jueves, agosto 20, 2009

Pijamas

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Era una mañana de jueves, el primer día de exámenes de fin de curso; mi autobús tardaba en pasar y yo no había estado lista precisamente temprano. De pronto, saltó a mi campo visual (y de paso al congestionado carril lateral de la avenida) un señor muy raro: tenía la cabeza rapada y señales de alguna enfermedad innombrable en el cuero cabelludo, y estaba vestido de pies a cabeza con prendas de mujer. No, no se parecía en absoluto a un chico que se había sentado junto a mí en el transporte tres o cuatro días antes (pelo planchado, playera ajustadísima y mucho rímel en las pestañas); este señor traía una blusa de terciopelo rojo, los pantalones de una pijama de figuritas, calcetines y pantuflas violeta, y se cubría del frío matinal con una bata de satín color crema. Se movía como inclinándose, un hombro más encorvado que el otro, la comisura de los labios torcida para el mismo lado, y la mirada perdida. Para empeorar las cosas, medía fácil un metro noventa de estatura.

La primera reacción de mi propio metro y medio fue encogerse aún más, músculos tensos listos para huír o correr... y luego escurrirme hacia un lado y fingir que no estaba ocurriendo nada delante de mis ojos. Fingir que no oía el irritante cláxon de un irritado conductor que por poco había atropellado al individuo. Fingir que no sentí un profundo alivio cuando el señor se acercó a tomar una ruta que no era la mía, que el estómago no me dolió de pasmo y otra vez miedecillo cuando el autobús le cerró la puerta en la cara y él, desconcertado, se fue aproximando hacia mí...

Dos segundos más tarde, al señor raro se le iluminó la cara, y su boca torcida escupió una especie de saludo. Instintivamente me giré, y vi que otro señor, pero de aspecto más que normal (anteojos, camisa blanca, pantalón de gabardina gris y portafolios viejo) se acercaba al de la pijama, le ponía una mano en el hombro y lo acompañaba a la parada; el conductor ya no pudo negar la entrada a la unidad. Pero el señor de pijama todavía se dio el lujo de cederle el paso, con mucha amabilidad, al que lo había saludado, a dos señoras y a un niño.

Santo cielo, vaya manera de despertarse después haber pasado más o menos doce horas dándole vuelta a las propias desdichas.

6 comentarios:

Kitsune dijo...

O_O

Raven Lausleahleahhann dijo...

Sí, sí. Quién sabe qué hay en las vidas de los demás, por eso es muy injusto juzgar sólo por las apariencias. Al menos, al parecer, no era un loco de esos agresivos que escupen o golpean.

Petrus Angelorum dijo...

Creo que alguna vez Paco Calderon se quejaba que la realidad era fantasiosa que sus caricaturas.

Suldyn dijo...

Aisling!

Aprovecho este comentario para mandarte un fuerte abrazo. Hace rato que no estamos en contacto, al menos no como antes, pero no creas que dejo de visitar tu casa.

Actualmente, en ratitos que puedo, estoy jugando el Suikoden Tierkreis y, lo que llevo me está gustando bastante, ya veremos después.

Muchos saludos!!

Ricardo García Paredes dijo...

Espera, como puedes juzgar a alguien nada mas por usar pijama en la calle Ò__Ó

.___. Yo tambien lo habría hecho xDDD jejeje

Muchas fueron las ocaciones en que una patrulla me estuvo a punto de levantar no'mas por andar en pijama, claro traia el cabello largo, mal cuidado, con la barba sin rasurar, y con la cara de dormido por tanta desvelada 9 u 9

Ahora no salgo así a la calle, porque en mi trabajo me corren n. nU Excepto los domingos, esos días son para descansar como se debe = w =

Hector Fragoso dijo...

¿Pero fue un sueño? Que manera más colorida de presentarse tiene la desdicha en tus sueños

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