viernes, diciembre 31, 2010

JiDai

Este año que termina, 2010, he escrito en mi blog mucho menos de lo que acostumbraba. Han pasado muchas cosas que aún tengo que contarles (y lo voy a hacer); pero hay una de ellas que quisiera compartirles en especial, a ustedes que me siguen leyendo a pesar de todo.

Este final de año me tiene muy asustada, pero por razones que no se justifican: tan acostumbrada estuve, en otros tiempos, a escarbar en busca de esperanzas hasta que me sangraran los dedos, que no entiendo cómo es que mis esperanzas nuevas están al ras del suelo, como puestas ahí nada más, como si me las hubieran dejado servidas en bandeja. Estoy asustada porque va a ser el primer inicio de año en un largo, largo tiempo, que no traigo el corazón velado por la desdicha y con el único deseo de resistir, sin irse ni quedarse. Como si el 2010, a pesar de todas sus dificultades y dolores, hubiera sido un verdadero principio de algo más. Me da miedo enfrentar nuevas situaciones... o que alguien me de un buen pellizco y me despierte a la realidad de antes.

Al mismo tiempo, hay algo que me angustia: muchas personas  a mi alrededor, a quienes quiero y aprecio de verdad, están sufriendo penas que antes no los habían tocado ni de cerca. De cuando en cuando me atrapa la paranoia y pienso que si no estarán pasándola mal porque yo dejé de hacerlo. Mi optimismo recién descubierto tiene  esos dientecillos afilados y maliciosos. 

Sé lo difíciles que pueden llegar a ser estas fechas; el desánimo, la soledad, la desesperación que pueden llegar hasta uno. Lo sé por experiencia, créanme. Y aunque mis experiencias no son punto de comparación para las de quienes han perdido más seres queridos, más amigos, amor, trabajo, respeto por sí mismos, bienes, recuerdos, propósitos y ánimo, quisiera dejar como último post del año una canción que me daba por tararear en mis momentos difíciles y que de casualidad le dio nombre a mi ya viejita computadora Macbook que me acompaña aún en este momento con ustedes: JiDai, de Miyuki Nakajima.

Alguna vez les puse un link a esta canción, me parece; pero creo que entonces no tenía una traducción completa a la mano. El video que les pongo a continuación está en japonés con subtítulos en inglés; yo no entiendo japonés, así que me he puesto a traducir con toda humildad los subtítulos que acompañan el video. Espero que esta canción les dé las fuerzas para continuar que me dio a mí, cuando tanto me hacían falta. Dios los bendiga a todos y que pasen muy feliz año nuevo. 


Traducción de los subtítulos:

Ahora estamos tan tristes que se nos han acabado las lágrimas
Y creemos que jamás podremos volver a sonreír.

Pero en algún momento llegará el día en el que podremos decir:
“Me acuerdo cómo me sentía entonces.
Sí, recuerdo aquella vez”.
Y sonreír mientras hablamos.

Así que no pensemos demasiado en el presente.
Dejemos nada más que el viento de hoy nos sople encima.

Vueltas y vueltas, el tiempo da vueltas.
Las felicidades y tristezas se repiten y repiten.

Hasta los amantes que hoy se separan
volverán a nacer y a reencontrarse.

La gente que no deja de viajar
debe confiar, cuando se abre la puerta
que algún día de nuevo estarán en casa,
incluso si hoy se pierden.
Incluso si hoy cae una lluvia fría interminable.

Vueltas y vueltas, el tiempo de vueltas.
Las despedidas y los encuentros se repiten y repiten.

Los viajeros que hoy caigan
volverán a nacer y empezarán a caminar de nuevo.

Vueltas y vueltas, el tiempo da vueltas.
Las despedidas y los encuentros se repiten y repiten.

Los viajeros que hoy caigan
volverán a nacer y empezarán a caminar de nuevo.

Los viajeros que hoy caigan
volverán a nacer y empezarán a caminar de nuevo.

miércoles, diciembre 15, 2010

A la orilla de las aguas

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Un día como hoy, pero de 1995, Konami lanzó en Japón lo que sería uno de los primeros RPG para la nueva consola de Sony, Playstation: Genso Suikoden. Esta obra, creada principalmente por Yoshitaka Murayama, sería también el inicio de una de las series más entrañables y conmovedoras que alguna vez aparecieron en la historia de los videojuegos. Lástima que por su aspecto más bien sencillo y lo poco que apostaron por él los distribuidores fuera de su país de origen no fuera tan popular como, digamos, Final Fantasy (a pesar de que, la verdad sea dicha, los Suikoden superan en profundidad, complejidad e inteligencia a cualquier Final). Pero ni modo; así son los juegos de culto. Indispensables para un número limitado de personas y pasados por alto en el resto del mundo.

Hace mucho tiempo que no actualizaba el blog, y sinceramente quiero cambiar esto sobre todo para el año que entra (este 2010 se puso especialmente difícil); dejé pasar fechas importantes en las que siempre subo algo, como el 12 de octubre que procuro dedicar al Batallón de San Patricio o incluso el 18 de noviembre, en el que la casa de ustedes cumplió tres añitos de vida (aún se vale felicitar, ¿eh?, que hemos hecho lo posible para que la casa no se caiga). Pero no siempre sucede que la saga favorita de uno cumple 15 años de vida. Así que no quisiera dejar ir el día sin poner algo. Primero, esa imagen tan bonita que tengo de portada y que conseguí de un sitio de recopilaciones que por desgracia no hace constar autores; segundo, quisiera enviar ciento ocho abrazos y todo el cariño del mundo a mis amigos que son también seguidores de Suikoden: a Alphanubis, quien me la presentó cuando yo era una convencida de la otra franquicia; a Azevrec, porque a pesar de las dificultades (algunas incluso con las mismas personas de Konami) me ha seguido la corriente de esta locura; a Chiisa, que con gran entusiasmo y frescura mantiene viva su afición; a Nanami y Winds, que siempre tienen hallazgos por compartir; a Pei, que ama la saga tanto como yo; a Suldyn, que me encanta cuando habla de ella; a todos los que siguen los blogs de ellos y que nos han nutrido y divertido con sus comentarios y conversación; a Ber, a Maic, a Pepe y a Snake que, creo, no tienen blog, pero sé que igual nos leen y adoran la serie; a Hellnike, que leyó el manga del III y se enamoró de él; y, finalmente y por temor a que me falte alguien, a todas las personas lindas que he llegado a conocer en los foros de Due Fiumi, Suikocastle, el desaparecido Konami RPG Stars y Tokyopop. 

No sé qué más información podría poner sobre Suikoden que no haya volcado antes en mi especial Suikosaga (ya sé que aún tengo que reseñar Suikoden Tierkreis, pero como todavía no juego este título, les pido paciencia), así que como tercer detalle y regalo para ustedes, se me ocurrió traducir unos fragmentos del prefacio de la novela Shui Hu Zhuan (de la versión inglesa de Pearl S. Buck, con su gramática rarita), novela china clásica en la que está basada esta serie de videojuegos. Shui Hu Zhuan se lee como Sui-Ko-Den en japonés, y significa algo así como "A la orilla de las aguas". 

En estos fragmentos, el autor Shi Nai-An reflexiona en que escribió ese libro para registrar las historias que le gustaba platicar con sus amigos. A ratos parece que pierde piso y comienza a divagar. Pero resulta interesante lo que dice del tiempo, de la amistad, y una casi, casi defensa de la ficción como la mejor forma para expresar los sentimientos.



 Tres fragmentos del Shui Hu Zhuan, por Shi Nai-An

Traducción: Yours Truly. 


"Cuando recién se levanta el sol, y brilla pálido, nos lavamos la cabeza y el rostro,  nos atamos un pañuelo a la frente, tomamos comida, un bocado de esto y otro de aquello, y una vez que hemos terminado con estas tareas, nos levantamos a preguntar “¿Ya es mediodía?”. Pero el mediodía ya ha llegado desde hace tiempo. Así es como ocurre en las horas antes del mediodía. De la misma forma pasan después. Y un día termina. ¿En qué se diferencia esto de cuando pasan cien años? Si pensamos en ello no hay más que tristeza. ¿Dónde encontrar la alegría? Siempre me ha asombrado que la gente diga “¿cuál será la edad de ése este año? ¿Cuántos años ha pasado en el mundo?”... ¿Qué significa eso de “cuántos”? Son años pasados. ¿Acaso podría alguien regresar y contarlos? ¿Quién puede ver aquello que ha transcurrido y se ha marchado? Ya se ha ido. Incluso en el momento en el que termino esta frase, el tiempo que ha pasado mientras la redactaba se ha ido. ¡Gran pena para el corazón!"

"De todas las alegrías ninguna trae más placer que la amistad, y la parte más disfrutable de la amistad es una plática tranquila entre amigos. ¿Quién pudiera negar esto? Pero no siempre ha sido fácil para mí ganarme esta clase de compañía. A veces el viento sopla y hace frío; a veces llueve y el camino se llena de barro; a veces estoy enfermo; a veces cuando voy a buscar a mis amigos ellos no están y los extraño. En esas circunstancias siento que estoy en prisión."



"Cuando vienen mis amigos no siempre toman vino; si quieren lo hacen, pero no tienen que hacerlo si no es su deseo... cada hombre decide por sí mismo. Nuestra felicidad no depende del vino. Nuestro deleite es la conversación. Lo que discutimos no son los problemas del país. La razón de esto no es sólo que siento que está bien conservar mi humilde postura, sino que nuestro lugar está lejos de los asuntos de estado,  y las noticias políticas no son más que rumores y los rumores jamás son ciertos y hablar de ellos es un desperdicio de saliva. Tampoco hablamos de los pecados de las personas. Los hombres bajo el cielo no tenían pecados en un principio y no debemos calumniarlos. Lo que hablamos no debería asustar a nadie. Lo que quiero es que la gente entienda con facilidad de lo que hablo, aunque después de todo no consigan comprenderlo, porque de lo que quiero hablar es de algo que jamás han viso u oído, y además cada hombre está enfocado en sus propios asuntos."

viernes, diciembre 03, 2010

Hallazgos y recomendaciones de FIL 2010

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No he actualizado el blog como es debido en estos últimos días, pero no quería dejar pasar más tiempo sin ponerles mi lista de hallazgos y recomendaciones para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Más adelante, con más calma, me pondré a contarles algunas anécdotas y, por supuesto, frases ingeniosas pescadas al aire. Si andan por Guadalajara en estos días, espero que lo siguiente les sea de utilidad.

Les recomiendo primero visitar el área internacional, donde se encuentran las ofertas más tentadoras. Eso sí; hay que buscar bien.

  • La distribuidora Azteca (pasillo LL) trae los libros de arte y novelas gráficas de costumbre, todos carérrimos. Si hay dinero de sobra, se puede invertir en los comics de Corto Maltés y en Persépolis y la otra novela de Marjane Satrapi.
  • Pero Azteca extendió sus dominios hasta el stand LL 13, y puso varios libros de Ediciones Alejandría a precios tan bajos como 50 y 70 pesos. Los mismos que en la Librería Colofón del área nacional cuestan cuatro o cinco veces más.
  • En la distribuidora Edmax (pasillo MM) hay montones de películas, comerciales, de culto, documentales y de todo, a precios muy accesibles, de treinta y tantos a cien pesos. Conseguimos ahí La Flauta Mágica de Ingmar Bergman.
  • La distribuidora Asgard, en el pasillo HH, trae una de las mejores novelas de fantasía que le han tocado a una servidora: Las puertas de Anubis de Tim Powers. También tienen algunos ejemplares de Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin.
  • No hay que olvidarse de pasar por la Estación Bolsillo, donde podrán conseguir algunos títulos de otros puestos en tapa blanda y mejor precio.
  • En el stand de Global Book encontrarán un buen surtido de material en inglés, en especial novelas gráficas como la recientemente popular The Walking Dead, y algunos preciosos libros de ilustración como The Art of Capcom by Udon. No están baratos pero al menos el precio no está inflado como ocurrió el año anterior.
  • Dastin Ediciones, en el stand KK36, trae nuevamente saldos de editoriales españolas. Entre las curiosidades más interesantes podemos hallar una edición íntegra y bien traducida de Beowulf y dos libros de Philip Reeve: Máquinas mortales y La sombra del torturador, que se mueven en el género steampunk. Todo a menos de cien pesos.

Pasemos ahora al área nacional.

  • La librería Parroquial de Clavería trae nuevamente sus novelitas fantásticas y juveniles a sólo 10 pesos. Si evitan las editoriales religiosas por hábito, están en un error, pues en muchas pueden hallarse ofertas así de interesantes. Obvio que los libros son saldos, y me pregunto qué ocurrirá el día que se les acaben; pero mientras tanto hay que aprovechar para quedarse con Doneval y Favila, de Graham Dunstan Martin, contemporáneo de Tolkien.
  • En esta misma tienda, por 600 y pico pesos, pueden adquirir la biografía de John Henry Newman escrita por Ian Ker. Es muy linda, pero el precio al menos para mí está imposible. Una servidora tuvo la gracia de colaborar como traductora negra (entre varias personas más) de esta obra. Me había apuntado como voluntaria pero finalmente se me pagó, y muy bien. La parte no monetaria pero igualmente valiosa de la recompensa que recibí fue una frase de una de las traductoras principales: “De haberte conocido antes, te hubiéramos dejado a ti todo el libro”; y el que alguien me considerara digna de verter en mi lengua nativa las palabras de Newman, aparecidas en citas aquí y allá, que me consolaron en tiempos difíciles y fueron el equivalente de besos en un alma medio rota.
  • En el pasillo L, Editorial Sexto Piso trae muy buenas obras ilustradas; a destacar varios cuentos de Solomon Kane y una novela gráfica de Moby Dick. El precio sería el único inconveniente.
  • En Grupo Editorial Anaya se pueden hallar varias ofertas de libros fantásticos a 50 pesos, como La espada rota de Poul Anderson, una buena y muy seria novela de fantasía con un final tan malito que casi la convierte en comedia; y Manuscrito hallado en Zaragoza.
  • Ediciones B trae sus mismos libros de fantasía en oferta del año pasado; los Cuentos Completos de Isaac Asimov y la muy interesante novela Vencer al dragón de Barbara Hambly serían mi recomendación principal, pero no la única.
  • Editorial Océano tiene un libro absolutamente fenomenal: la novela gráfica de El principito de Saint-Exupéry, adaptada y dibujada por Joann Sfer. Ningún fan de la obra original debería perdérsela. Las agonizantes glorias de Harry Potter y las efímeras de Percy Jackson también están aquí.
  • Ya que hablamos de glorias agonizantes y efímeras, Grupo Santillana dio con una mina de oro cuando su elitista y según eso sinónimo de calidad Editorial Alfaguara publicó la saga de Crepúsculo (no que no hubieran sacado basura antes). Pero como ya vieron que lo juvenil rarito pega, tienen ahí la novelita que intentan también poner de moda, Monster High. Si quieren algo bueno, mejor busquen en el mismo stand las obras de Joe Hill, el hijo de Stephen King.
  • Y sigamos con Stephen King: pueden hallar prácticamente todo lo de él en Random House Mondadori, en bolsillo y hasta en mesa de ofertas. Si Eragon no los ha hecho bostezar aún, completen aquí su colección.
  • El stand de Conaculta trae, en versión rústica y tapa dura, la adaptación de Beowulf que ya les había recomendado. Lo más bonito que hay aquí son sin duda los libros para niños, y una servidora se dedicó a escarbar algunos sobre la historia de México, mi penúltima obsesión del año.
  • Si pasan por Editorial Planeta buscando cosas de fantasía y ciencia ficción, quedan prevenidos: trajeron lo mismo del año pasado, pero al triple de caro. Por ahora promocionan los libros de Narnia.
  • Editorial Juventud es engañosa; muchos libros juveniles en el stand. Pero si se acercan lo suficiente (y cuentan con una buena cantidad de dinero), vayan por los diccionarios. Son excelentes para traductores.
  • El stand de Ediciones SM sigue, como todos los años, lleno de libros interesantes a precios accesibles (siempre y cuando no se trate de sus ediciones a tapa dura). Si son fans de la fantasía de Laura Gallego (una servidora todavía no) les alegrará ver una mesa prácticamente dedicada a ella, y saber que su saga Memorias de Idhún está siendo adaptada a novela gráfica. De hecho, SM apuesta fuerte por este tipo de material, y tienen adaptaciones de obras como Hamlet, Romeo y Julieta y Fuenteovejuna en formato de comic o librito ilustrado. Nada malos.
  • En el mismo stand pueden hallar una novedad: Los viajeros, antología de la ciencia ficción mexicana de Bernardo Fernández, BEF, que sería excelente a no ser por la desafortunada (aunque casi juraría que intencional) omisión de Gabriel Benítez, autor de la novelita finalista del premio Ignotus Fluyan mis lágrimas, publicada por Grupo Editorial Ajec en España. De todas maneras, para que veamos que el panorama del género en México es muy amplio, esta antología incluye el que, para una servidora, es el segundo peor cuento de ciencia ficción jamás escrito en nuestro país (el primero es del mismo autor). No voy a decir cuál es; ustedes lo sabrán de inmediato cuando lo lean.
Y bueno, esas son las recomendaciones; mil disculpas por haber tardado tanto en subirlas. Más de la FIL en los días por venir.

domingo, noviembre 14, 2010

Otra (menos desquiciada) aventura en la biblioteca



Tener reflexión histórica, no solamente datos históricos [...]
Pero si estos datos no nos invitan a la reflexión, a la
identidad histórica y a la identidad como nación,
no nos sirven de nada.

Sandra Molina, historiadora.


Desde el pasado mes de octubre (más o menos) comenzó a nacerme un interés... ok, dejemos por la paz los eufemismos... obsesión, por una figura histórica mexicana, la del general insurgente (y primer presidente de México) Guadalupe Victoria. Las razones ya las discutiremos después; lo mismo, si gustan, los detalles y los objetivos. Por lo pronto aún ignoro si me pegó el fervor del Bicentenario (la celebración nacional de los doscientos años del inicio de la lucha armada que llevaría a México a su independencia) o si el asunto tuvo que ver con mi cambio de trabajo y el repentino descubrimiento de que la felicidad puede hacer daño cuando el organismo de uno se ha acostumbrado a la desdicha.


Como sea, el asunto es que comencé por leer una novela sobre este personaje, Victoria, de Eugenio Aguirre. Después conseguí una biografía más seria pero mucho más parca escrita por la historiadora Carmen Saucedo. Entre uno título y otro fue a meterse a la casa de ustedes toda una sarta de libritos gordos, delgados, caros o económicos, todos sobre la guerra de Independencia y sus protagonistas. Me propuse no reseñar ninguno de ellos pero algunas circunstancias han empezado a cambiar mi opinión. Pero no es esto de lo que quiero contarles ahora, sino de la breve y menos trágica aventura a la que me empujó esa “necesidad” de información (como muy atinadamente lo puso la señorita C., de coordinación académica en mi nueva escuela) de vuelta en la biblioteca Iberoamericana.

Por esto que pongo, y por lo que les relaté en mi experiencia pasada, ya se imaginarán que no soy muy amante que digamos de visitar las bibliotecas públicas. Por desgracia, no tengo en casa todos los libros que quisiera y hay más libros que aún no descubro que quiero. Pero ya que esta segunda experiencia fue muchísmo más placentera que la otra, no dudo que mis visitas se harán frecuentes.

Mucho preámbulo para lo que viene, pero por favor aguanten un poco, y viajen conmigo al miércoles pasado. Si de casualidad descubren algo en mi periplo que yo no haya visto, les agradecería que me lo hicieran saber.


Miércoles, 10 de noviembre de 2010

Voy en transporte público hacia el centro de Guadalajara. Mi reproductor de MP3 ha estado llenándome los oídos, desde hace la más o menos media hora cuando abordé el camión, con Carmina Burana de Carl Orff; traigo algunas melodías pegadas desde ayer y no dudo que haya espantado a mis compañeros de viaje al tararear dos que tres. Cuando me bajo del autobús estoy por exclamar “Ave formosisima”. Casi se me olvida que este transporte ha cambiado de ruta, y que si me descuido me dejará mucho muy lejos de mi objetivo.

Estoy tan nerviosa que el corazón me da de golpes en el pecho. ¿Pero qué rayos sucede?, me pregunto. ¿Nerviosa por qué motivo? Ni yo misma entiendo. La última vez que intenté razonarlo, me acordé de que cuando viajé a conocer Irlanda hace ya más de quince años, mi mamá se mostró preocupada de que el encuentro me fuera a decepcionar. “Puede que Irlanda no sea como tú te la imaginas”, me dijo. “La has idealizado mucho”. Intenté hallar la conexión y no me pareció tan descabellada. “Lo que pasa es que tengo miedo de encontrar algo sobre el general Victoria que no me agrade”, me dije. ¿Será eso la razón de que las manos me estén sudando a pesar del frío, que sienta ese ligerísimo temblor en las yemas de los dedos?

No creo, sin embargo, que la palabra “idealizar” sea lo más apropiado para esta situación. Cuando se trata de los próceres nacionales, “idealizar” es todo lo que se hace en la educación básica mexicana. Se nos muestra a nuestros héroes nacionales a la manera de solemnes estatuas a las que hay que tenerles un respeto forzado que con el tiempo, por desgracia, se va transformando en indiferencia. La misma, mismita indiferencia con la que mis ojos contemplaron hace varios inviernos la estatua de Guadalupe Victoria que se encuentra en una de las salidas de la hermosa ciudad de Durango, cuando me preocupaba más por el tremendo clima que iba a tener que soportar ahí que por la historia de mi patria.

Una ventaja han de tener las estatuas: no sienten. No respiran. Por consiguiente, no decepcionan. Pero ahora, que he estado rompiendo la corteza de bronce de los próceres nacionales y que la admiración que empecé a sentir por uno de ellos (el que fue primer presidente de México, ni más ni menos) comenzó a transformarse en un franco y profundo cariño, puede que las cosas cambien.

Comienzo a caminar hacia la biblioteca Iberoamericana; justo al principio de la calle, me encuentro con una magnífica librería de usado. No resisto la tentación; doy un vistazo, lo más rápido que puedo, y hallo dos que tres cosas interesantes. No es la única distracción en mi camino, que pasa más que nada por tiendas de artistas: en una de ellas hay pinceles tan bonitos y suaves que rivalizan con las carísimas brochas de maquillaje que con cierto anhelo toco en las tiendas departamentales. Me propongo un día ir de expedición en busca de una docena, y prosigo. Más librerías de usado. Más calles recién arregladas con motivo de los Juegos Panamericanos del año que entra. Otra tienda, esta vez de ropa, donde me pruebo un suéter tipo cardigan como el que he estado buscando, verde y esponjado, que no es tan costoso pero que no puedo pagar por el momento. ¡Cómo me encanta el centro de Guadalajara! No hay tanta gente como en el de la Ciudad de México, pero no tan poca como para sentirse solo. Y las caras que uno mira están relajadas, tranquilas; quién sabe cuántos anden de paseo y cuántos, como yo, tengan un objetivo en mente. Tengo una visión fugaz de un día en el que todo eso termine; la aparto de mi mente y sigo caminando.

Mi primera parada “seria” es la legendaria Tienda del Maestro, un localito cerrado que durante varias décadas se ha hecho famoso por su surtido de material didáctico de todas clases, principalmente para la educación primaria. Ahí, pago un peso con cincuenta centavos por una lámina tamaño carta con una imagen de Guadalupe Victoria; la joven empleada me ha mirado con extrañeza cuando se la pedí. La pintura es reciente, de 1995, y la firma un tal Tomás. No es la mejor imagen que he visto del héroe (me da la impresión de que la profundidad del cuadro falla un poquito), pero no sé por qué se me ocurrió que un retrato de don Guadalupe me inspiraría en mi búsqueda por la Iberoamericana. ¿Usted cree que le hace justicia, general?, le pregunto al aire, y de inmediato recuerdo que para lo que tengo que hacer hay que clavar los pies en la tierra. Últimamente, cuando divago sobre el tema o cuando me siento un poco enferma, me da por imaginar que Victoria es un fantasma que me hace compañía, y que aunque su actitud es tan decidida como la de la estatua de Durango, sus ojos son dulces y comprensivos.

La biblioteca Iberoamericana sigue siendo una de las más bonitas que he visto, aunque esté pequeña, y a sus empleados les falten algunos tornillos (bien, ya sé que en mi situación no estaría bien juzgar las construcciones cerebrales de otros). Aplastan con mirada de brea hirviendo cualquier intento de los usuarios de romper el sagrado silencio del recinto, aunque entre ellos se comuniquen a gritos de un lado a otro. No dejan de mirar al extraño que se aproxima a la sección de las salas que casi no se usa. Y casi nunca entienden lo que uno anda buscando, así que es mejor atenerse a la base de datos.

La biblioteca no ha cambiado nada en el casi un año que llevo sin visitarla; en cierto modo, me da gusto. En la base de datos está la chica del eterno juego de solitario; la señora que me ayudó la vez anterior ronda por los escritorios. El señor del mal aliento sigue, imperturbable, en su puesto en lo alto del tapanco derecho. Pareciera ser que no ha cambiado nada. Pero ese encuentro viejos conocidos es momentáneo, porque hoy me toca visitar la sala dos, donde se encuentra la hemeroteca, el área infantil y también los libros de historia y geografía.

En la mitad de la sala dos hay una veintena de escritorios con computadoras donde uno tiene acceso gratuito a internet; la otra mitad la ocupan mesitas bajas hexagonales rodeadas de las únicas sillas acolchadas del recinto; es la zona de los niños que también alberga los tesoros más apetitosos de la Iberoamericana en cuanto a fantasía y ciencia ficción. Casi todos los otros lugares están ocupados por señores con expresión malhumorada que leen la sección de deportes de los periódicos del día, así que decido apropiarme de una de las mesitas infantiles. Por suerte, mi trasero todavía cabe bien en las diminutas sillas.

Como ya conozco las mañas... es decir, las costumbres y modos en esta biblioteca, estoy preparada para actuar con discreción. Ya sé que no se permiten sino dos libros por usuario en el momento, y en mi cuaderno traigo la ficha de cuatro. Mis piernas, más que preparadas para el momento, echan a andar con mucha gracia por las escaleras, y luego por el tapanco (aquí nadie está leyendo sino periódicos) para tomar los primeros dos.

Me brinca de gusto el corazón: el primero de esos libros es Guadalupe Victoria, primer presidente de México, de Lilian Briseño Senosiain, que se publicara en 1986 con motivo del cumpleaños número doscientos del héroe, y que está citado como bibliografía por los autores Saucedo y Aguirre. El segundo es una recopilación de documentos (el volumen 1; el dos, realizado por Saucedo, aún está inédito) sobre el presidente. Comienzo por hojear éste; hay ahí una colección de cartas, arengas, discursos, informes y hasta un sonetillo tierno de un admirador. Algunas frases hacen que se me humedezcan los ojos. Qué fenomenal es usted, general, vuelvo a susurrarle al aire, y de inmediato cae mi recordatorio: los pies sobre la tierra.

El tercer libro, ¡oh, desilusión!, es el folletito monográfico que uno puede descargar gratis en la página del Bicentenario. Igual, me alegra tenerlo en las narices, en papel. El cuarto es el epistolario que la marquesa Calderón de la Barca, esposa del primer embajador español en México, escribió sobre sus impresiones de nuestro país; aunque nomás me interesan dos párrafos en los que habla de Victoria (en uno de ellos, por cierto, no lo baja de tontito) no paso por alto el juicio tan severo que hace de la comida mexicana (y eso para alguien acostumbrado a comer salchichas de vísceras de borrego con gachas, puaj; la señora era escocesa), y de la fealdad de nuestro tono de piel, que según ella es amarillento (espero que en el cielo esta mujer tenga acceso a los recientes libros de Bobbi Brown donde se explica este fenómeno de los colores de la tez).

Mis cuatro libros son apenas el principio; como ya me imaginaba, en los alrededores hay mucho más. Me clavo más que nada en el Cuadro Histórico de la Revolución Mexicana de Carlos Ma. Bustamante, un amigo personal de Victoria. Varios capítulos de esta obra se hallan también en la página del bicentenario pero en este momento no lo tengo presente. Pienso que me gustaría tener en casa el libro de Briseño (ya no se permite el préstamo externo de libros en las bibliotecas públicas de Guadalajara) pero el de Bustamante es el que ha capturado mi atención.

De pronto, dan el aviso; por medidas sanitarias (dicen) la biblioteca cerrará de tres a cuatro de la tarde. Hora de un breve descanso. No pienso irme, eso sí, sin fotocopias de algunos de los Documentos.

El señor encargado de paquetería y copias (que por cierto no son baratas) es el mismo de toda la vida; siempre me ha parecido un poquito bipolar; algunas veces se ve muy amistoso, y otras parece que quisiera retorcerle el pescuezo a uno. En esta visita lo pesco de buen humor. Le pregunto que si puede sacar en una sola hoja dos páginas de los libros. Lo que era simplemente una solicitud, él parece tomárselo como cuestionamiento a sus habilidades de fotocopista.

- ¿Pues qué creías, chamaca? - bromea, y empieza a copiar las páginas que le dicto. Sólo se detiene cuando llega a una página casi en blanco en la que sólo aparece la rúbrica de Victoria.

- ¿Estás segura de que quieres esta página? - me dice frunciendo el ceño.

- Es que es su firma - digo como si el señor estuviera al corriente de lo que estoy haciendo.

- Guadalupe Victoria - lee el señor, despacio, bajito; mueve la cabeza y deja de sonreír. No volverá a hacerlo en los próximos veinte minutos.

El “break” me permite irme a comer; esta vez lo hago con buen humor y con buen apetito. Después, como todavía falta tiempo para las cuatro, doy una vueltita por las librerías de alrededor (las que son de usado quedaron atrás) y entro a una dulcería a comprar un poco de chocolate Turín, mi favorito. En el camino me tropiezo con un señor que vende en la calle juegos de armar, como tangramas, sólo que tridimensionales.

-¡Llévelo, llévelo! - pregona -. ¡La mejor terapia para esa mente inquieta que no nos deja ser felices!

La coincidencia me sobresalta. Pero no voy a comprar más que el chocolate; ya es hora de regresar a la biblioteca. Quedé de verme con una amiga a las seis; no me queda mucho tiempo.

El libro de Bustamante consigna varios hechos que me hacen admirar la investigación detrás del de Aguirre; algunos detalles me dejan con dudas. Pero al final de una lectura rápida y seguramente mal hecha, lo que me queda claro es lo siguiente: Bustamante terminó decepcionado de Victoria; yo no.

Voy por una segunda tanda de fotocopias; el señor ya se ve de mejor humor. Y yo estoy cansada, pero no fatigada, no hecha trizas como en mi primera visita. En mi cansancio hay un mucho de felicidad. Mi sed, eso sí, dista mucho de estar saciada; ahora quiero saber más, y entiendo que me falta mucho por averiguar. Nuevamente quisiera dedicarme más a esto de la investigación.

Tras una rápida visita a los puestos de libros usados que se encuentran el ayuntamiento, me dispongo a tomar el autobús de regreso, para coronar con un buen té matcha y una buena conversación un día tan feliz que quisiera repetir al menos una vez al mes.

domingo, octubre 31, 2010

Discreción

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A menudo les he contado aquí anécdotas tan extravagantes que pareciera ser que me las invento. No es así; con la mano en el corazón les aseguro que todo lo que les he platicado sucedió en realidad; si acaso pudiéramos contar como excepción única el sueño aquel que se me ocurrió transcribirles por ocasión especial.

Pero lo que tengo que platicarles hoy, con todo lo realista que pueda sonar, es otro sueño, como lo pondrá rápidamente en evidencia cierto amiguito imaginario que aparece por ahí. Me impresionó lo suficiente como para querer compartirlo con ustedes.

No sé por qué me vendrían a la cabeza las ideas que pudieran componer un sueño como éste. Será que los eventos que organiza mi nueva universidad (y de los que forma parte una servidora en plan multiusos) me tienen un poco nerviosa. Hasta ahora, nada ha salido mal, pero la mera posibilidad de que un detalle, el más mínimo, quedara menos que satisfactorio, me inquieta, y me ha revivido un viejo dolor de cabeza que en el pasado era costumbre y emisario de algo peor por venir, y que me acompaña hasta cuando duermo.

Total, que soñé que me encontraba en uno de esos eventos, pero mucho más grande que todo lo que hemos armado hasta ahora. No estábamos en la universidad, sino en una estructura vieja que me recordaba, por alguna razón, la casa de mi abuelita. Había por todas partes exhibiciones de arte; y un taller de marionetas, y numerosas pantallas donde se proyectaban cortos y películas; también había salones con conferencias (no reconocí a ninguno de los ponentes, tampoco) y lo primero que me llamó la atención fue que la mayoría estaban en inglés y no contaban con intérpretes.

“Esto va a ser un problema”, me acuerdo que pensé. “No todos los estudiantes entienden bien el inglés”. Entonces miré a mi alrededor. Entre los jóvenes que iban y venían no había ninguno de mis alumnos, ni de otros que he comenzado a tratar y a saludar. No sé por qué estaba tan segura de que aquello era mi escuela.

Yo misma estaba, como dijo Macbeth, mingling with society (confundiéndome con la multitud): llevaba mis pantalones de mezclilla rotos y mi playera viejita de Final Fantasy VII que hace como veinte mil años que no me pongo. Me encontraba contemplando el taller de marionetas (hermosísimas y muy coloridas, por cierto) cuando me dio la impresión de que una de ellas bajaba del escenario y se me acercaba. No se trataba de un títere, pero por lo relativamente bajito (apenas me sacaba una palma), delgado, y las facciones tan finas daba la impresión de serlo. Lo reconocí de inmediato:

- Uhhh... ¿Cloud? ¿Cloud Strife?

Él frunció el ceño, y con extrañeza señaló una imagen de sí mismo, más joven y estilizado, que decoraba mi playera.

- Sí, sí eres tú. Te conozco desde el 97, cariño -. Lo de “cariño” se lo aplico a cualquier persona más joven que yo por quien siento alguna clase de afecto paternal (conste que dije “paternal”, no “maternal”). Pero explíquenselo ustedes a los aludidos. A él la palabrita pareció confundirlo más todavía.

- Ayúdame a esconderme, por favor - me dijo. No me preguntó quién era, ni dio señales de reconocerme, como a veces sucede cuando sueño con personajes de videojuegos o libros con quienes he soñado anteriormente.

En una esquina abandonada del edificio había dos enormes tinajas de barro. Le pedí a señas que me siguiera y le indiqué que se metiera en una.

- ¿De quién te escondes? - le pregunté. Él sacudió la cabeza y desapareció en la vasija.

Cuando me di la vuelta, alguien se tropezó conmigo. Era una chica que intentaba mover un exhibidor de mercancía.

- ¿Me ayudas? - dijo. Sí, me estaba tuteando. Puedo pasar por estudiante cuando me disfrazo de tal. Tomé el mueble del extremo contrario y lo desplazamos entre las dos. Hicimos lo mismo con otro. Y otro más. Después, la muchachita se detuvo, frunció la nariz y, así de sopetón, me soltó:

- Hueles mal.

- ¿Uhhhhh? - tanto me sacó de onda el comentario que no supe qué más decir.

- Que hueles mal - repitió ella. Instintivamente me llevé a la nariz mi playera; en efecto, olía un poco a humedad.

- Es que esta playera le he tenido guardada mucho tiempo -quise excusarme -. Pero es pura humedad.

- Igual, hueles muy mal - insistió la chica, y de pronto me puse a pensar en mi casa llena de gatos, e impregnada, me dicen, de un olor que ya no alcanzo a percibir.

No sé si en la vida real hubiera actuado como lo hice aquí. De pronto me puse a examinar a la niña, y como por primera vez me di cuenta de que tenía ojillos de rata, pequeños y hundidos bajo cejas muy pobladas; bajo la boca, fruncida como herida mal cicatrizada, asomaban dientes chuecos y por arriba se percibía un bigotillo incipiente; la barbilla, arrogante y todo, no dejaba de estar casi cubierta por unos mofletes gordos, caídos y picados de acné. Por encima de mi dolor de cabeza me acordé de una frase que hiciera famosa Winston Churchill.

- Bueno - comencé a parafrasear -, pues tú estás muy fea. A mí el mal olor se me quita con un baño.

La niña abrió la boca; dos segundos después la cerró con fuerza. Los ojillos de rata se le humedecieron. Dejó caer el extremo del mueble que sostenía y se alejó a la carrera.

Qué remedio, suspiré. Decidí dejar el mueble donde estaba y me acerqué de nuevo a las tinajas. Di un par de golpecitos con los nudillos, y el joven que ahí se escondía asomó su erizada cabecita rubia.

- ¿Ya se fue? - me preguntó.

- ¿Quién? -. Él sacudió de nuevo la cabeza, esta vez con dirección al taller de marionetas, puso cara de exasperación, y de un salto se mudó a la segunda tinaja.

Cuando intentaba localizar a quién fuera que se estuviera refiriendo, sentí que me ponían un dedo en el hombro. Di la vuelta. Me encaraba otra chica, alta y algo fornida, de pelo rojizo y corto, que llevaba una boina militar y en las manos un papel enrollado. Como a la otra, tampoco la había visto en mi vida.

-¿Tú estás con el grupo A? - me espetó.

- Sí, y también con el B - le respondí, esperando darme a conocer, ahora sí, como maestra. Ella no pareció captar el mensaje.

- Pero no eres representante de grupo.

- No, de hecho.

- Yo sí soy representante - medio bufó la chica -. Y tú insultaste a una de mis compañeras.

Mi dolor de cabeza se intensificaba por momentos.

- Porque fue muy grosera - expliqué -. ¿Qué más podía hacer?

La chica entrecerró los ojos. Cuando volvió a hablar, su voz sonó mucho más grave.

- Pudiste haberte quedado callada - dijo, despacio -. Mira, tú eres mayor que ella. Se nota que sabes más. La puedes aplastar con una palabra.

Como una moneda pequeña pero arrojada de una gran altura me cayó en la mente un viejo dicho inglés: “Una cucharada de discreción vale lo que una tonelada de agudeza mental”. Cuando tenía entre doce y veinte años me sentía hasta orgullosa de mi agudeza, y la empleaba indiscriminadamente. Después, no he dejado de lamentar las veces que meto la pata con ella. La que aquí había utilizado no era mía sino de Churchill, pero, ¿no daba igual?

La actitud sabia y antigua (como proverbio inglés) de la muchacha no duró más que el tiempo en el que me dijo lo anterior. Después, volvió a su agresivo tono anterior. - Te aprovechaste de mi compañera.

Entonces desenrolló su papel. En él había, aunque garabateada y coloreada a la prisa, una muy buena caricatura mía estilo anime; se me podía reconocer, a pesar de que tenía la boca abierta y vomitaba sapos, culebras, signos raros y quién sabe qué tanta más basura. El dibujo tenía además un globo de diálogo que no leí por andarme fijando en los detalles del vómito.

- ¿Cómo te llamas? - me chilló la chica.

Le dije mi nombre, y antes de que le pudiera aclarar que era maestra de la Universidad, ella sacó un lápiz y, apoyada en una mano, lo escribió en el globo. Luego me entregó el dibujo con aire de triunfo.

- Ahí tienes.

En el globo se leía: “Me llamo (aquí mi nombre en mayúsculas mal hechas) y soy incapaz de quedarme callada”.

- Está muy bonito - dije, sin mentir -. Lo voy a colgar en mi cuarto.

Eso es lo que te mereces - replicó la chica; me dio la espalda y se marchó sin prisas. ¿De pura casualidad había escuchado algo, cualquier cosa, de lo que le había dicho?

Entonces pensé: Jamás le dije que soy maestra. Si alguna vez me toca clase con cualquiera de estas dos muchachitas, vamos a estar en dificultades.

Alguien me tocó la mano que había puesto, al descuido, en una de las tinajas de barro. Un toquecito muy corto; amistoso, incluso, como lo percibí. Cloud me estaba viendo a los ojos ahora, con una chispa de reconocimiento en la mirada y una media sonrisa que es lo más que puede llegar a producir.

- Hey - le dije.

- Hey - me respondió -. Ya me acordé de ti.

Claro, pensé; si debemos de habernos visto en sueños por allá en el 97, o en el 98, cuando repetí el juego. El juego... en sueños... Y hasta entonces caí en la cuenta de que eso debía ser un sueño también. Si no, ¿qué estaba haciendo yo ahí, hablando con Cloud Strife, un personaje de videojuegos?

Si esto es un sueño, magnífico; recuerdo que seguí meditando. Significa que puedo ir ahora mismo a ahorcar a esas dos señoritas y que no pasará nada. Otro toquecito en la mano me sacó de los pensamientos malignos.

- Cloud - pregunté - ¿Te parece que mi playera huele mal?

Él se encogió de hombros.

- Es que estoy resfriado - contestó.

- ¿Y ya me puedes decir de quién estás huyendo?

Para mi enorme frustración, fue en ese preciso momento cuando sonó el despertador.
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