miércoles, junio 04, 2008

Reseña de película: Las Crónicas de Narnia: El príncipe Caspian


Las Crónicas de Narnia: El príncipe Caspian

Director: Andrew Adamson

Intérpretes: Ben Barnes, Georgie Henley, Skandar Keynes, William Moseley, Anna Popplewell, Sergio Castellitto, Peter Dinklage, Pierfrancesco Favino, Damián Alcázar, Warwick Davis, Vincent Grass, Alicia Borrachero.

Lo bueno: Los personajes, las actuaciones, las secuencias de batalla.

Lo malo: La adaptación.


La decepción personal: ¡Eliminaron mi escena favorita!

El cliché: ¿Susan y Caspian...?


Calificación: ****

En una relación, lo mínimo que uno puede esperar es fidelidad, ¿de acuerdo? Y más cuando en el pasado la pareja se ha llevado y visto más o menos bien. En este caso, puesto que los noviecitos en cuestión son Narnia y el Cine, uno se pregunta por qué el director Andrew Adamson pasó por alto esta regla elemental. Tan bien que íbamos en la primera película...

La respuesta no sería difícil: mucho de la Narnia de C.S. Lewis resulta demasiado extravagante para el cine, y más para los públicos contemporáneos y los cánones de lo políticamente correcto. Lo curioso de El príncipe Caspian es que su adaptación parece irse por una tercera vía. Intentemos ver si eso ayudó, o, por el contrario, hundió las cosas.

Primero la historia: ha pasado un año desde que los hermanos Pevensie estuvieran en Narnia, pero para esta tierra de ensueño han transcurrido más de mil. Los antiguos narnianos viven escondidos, los animales se han vuelto salvajes y la tierra está ahora en manos de una raza humana intrusa, los telmarinos. Aslan, desaparecido también, ahora no es más que tema de leyendas y supersticiones.

En su castillo, el tirano Miraz (Sergio Castellitto), soberano de Narnia por usurpación, mantiene encerrado a su sobrino Caspian (Ben Barnes), legítimo heredero del trono, sólo porque no sabe qué hacer con él; hasta que con el nacimiento de su hijo varón se convence de eliminarlo. El príncipe Caspian, que ha sido criado en las antiguas creencias y la fe en Aslan (bueno, de eso nos enteramos si hemos leído la novela), consigue escapar gracias al oportuno aviso de su tutor, el doctor Cornelius (Vincent Grass).

En su huída, se tropieza con los antiguos narnianos, y hace sonar el cuerno de la reina Susan que, según se dice, podrá traer de vuelta en momentos de necesidad a los cuatro grandes reyes de Narnia... en efecto, los hermanos Pevensie, que en ese preciso instante esperan en una estación de tren sin la menor idea de que su aventura está por recomenzar.

La película es muy emocionante, con buen ritmo y excelentes actuaciones... pero en cuanto al desarrollo de la trama, se siente como un elástico viejo: muy estirado en partes y en tramos hecha nudos para evitar que se suelte. Mientras que una buena parte de la historia original está comprimida hasta volverse irreconocible, el resto de las más de dos horas de duración se rellena con elementos ajenos, aunque más al gusto de las audiencias de ahora; más batallas y suspenso, intrigas políticas de la mano de Lord Sopespian (Demián Alcázar) y el general Glozelle (Pierfrancesco Favino), dos personajes que apenas tienen presencia en la novela; rivalidad entre Peter (William Moseley) y Caspian, y un forzadísimo intento de romance de éste y Susan (Anna Popplewell); pero bueno, ¿es que Hollywood no puede concebir que un chico y una chica se conozcan sin que ocurra nada más?

Entre estos estira y afloja se quedaría perdida (no hay mucho espacio para una versión del director) mi escena favorita de la novela. En ella, Aslan, con Susan y Lucy, recorre las calles de una pequeña ciudad telmarina y va reuniendo su ejército en medio de una especie de baile, presidida por el dios Baco y sus no muy sobrios acompañantes. Todo el conjunto, con simbolismo incluído, me hacía pensar siempre en la canción irlandesa El Señor de la Danza, sips, la que inspiró el musical, un poquito más antigua que Jesucristo Superestrella y, la verdad, con un sentido más puro. Si se saben la tonada, pueden tararear la letra: Dance, dance, wherever you may be; I am the Lord of the Dance, said He; and I’ll lead you all whererver you may be and I’ll lead you all to the dance, said He...

En cierto momento, la comitiva pasa por una escuela donde una maestra le da clases de aritmética a un hatajo de mocosos intragables; Aslan la invita a seguirlos con la mirada, y ella se niega porque tiene mucho trabajo; de pronto, los horrendos estudiantes se convierten en cerditos, y la maestra puede unirse al grupo del buen león. Ah, esta escena me pareció deliciosa... y espero que mis alumnos no se sientan aludidos; muchachos, ya saben que los quiero.

Ya haciendo a un lado la adaptación y sus males, la cinta tiene muchos puntos rescatables y francamente buenos; lo suficiente como para que a esta película le otorguemos cuatro estrellitas: Las escenas de batalla a gran escala están excelentes, pero no le ganan a una climática: el combate singular entre Peter y Miraz. La música de Harry Gregson-Williams es otro plus. Pero sin duda son las actuaciones y las caracterizaciones, como en la primera; los personajes, aun con diálogos añadidos y escenas extra, conservan el espíritu de la novela original de la cabeza a los pies. Con el papel protagónico lleva la batuta Ben Barnes, un chico muy bello por cierto aunque algo mayorcito como para hacer de adolescente; de los hermanos Pevensie, Edmund (Skandar Keynes) y Lucy (Georgie Henley) vuelven a robar cámara; el resto del elenco hace también un trabajo estupendo. Y ya para que se pueda hablar de una gran caracterización en un personaje de computadora, significa que la combinación entre guión, efectos y actuación fue bastante buena; ahí está Reepicheep (voz de Eddie Izzard), que sigue siendo mi guerrero narniano preferido y a quien colocaron punto menos que en charola de plata.

Recomendaciones: Funciona si son fans de Narnia y traen el purismo bajo. Si vieron la primera película y les agradó, probablemente les encantará también ésta. Un detalle: si no han leído los libros es posible que les guste más. Cierto dejo del “oscurecimiento” paulatino que sufrirá la historia de Narnia y que no está en la novela original comienza a percibirse aquí, y no sin motivo.

Abstenerse: Si nunca les interesó la primera película, no tienen por qué ver la secuela. Si El león, la bruja y el ropero les aburrió, la van a detestar. Si piensan que la mejor adaptación de un libro al cine es la que nunca se hace, la verdad ahórrense el costo del boleto.

lunes, junio 02, 2008

Shu, la valiente

Shu y yo durante una conferencia (fragmento de foto del periódico Imagen de Zacatecas).
Por ahora estoy ocultando mi cara; entonces no quería que nadie viera la de ella.


Ya estamos en junio, a mitad del año; seis meses que han pasado con tremenda lentitud si me doy cuenta que es, por una razón u otra, lo que he tenido que soportar sin mi Ibook G4 blanca, “Shu II”. Esta semana iré a recogerla al último técnico que la ha visto, probablemente con noticias de desahucio. Ya no estoy tan triste, porque ya lo he estado mucho tiempo. Continúo escribiendo desde “Shu”, mi Ibook G3 azul, que en todo este tiempo no se ha colgado una sola vez y que no tiene otra forma de comunicarse con una impresora o vía internet más que pasar archivos de y hacia otra computadora mediante una llave de USB.

Sin la valiente “Shu”, no sé cómo me las arreglaría con el trabajo y con mi blog... ¿Por qué fue que la cambié por la “Shu II”? Creo que ya les había contado algo: porque se estaba poniendo lenta con ciertas aplicaciones, porque su CD Rom estaba descompuesto y porque siempre la consideré fea y me moría de envidia cuando veía gente con una G4 blanca ... En este tiempo, sin duda, he recibido más lecciones de humildad y paciencia de las que hubiera considerado necesarias, aun para mi pésimo carácter.

Junio ha llegado, por otro lado, muy rápido para todos los proyectos e ideas que tenía; por lo pronto nada ha cuajado, y estoy empezando a temer que el 2008 terminará igual que como empezó, sólo que con más cansancio y menos esperanza; este año nos ha llovido y es probable que vengan más tormentas. Así que no queda de otra más que cubrirse con algo y continuar en medida de lo posible, alejarse de los árboles cuando haya rayos y no acobardarse con las primeras gotas de un nuevo chubasco.

¡Gracias a Dios por los impermeables! “Shu” se ha ganado a pulso el título de gabardina principal, y el cariño de mi familia y amigos forma resistentes toldos para el camino. La música de Susumu Hirasawa, en especial los temas de su disco Technique of Relief, es vitamina C de alta calidad que uno puede tomar antes y después de las remojadas. Y hace poquito acaba de llegar a la casa de ustedes un paraguas nuevo que me ha dado mucha alegría en los momentos de tribulación; para mayores señas, es portátil, negro, y en alguna parte lleva una marca japonesa. Ah, y conseguido a un precio muy decente... casi la mitad de como suele hallarse en tiendas. Ya hablaremos de él en una de las próximas reseñas.

No todos los objetivos que puse para La Casa en mayo se cumplieron; bueno, vamos a moverlos para este mes. Con lo que he estado reescribiendo de la serie de los “Veinte años”, resulta que entre el capítulo 6 que subí el pasado jueves (ejem... ¿alguien más notó que los calendarios de Blogspot no estaban funcionando bien desde hace unas dos semanas? Con razón tuve problemas para programar entradas) y el 7 tal y como era salió uno nuevo. Tanto el 6 como el 7 originales tienen ahora más información, y lo que tuve que recortar de ambos se acomoda en un intermedio que pondré esta semana. En resumen, que “Veinte años” tendrá 12 capítulos en lugar de los 11 programados y si hubiera que agregar algo, lo haremos como anexos (calculo que de éstos habrá uno o dos). Para no quedar mal con nadie, seguimos con el ritmo semanal; mientras tanto, la próxima serie de especiales, dedicada a Suikoden, sigue en preparación.

Voy a estar actualizando con frecuencia; espero hacerlo unas tres veces a la semana cuando menos, a menos que me lo impidan causas de fuerza mayor. Cuando halle alguna forma de leer los archivos de "Shu II", habrá suficiente material atrasado del escritorio (y varias recetas de cocina) para ponernos al corriente.

Un saludo a todos y muchas gracias por seguir visitando la casa de ustedes.

domingo, junio 01, 2008

Reseña de película: Las Crónicas de Narnia: El león, la bruja y el ropero

Esta reseña la publiqué en la lista de correos de la Sociedad Tolkiendili de México, recién salida la primera película de Narnia en cine. La estoy reciclando aquí para darle continuidad a la de Príncipe Caspian, que acabo de hacer, y que les pondré aquí mañana o pasado mañana. Espero que ambas les gusten.



Las Crónicas de Narnia:
El león, la bruja y el ropero


Director: Andrew Adamson

Intérpretes: Georgie Henley, William Moseley, Skandar Keynes, Anna Popplewell, Tilda Swinton.

Lo bueno: La adaptación en general; perfecto equilibrio entre lo tradicional y lo moderno.

Lo mejor: Las actuaciones.


Lo malo: Defectos de origen; por fortuna ninguno lo suficientemente grave como para echar a perder la experiencia.

Calificación: *****

Tengo que advertirles, antes que nada, que no soy muy fan de los libros de Narnia que digamos... de hecho, C.S. Lewis me gusta más como ensayista que como novelista, pero como sea, fui a ver esta película con bastante emoción contenida. ¿Qué les puedo decir? Hacía mucho, pero muchísimo tiempo que el cine no me impresionaba de esta manera.

No fueron los efectos especiales (impecables), ni los
escenarios (magníficos), ni la adaptación de la historia (muy buena, con todo y dos que tres detallitos, como un cambio de nombre que me pareció innecesario y ciertas escenas comprimidas), ni las actuaciones (brillantes). Creo que fue la gente. Voy a repetir la película en cine sólo para observar el efecto que causa en el público (porque no había visto nada semejante desde que mi director ex-favorito Terry Gilliam se le vendió al cine gringo intelectualoide). Intentemos descubrir qué fue lo que sucedió.

La película cuenta la historia de los niños Pevensie,
que, como refugiados de la Segunda Guerra Mundial, tienen que irse a vivir a la casa de campo de un excéntrico profesor. Durante un juego de escondidas, la menor de los niños, Lucy, descubre un viejo ropero... que resulta ser una puerta a un país fantástico, Narnia.

Eventualmente, sus hermanos Peter,
Susan y Edmond llegan también ahí, y se dan cuenta deque han sido arrancados de una guerra para meterse en otra: Narnia está bajo el dominio de Jadis, la Bruja Blanca, que ha sumido al mundo en un invierno eterno; y su enemigo, el león Aslan, ha regresado, todo como respuesta a cierta profecía en la que los cuatro niños tienen bastante que ver...

Tanto si ya leyeron el libro como si no, es seguro que la película les dejará un muy buen sabor de boca. El director Andrew Adamson tiene ya en su haber dos muy buenas películas del género (Shrek y Shrek 2) y sin duda es fan de la serie, o al menos se tomó la molestia de comprenderla muy bien (de sorprender que alguien tan anti-disneyano haya estado trabajando para la distribuidora Buena Vista).

La adaptación está hecha con tal delicadeza que dudo
mucho que inclusive los puristas tengan de qué quejarse. Las escenas añadidas al principio (el bombardeo sobre Londres) sentaron a la perfección el tono y la época de la historia*, y los momentos extra de conversación y juegos entre los hermanitos no movieron lo esencial del mensaje. Me dio gusto en especial que el director no suavizara las alegorías religiosas (y que tampoco se las embarrara a nadie en la cara, con todo que un cristiano va a captar infinidad de detallitos extra) y que no cayera en la tentación de ser políticamente correcto y poner a pelear a las dos niñas (aunque tuvo que meter alguna que otra figura femenina en las escenas de batalla).

Los escenarios están que quitan el aliento, al igual que todo el aspecto visual de la película. ** Los efectos especiales son de lo mejor: apenas se sienten. Y sí, la película podrá traer con algunos defectillos de origen, es decir, que vienen desde la novela original (hasta eso, el director los torea con habilidad): que si la historia es muy infantil, que si muy simple y obvia, que si a ratos se siente extravagante, medio sexista y hasta racista... Nada de esto la echa a perder.

Pero sin duda las actuaciones son el plato fuerte. La
altísima Tilda Swinton, impresionante como la Bruja Blanca (¿qué hubiera pasado si Nicole Kidman hubiera aceptado el trabajo?), y cada uno de los niños, están perfectos en su papel; en especial Georgie Henley como Lucy y Skandar Keynes como Edmond.

¿Qué fue lo más interesante de todo? En la función que me tocó,
al menos, fue que los niños comenzaron a aplaudirle al león en momentos clave. Yo pensaba que lo hacían por botaneársela; ¿qué otra cosa se me podría ocurrir si el cine estaba lleno de críos fastidiosos y que uno de ellos había gritado “esos son gays” cuando nos pasaron un comercial de una clínica de depilación con modelos físico- culturistas? Pero me di cuenta, para mi sorpresa, que la película había obrado su magia (muy al estilo del viejo Terry Gilliam), y que los aplausos eran DE EN SERIO. Y al final no sólo los niños aplaudieron. (Nunca aplaudo en el cine, pero me emociona que el resto del público lo haga).

Sin duda, no querrán perdérsela.



Recomendaciones
: Muy buena tanto para fans de la serie como para recién llegados; para cristianos y no cristianos, para niños igual que para adultos y en general para cualquiera que desee pasar un buen rato o ponerse a reflexionar y profundizar en los pequeños (y a veces muy obvios) mensajes sobre el bien y el mal, el amor, la amistad y el sacrificio.

Abstenerse: Amargados.

Notas:
* ¿Será que no estoy siendo muy objetiva que digamos? Cuando, hace poco más de diez años, adapté Narnia como escenario de juego de rol para unas actividades de media hora en un festival parecido a la feria del libro, en Guadalajara, partí de hecho de los bombardeos a Londres. Muy probablemente parte de mi alabanza a esta adaptación es porque yo la hubiera hecho igual. Vaya con el ego inflado... Eeeeennn fin... (que bueno que mis garras no tocaron esto, porque mi versión para el juego incluía, también, una verdadera revoltura de personajes de Narnia de diferentes épocas. Jadis siempre fue mi mejor opción de villana... había que combatirla aunque fuera como aliados del príncipe Caspian. Gulp).

** Y ya que en asuntos visuales andamos, he de confesar que fue hasta ayer en la película que por fin supe qué demonios era el Turkish Delight, y que me había imaginado al personaje llamado señor Tumnus (un fauno) como cualquier cosa... menos sexy. Y... ¡santo cielo! ¡El actor que lo interpretó (James McAvoy, bastante ordinario como Leto hijo de Paul Atreides en la miniserie Hijos de Dunas del Sci-Fi Channel) aquí está como para comérselo en birria!

Y hablando de escenarios y videojuegos, ¿conocen la serie de Mana, de la compañía japonesa Square paisajes y culturas tan dispares que uno se preguntaba? Cuando jugué el segundo de la serie para SuperNES (que de este lado del mundo se llamó Secret of Mana), algo que me llamó muchísimo la atención fueron sus escenarios. Lo primero que pensé, recuerdo, fue: “Ehhhh... ¿de casualidad esto no es Narnia?” No, no lo era; era el mundo de Mana y punto.

Pero Mana lo tenía todo: cómo estaban todas en el mismo sitio, un Santa Claus que no se sentía fuera de lugar, animales que hablaban, seres mitológicos en paella... Para cuando lo jugué sólo había leído El león, la bruja y el ropero, pero de ahí en adelante no pude imaginarme Narnia sin la estética rara, ecléctica y ajaponesada, de los juegos de Mana. El primer título que salió para Playstation 1, Legend of Mana, me hubiera encantado como modelo para esta película.

miércoles, mayo 28, 2008

Veinte años, antes y después. Parte 6


6. Descenso del Monte del Destino

You ask me where to begin
Am I so lost in my sin?
You ask me where did I fall
I'll say I can't tell you when

But if my spirit is lost

How will I find what is near?

Don't question, I'm not alone

Somehow I'll find my way home.


Jon & Vangelis, The Friends of Mr. Cairo

Una escuela horrible como aquella donde estuve tenía que hacer su efecto, tarde o temprano. Uno puede pasársela nadando en thinner y no disolverse, pero no hay que negar que el cuero se adelgaza un poco. Y de cuero delgado no se hacen escudos buenos.

Santo remedio, sin escudo y sin protección, pasé, ya cerca del final de la maldita prepa, por mucho sufrimiento que no voy a describir, al menos, en detalle. Lo único que voy a animarme a contarles es que la prestigiosa escuela donde estudié me recordaba a veces a un campo de concentración, no por las comparaciones más obvias de encierro y abuso, sino porque ahí se llevaba a cabo una destrucción SISTEMÁTICA de humanidad... para ser exactos, de carácter, personalidad y valores.

Una anécdota nada más al respecto: La institución iba a participar simultáneamente en certámenes interestatales de matemáticas y culturales; varios de mis compañeros y yo íbamos a participar. A los que iban para los concursos de matemáticas les dieron horas libres para prepararse, asesorías en la tarde y permisos para faltar a clase o no llevar tareas; los que nos inscribimos en los eventos culturales teníamos que arreglárnoslas como mejor pudiéramos, y a veces lo único que podíamos hacer era aprovechar los diez minutos libres entre clase y clase para trabajar. Yo estaba escribiendo una obra de teatro (tolkieniosa, en cierto modo, pero eso es otra historia). Entonces, me gustaba sentarme en primera fila en el salón, porque así me evitaba distracciones y también porque a esas alturas no me habían descubierto la miopía. Una vez, justo al principio de una clase con un maestro muy estricto que se enfurecía si hallaba en nuestro pupitre cualquier papel que no fuera de su materia, me encontraba tan concentrada corrigiendo el texto, que no me di cuenta de que los diez minutos ya se habían terminado y que el profesor estaba en el umbral. Cuando levanté la cabeza y me lo hallé casi cara a cara, del susto hice un movimiento brusco y mi borrador (varias hojas) se regó por todo el suelo. Cuando me lancé a recoger los papeles, el maestro no dijo nada; me dirigió una mirada de absoluto desprecio y caminó sobre ellos. Las huellas de sus zapatos quedaron pintadas en mi escrito.

¿Qué hace uno en estos casos? Bueno, volverse a Dios no está tan mal... aunque no es por sí solo una panacea.

Resulta que la biografía de la señora “Crabby” tenía depositado un detallito que ella misma no consideró de gran importancia, pero a mí me resultó una sorpresa muy agradable: Tolkien, mi autor favorito, había sido católico, igual que una servidora.

Soy de familia católica, y, aunque la verdad soy un ejemplo más bien pobre de esta religión, espero haber heredado el fenomenal enfoque de mis papás hacia la misma.

Pero el ser católico no le da a uno ninguna ventaja extra en este mundo, como a Tolkien mismo le tocó experimentar, y casi casi les diría que es una fuente segura de dificultades. Sobre todo si uno se toma lo de “católico” en serio.

¿Qué es un católico? Bueno, entre muchas definiciones, me gustaría usar la de Chesterton, porque es la que mejor refleja a Tolkien: que uno puede distinguir a un católico de entre otros cristianos porque los católicos no desprecian el uso de la razón. Al menos, así debería ser. Comprendo muy bien lo que ocurría con muchos de mis coetáneos en la escuela: siempre que me encontraba a alguno apartado de la religión de sus padres, me salía con la misma historia: “Pues resulta que yo era católico(a) y estaba bautizado(a) porque era la religión de mis papás; pero cuando crecí me empecé a cuestionar algunas cosas, y entonces...”

Mmmmmm... ¿así que “cuando crecí me empecé a cuestionar”...? Pregunta: ¿y por qué rayos se esperaron a crecer? Desde que comencé a ir al catecismo (pónganle ustedes a los nueve años), recuerdo que era un constante cuestionar y cuestionar. Que si por qué esto, que si tal dogma no parecía lógico, que cuál podría ser la explicación de tal cosa. Mis papás tuvieron buen cuidado de propiciar esos cuestionamientos, en lugar de apagarlos, y de responder a mis preguntas o mandarme a investigar por mi cuenta. Con la mala fama (no siempre injustificada) que se carga ahorita mi religión, sabían que si había que echar a otro insoportable católico a este mundo, mejor que se tratara de uno convencido. La única forma de convencerse de algo es ponerlo a prueba hasta que, o bien reviente, o bien demuestre que está hecho de acero puro.

La señora “Crabby” se limita a corear al biógrafo de Tolkien, Humphrey Carpenter, con eso de que el catolicismo de Tolkien estaba relacionado con su madre y el trauma de haberla perdido tan pronto, nada más. Equivocados, los dos.

Así que, ya se imaginarán, el hecho de que Tolkien fuera católico me proporcionó un consuelito extra en las dificultades y me hizo ver ESDLA con otros ojos. Pero, confieso, hubo momentos tan espantosos que ni siquiera mi religión me funcionaba, tal vez porque mi razón estaba también algo nublada. Lo suficiente para hacerme perder el rumbo y cometer alguna que otra tontería. El final del camino se veía tan lejos; “faltan 250 días”, “faltan 230 días”, se hacía constar en una libreta de notas de la que no me separaba, y donde iba marcando cuánto tiempo me faltaba para abandonar ese horrible lugar, junto con las razones de odio que proporcionara cada mañana. Traía el Anillo del pescuezo, y el Gran Ojo me observaba constantemente. No triunfarán para siempre, dijo Frodo. No triunfarán para siempre, me repetía, aunque cada vez con menos fe.

Al final, todo era cuestión de trepar al monte y arrojar el objeto. ¿A qué se dice fácil? Qué va. Ahora, si recuerdan cómo terminó la tarea de Frodo, no se les hará extraño que a veces el fracaso aparente se convierte en triunfo.

En esa escuela que les digo no era posible graduarse de la preparatoria. En serio. Uno terminaba los exámenes, recibía diploma de bachiller... y después tenía que darse de baja. Repito, es en serio. Las graduaciones ahí no existen sino hasta que uno termina una carrera, pues el sitio da por sentado que uno se quedará para la licenciatura. Para darme de baja después de tener el diploma a buen recaudo, entre otros requisitos, tuve que recolectar la firma de varias autoridades del plantel. Tras ir acumulando el papeleo necesario, levanté solemnemente la mano derecha en las narices de varias de esas autoridades, estiré los cuatro dedos que me quedaban (este detalle es broma, ¿de acuerdo?) y los cerré todos, menos el medio. Fue catártico.

La mañana siguiente me desperté con una sensación rara que en muchísimo tiempo no había experimentado: la de comenzar el día sin tener miedo. El Gran Ojo todavía estaba en alguna parte, muy pagado de sí mismo en su trono de fuego, alimentándose de las desdichas y desilusiones de otros como yo; pero mi asunto personal con él había terminado. Era hora de dejarlo atrás, y de dar gracias a Aquel que había tenido a bien sacarme del volcán por haberme proporcionado a tiempo un traje de asbesto a toda prueba: ese libro maravilloso del que hemos estado hablando. Aunque no tenía la más mínima idea de cuál iba a ser mi próximo camino y estaba lejos de encontrarme completamente bien, el cielo se veía claro. Sólo tenía una cosa segura: era hora también de regresar a mi hogar secundario, la Tierra Media. Auta i lómë. Aurë entuluva. Almacenado en mi librero, hojeado una y otra vez pero nunca recorrido, y en reserva desde que hacía muchas semanas me había sentido incapaz de leer una sola línea, me esperaba El Silmarillion.

Continuará...

martes, mayo 27, 2008

Manera sencillísima, muy higiénica y extremadamente sádica de matar cucarachas


¿Odiamos a las cucarachas? Oh, sí. Se reproducen como conejos. Se comportan como extraterrestres. Son tan descaradas como los mandriles y más resistentes a la contaminación, la comida chatarra y los regímenes totalitarios que los humanos. En otras palabras, son todo, menos cucarachas. ¿No es el mayor crimen de todos, y sujeto definitivo de la pena capital, andar siendo infiel a la propia naturaleza de uno? Por lo tanto las cucarachas merecen morir como... como cucarachas, pues. Que en la muerte tengan la dignidad y coherencia que jamás, jamás muestran en vida.

Ahora, matar cucarachas tiene sus inconvenientes: el insecticida huele mal y puede contaminar, aplastarlas significa esparcir entrañas insectiles por alguna superficie que preferiríamos limpia, y el famoso gis chino es una lata a menos que uno sea grafitero de corazón. Por consiguiente, aquí propondremos una forma distinta, novedosa y que a la vez garantiza higiene y una refinada tortura.

Se necesita:

  • Una cucaracha.
  • Una esponja.
  • Jabón de tocador perfumado.
  • Agua.
  • Periódico.
  • Trapeador.

1. Humedecer la esponja con el agua, y frotar con el jabón de tocador hasta hacer abundante espuma.

2. Localizar a la cucaracha. Estos bichejos no se irán corriendo si uno no les hace escándalo. Es mejor sorprenderlos cuando estén desprevenidos y quietecitos.

3. Oprimir la esponja, y dejar caer una buena cantidad de espuma sobre la cucaracha. Ésta, inmediatamente, tratará de huír. Si es posible y uno quiere quedarse a ver el final de la historia, acosarla y bloquearle sus rutas de salida con más espuma. Si no, el daño ya está hecho (sí, no me pregunten cómo, pero a las cucarachas las mata el jabón de tocador).

4. Si la cucaracha (como probablemente sucederá) se cae de una pared y queda panza arriba, seguirla cubriendo con espuma hasta que deje de moverse.

5. Recoger el cadáver con periódico, y finalmente trapear todos los restos de la lucha.

¡Listo! Sin ensuciar los zapatos, sin contaminar el medio ambiente, sin grafitear; superficie limpia y aromatizada. Y un poco de diversión más o menos inofensiva en el caso de que uno se quiera sentir Archibaldo de la Cruz. ¡Mueran las cucarachas!

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