hasta ahí quedó.Cuando vinieron las primeras guerras de consolas, dejé a Nintendo por Sony, por seguir la senda de Final Fantasy, mi otro consentido.

Diez años más tarde, el remake de otro Final Fantasy (el III) me devolvió a Nintendo; para ser exactos, a la versión mejorada de su más reciente consola portátil, el Nintendo DS Lite. Era cuestión de tiempo antes de que me reencontrara con Zelda y Link en Legend of Zelda: Phantom Hourglass.

Phantom Hourglass es la secuela directa de Legend of Zelda: The Wind Waker, que saliera para GameCube en el 2003 (todavía mis tiempos de no-Nintendo). Pero eso no representa ningún problema, porque se puede disfrutar por igual sin haber jugado el anterior (lo digo por experiencia).

Al principio del juego, nos cuentan en dos patadas el argumento de Wind Waker, que termina con Link, nuestro héroe, recorriendo los mares en busca de aventuras con la capitana de los piratas, Tetra (que no es sino la Zelda del título). En una de ésas, se encuentran un barco abandonado, y lo abordan pensando que hay un tesoro. Pero, sorpresa, el navío no es sino el temible Barco Fantasma que ha estado aterrorizando esas aguas desde hace mucho tiempo. El barco parece cobrar vida,Tetra desaparece y Link cae al mar. Poco después se encuentra en una isla desconocida con una hadita llamada Ciela y su abuelo, el anciano Oshus. Con su ayuda y la del capitán Linebeck, una especie de Jack Sparrow simpatiquísimo, Link surca de nuevo los mares en busca primero del Barco Fantasma y después de una forma de derrotar al maligno espíritu que tiene a Tetra bajo su poder.

Como Link, el jugador podrá manejar el barco de Linebeck y explorar diferentes áreas del océano, pelear con enemigos, rescatar tesoros hundidos y hasta pescar. En tierra, hay pueblos que visitar, y una buena cantidad de calabozos, templos y laberintos donde abrirse paso. A medida que avanzamos, podremos obtener diferentes artefactos que facilitarán nuestro camino, siempre y cuando los usemos en el momento adecuado (el juego se mueve principalmente por puro ingenio).

Ahora, todo esto es algo a lo que un fan de la serie de Zelda ya está más que acostumbrado. Lo que hace tan diferente y fenomenal a Phantom Hourglass es el uso que le da al versátil Nintendo DS; el stylus no sólo nos sirve para mover a Link y manejar su espada, sino para trazar la ruta de su boomerang, apuntar con su arco y flechas, y ... escribir. En efecto, en cada mapa que nos encontramos se puede tomar notas (trazar una ruta, señalar la posición de una trampa o la localización de un tesoro); es mucho muy difícil, casi imposible, de hecho, atravesar algunos de los calabozos sin hacerlo.

Igualmente, con el stylus firmaremos de recibido cuando el correo nos entregue un paquete y dibujaremos símbolos mágicos para transportarnos por todo el mundo o para abrir puertas selladas.
El micrófono tampoco se desperdicia: de vez en cuando uno tiene que gritar para que un personaje que está lejos le haga caso o asustar a algún enemigo y soplar para quitar el polvo de mapas y otros objetos. Con todo esto, el juego jamás aburre, y a ratos se vuelve tan adictivo como en los viejos tiempos de Zelda (los míos, pues).

Las gráficas, caricaturizadas y todo, le quedan perfectamente al juego y a su sentido del humor (espérense varias carcajadas a lo largo de la historia), y la música es tan encantadora como de costumbre. Y como si eso fuera poco, el juego está en español... y la traducción es lo suficientemente buena como para conservar las risas y la diversión.

¿Lo único malo del Phantom? Ay, que esté tan corto. Uno está todavía en medio de la emoción, y de pronto... ¿ya fue todo? Bueno, siempre está la posibilidad de prolongarlo mediante los muchos minijuegos y las interesantes opciones en línea. Con el WiFi, uno puede enfrentarse en duelos con amigos o desconocidos (algo que la verdad no me gusta) o enviarles regalos (los tesoros que nos encontremos, y que en diferentes consolas tienen diferente valor).
Este juego sin duda es una opción perfecta para las vacaciones navideñas... lástima que yo me lo acabé antes.

Recomendaciones: Perfecto para seguidores de Zelda y recién llegados por igual.

Abstenerse: La verdad, sólo si no tienen un Nintendo DS (y en ese caso, si son fans, échenle un ojo a la edición especial conmemorativa, en Amazon).
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