jueves, noviembre 19, 2009

El Cuarteto Nausicäa, en el Trompo Mágico

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Si han estado visitando esta casa de ustedes por algún tiempo, de seguro me habrán oído hablar sobre el Cuarteto Nausicäa, un grupo musical que interpreta temas de animé japonés. Se presentaron por primera vez en la TNT de México, a principios del 2008, y a partir de entonces han tenido algunas apariciones en Guadalajara; contadas, ya que todas sus integrantes también trabajan por su cuenta.

Si quieren una probadita del talento de estas chicas, (Brenda, Janet y Mary son las vocalistas, y Selenie, pianista, se ha encargado también de la mayoría de los arreglos), por favor hagan click en la nota sobre su concierto en México, aquí; y también en el catálogo de videos que acompaña al anuncio de su estreno en Guadalajara, aquí. Ah, pero si quieren disfrutar estas melodías en vivo y estarán en esta ciudad el próximo fin de semana, tenemos una perfecta oportunidad.

El Cuarteto Nausicäa estará el domingo 22 de noviembre, a las cinco de la tarde, en el Museo del Trompo Mágico, en Zapopan. La entrada al museo cuesta 20 pesos; si llegan desde temprano, pueden divertirse con las muchas actividades que se realizan ahí; el concierto en sí no tiene costo alguno. Con suficiente tiempo y otros 20 pesos, se puede disfrutar del singular paseo Diálogo en la oscuridad.

El museo tiene estacionamiento (25 pesos por todo el día), y también se puede llegar por transporte público en la ruta 51 C, que pasa entre otros puntos conocidos por Avenida Patria, Pablo Neruda, Terranova, José María Vigil, el barrio de Santa Tere y el centro de la ciudad (cerca del Teatro Degollado).

El concierto les va a encantar; garantizado. Y el museo, ya de paso, está entretenidísimo.

miércoles, noviembre 18, 2009

What is it that drives you?

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... Y así, a lo mejor con un poco de brusquedad, esta casa de ustedes (blogsito) llega a su segundo aniversario. ¡Y vaya año que ha sido! Mucho me temo que en los últimos meses no he cubierto las expectativas de mis lectores: no actualizo tanto como acostumbraba, las tensiones y el cansancio se acumulan, y siento que el tiempo, derretido, se me escurre de las manos junto con la imaginación.

Con todo (y de prisa un poquito, porque una servidora tiene que huír a trabajar), puedo presumir que hemos acumulado poco más de doscientas entradas; que nos hemos estado moviendo, en promedio, de 80 a 90 visitas diarias, que las visitas en total son 34,500 y que las páginas vistas suman más de 50 mil. Pero lo más importante y definitivo es que todo ese camino no es algo que una servidora haya logrado por sí misma.

En otras palabras, que todo se lo debo a ustedes que vienen de cuando en cuando a leer mis desvaríos, que me hacen el favor de dejar sus comentarios, y que hasta ahorita me han tenido una paciencia a toda prueba. A todos, absolutamente todos, sólo puedo decirles una palabra:

¡Gracias!

Es mucho menos de lo que se merecen por tomar mi mano y animarme, pero lo sumo a los abrazos virtuales que transformaría en reales sin pensármelo dos veces. Por favor aguántenme un poco más el camino.

lunes, noviembre 16, 2009

Kamiano

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Permítanme contarles acerca de uno de mis héroes de la infancia. Debí haberlo hecho hace un buen rato, más apropiado según las fechas, pero ya ven... no estoy actualizando el blog tan seguido como acostumbraba (y quisiera) y al menos por el momento es poco probable que las cosas cambien. Algo de tiempo falta, y disciplina.

Pero bueno...

Cuando andaba por los ocho años, más o menos, me leí completita (en una compilación de popular revista Aguiluchos) una historieta del padre Damián de Veuster, un misionero belga que en el siglo XIX partió hacia Hawaii. Me quedé tan impresionada, que volví a leerla una, y otra, y otra vez; aquel hombre generoso y valiente con una vida que parecía de mentiras se ganó mi adoración; y, como solía suceder cuando algo me conmovía a corta edad, me esforcé sobremanera para que no se me notara. En ese entonces no había internet, y las enciclopedias con las que se pondía contar no eran el último grito de las actualizaciones, así que durante mucho, mucho tiempo, lo único que supe del padre Damián se remitió a esa historietita.

Algunos años después, ya preadolescente, se me ocurrió preguntarme si de pura casualidad mi héroe no sería un santo de la iglesia católica; eso, por supuesto, me garantizaría acceso a más información. Al parecer la respuesta era no; pero algo muy curioso me ocurrió por la misma época: tenía (y sigo teniendo) unos vasos nasales muy frágiles, que se me rompen a la menor señal de gripe o tensión; y una vez que me encontraba releyendo la historieta de Aguiluchos, estornudé tan violentamente que salpiqué la página de diminutas gotitas de sangre. Cuando, alarmadísima, me puse a limpiarla con un pañuelo, descubrí que la sangre había manchado un dibujo del padre Damián justo en el rostro, y que las salpicaduras simulaban las heridas de una corona de espinas. Tardé un buen rato en atreverme a abrir ese libro de nuevo.

Bueno, pasó mucho más tiempo, llegó la información al instante, los libros gordos, las películas, y mi curiosidad quedó saciada, al menos por un ratito. Pero todavía brinqué de gusto cuando, en el Oratorio de Birmingham (durante el evento Tolkien 2005) encontré y adquirí una pequeña biografía del padre Damián. P.V.B., una señorita belga con quien trabé amistad por allá, me pescó leyéndola, y cuando, con algún resabio de mi timidez infantil, le comenté sobre mi profunda admiración por su compatriota, me dijo que el padre Damián también era su héroe. A ello le siguió una plática agradable, relajada y políticamente incorrecta (en algunos lugares de Europa, al parecer, ser católico es algo así como que cool), en la que me enteré que mi héroe, como ya me lo esperaba, iba derecho al camino de la santidad, pero que aún no había fecha al respecto. Quiero estar en primera fila cuando ocurra, le dije. Ella (es una persona muy guapa y muy amable) sonrió ante mi torpe entusiasmo.

Más fácil decir que hacer; mis boletos de primera fila para los eventos verdaderamente importantes y positivos de los últimos años se revendieron o cambiaron por tickets de loterías baratas y mezquinas, o por entradas a prolongados momentos de desánimo y tristeza. No me enteré del asunto sino cuando ya estaba encima. Pero bien, el padre Damián fue canonizado hace poquito más de un mes.

¿Para qué sirven los santos en la iglesia católica? Déjenme que les diga: no para mucho, la verdad, pero me agradó la forma en la que lo puso otro folletito del Oratorio de Birmingham: son una muestra de que las relaciones entre los unidos por el Sacramento no terminan con la muerte. En otras palabras, los santos son amigos como los que uno conoce por internet y nada más; tal vez jamás los hayamos visto en persona, pero nos permiten conocerlos y dan señales de que piensan en nosotros y pueden ayudarnos a fastidiar a Nuestro Señor con nuestras solicitudes, como hizo Damián con una señora hawaiiana que pidió su intercesión para curarse de cáncer (un milagro que inclinó la balanza a su favor, tengo entendido).

Pero bueno, para variar me he extendido en rollo que nada tiene que ver. Si todavía no se han dormido, les haré un rapidísimo resumen de la vida de mi héroe.

El padre Damián se llamaba en realidad Josef (Jef, para los amigos) de Veuster. Nació en una aldea llamada Tremeloo el 3 de enero (sips, comparte cumpleaños con mi escritor favorito) de 1840, y desde los trece años se dedicó a las actividades del campo, lo mismo que sus padres. Era hablante nativo de flamenco. Dos de sus hermanas fueron monjas, y uno de sus hermanos sacerdote; él mismo descubrió su vocación a edad temprana y entró a la congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María cuando tenía dieciocho años; ahí fue donde se cambió el nombre.

Cinco años después, todavía sin ser sacerdote, partió como misionero a las islas de Hawaii en lugar de su hermano, que se había enfermado; se ordenó ahí poco después, en la catedral de Honolulú, y se puso a cargo de su primera parroquia. Como en la lengua hawaiiana no existe el sonido de la “d” y no se puede dejar una consonante colgando al final de una palabra, los nativos le decían “Padre Kamiano”. Y aquí comenzaron sus aventuras que parecían sacadas de una novela de entonces; él mismo se veía como protagonista típico: un joven apuesto, musculoso, muy fuerte, excelente jinete y viajero incansable, al que le tocaron desde tsunamis hasta explosiones volcánicas.

Pero la prueba verdadera para Damian no llegaría sino hasta el año de 1873 (cien años antes de la muerte de mi escritor favorito, ya sé... y me temo que los paralelos no terminan ahí), cuando se ofreció como voluntario a la petición del obispo de Hawaii para un sacerdote permanente en la isla de Molokai.

Molokai debió ser, para los habitantes de Hawaii paganos, cristianos o lo que fuera, el sitio más parecido al infierno. A causa de las presiones por parte de inmigrantes blancos (Hawaii todavía no era parte de los Estados Unidos, pero en eso estaban), el rey Kamehameha V (nop, el nombre no es broma) decidió establecer ahí una colonia para aislar a las personas contagiadas de lepra, una enfermedad que habían llevado posiblemente trabajadores chinos. La enfermedad se esparció con una rapidez espantosa, ya que el organismo de los nativos no tenía defensas para resistirla. Se suponía que en Kalawao, la colonia leprosa de Molokai, había hospitales para tratar a los enfermos. La verdad es que no había medicinas ni doctores; a las personas contagiadas las arrojaban al mar desde barcos para que llegaran por sus propios medios a la isla, y una vez ahí era la ley de la selva en cuanto a conseguir comida, abrigo y consuelo. A quienes se resistían a ir, o a las familias que los ocultaban, simplemente les daban un tiro.

Los habitantes de Molokai, sumidos en la desesperación, pasaban los cuatro años que en promedio le daban de vida a una persona en la isla atracándose de alcohol, sexo y juerga, a la vez que la enfermedad iba poco a poco deformándoles el rostro, pudriéndoles la carne y haciendo que se les cayeran los dedos y a veces hasta miembros completos. Bueno, esto antes de que llegara el padre Damián.

Las cosas tendrían que cambiar con el voluntarioso soldado de Dios ahí presente; Damián puso a trabajar a los que podían hacerlo, y con sus propias manos se puso a levantar casitas para los enfermos, a limpiar el todo el sitio, a montar un sistema de agua potable y a organizar actividades como talleres de carpintería, carreras de caballos, una orquesta y coros. No le fue fácil; entre los enfermos había apenas un grupito de católicos que lo apoyaba. Poco a poco consiguió ganar simpatizantes. Cuando iba a Honolulu, le exigía al Ministerio de Salud que le enviara materia prima y medicamentos; no le tenía ninguna paciencia a la burocracia y los burócratas lo odiaban.

Poco a poco, su actividad en solitario comenzó a llamar la atención, y las consecuencias de ello fueron tanto positivas como negativas. Por un lado, tenía fans que le enviaban toda clase de donativos; por otro, detractores que lo criticaban hasta por el simple hecho de ocuparse de enfermos de lepra, que, según eso, estaban recibiendo el castigo divino por sus pecados; se creía que la lepra era consecuencia del desenfreno sexual. Uno de sus grandes defensores fue el escritor Robert Louis Stevenson. También recibió apoyo por parte del gobierno real de Hawaii, en especial de la princesa Liliuokalani.

Cuando Damián contaba con cuarenta y cuatro años, los primeros síntomas de la lepra comenzaron a aparecer en su cuerpo. Era de esperarse, porque él nunca había hecho nada por evitarse el contagio; compartía la comida y las pipas (comenzó a fumar para tolerar el mal olor de las llagas y putrefacción de los enfermos) con la gente de Kalawao porque no quería herir sus sentimientos, les daba la comunión con las manos y a nadie le negaba abrazos y cariño. Lo sorprendente fue que hubiera pasado más de diez años sin enfermarse. Como que Dios estaba esperando a que cumpliera con la mayor parte de su labor antes de imponerle su corona.

A pesar de que el padre Damián había recibido algunos sacerdotes como ayudantes seis años después de llegar a Molokai, no había podido llevarse bien con ninguno, y en soledad había tenido que hacer su trabajo. Pero ya que se encontraba enfermo, no le faltaron amigos de todas partes del mundo (el ex soldado norteamericano Joseph Dutton, el doctor irlandés James Sinnet, el doctor japonés Masanao Goto, el pintor inglés Edward Clifford, el sacerdote belga Lambert Conrardy y la madre Marianne, una monjita franciscana de los Estados Unidos, entre muchos otros). Al fallecer en 1889, Damián estaba tranquilo, porque sus feligreses no quedarían desprotegidos.

Lo que no se imaginaba, probablemente, es que aunque se descubriera una cura para la lepra ya habría en el mundo muchas otras enferemedades más que, además de hacer pedazos el cuerpo, se encargarían de debilitar el espíritu, y también la caridad de otros; la causa de los enfermos de VIH no podía conseguir un mejor patrón que San Damián de Molokai, ahora con nuevo título a partir del pasado once de octubre.

No estuve en primera fila, querido Damián; a mí los dedos de la mano y la carne se me carcomen por tonterías y tú ya sabes. Con todo, padre Damián, y si no fuera mucho pedir, préstame un milésimo de tu fuerza para lo de costumbre: aprender a resistir; ni a irse ni quedarse; a resistir.

Conozco dos buenas películas sobre el padre Damián; ninguna, por desgracia, cubre el período antes de su llegada a Kalawao. La primera es una viejita, española, demasiado optimista; Molokai, la isla maldita, de Luis Lucía; la segunda, más reciente, es Molokai: The Story of Father Damien, de Paul Cox, con David Wenham (Faramir en El Señor de los Anillos) en el papel del héroe.

sábado, noviembre 07, 2009

Chaconear

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Joseph Fiennes como Cyrano de Bergerac

"Cuando bebas agua, acuérdate de la fuente"
Proverbio chino

Hace unos cuantos años, la palabra “chaconazo” como sinónimo de "plagio" restringido a internet se acuñó (e hizo tristemente famosa) a partir de cierto escándalo en el medio editorial mexicano (para enterarse, hagan click aquí). Los implicados señalaron el evento como un hecho aislado; algunos ya sabíamos que era la punta del iceberg, y que la persona responsable del neologismo no lo fue porque cometiera el pecado, sino, como decía el padre M., un sacerdote zacatecano muy simpático, porque fue el único a quien “pescaron en la movida” (en español mexicano, “sorprendieron en el acto”).

Es un hecho que el internet ha convertido en muy delgadas, casi transparentes, las barreras que cubren y separan la propiedad intelectual; vean nada más todas las imágenes que manejo: algunas son mías, pero otras son tomadas de cualquier sitio y cuando no hay a quién pedirle permiso ni manera de averiguar créditos, no me detengo más de una hora.

No se trata de culpar sólo a las nuevas tecnologías; ahí está, en los noventa, una compañerita que tuve que copiaba líneas enteras de varias enciclopedias y sin redactar un párrafo armaba una columna que se publicaba en cierto periódico local. O, esto en los ochenta, el día que un estudiante se dio el lujo de poner bajo su nombre, en el periódico de la facultad de comunicación de la UAG, el primer capítulo, palabra por palabra, de Las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, eso sí, con algunos astutos cambios de los datos de lugares y nombres propios que ahí se mencionaban.

Pero no hay duda de el progreso ha facilitado mucho el sutil arte del plagio: apenas unos meses antes del chaconazo, una servidora tuvo que reprobar al noventa por cierto de una clase de redacción porque, para el examen final, se habían limitado a copiar y pegar artículos enteros de internet. Lo sorprendente no fue tanto que lo hicieran, sino que protestaran porque creían sinceramente que ésa era la forma correcta de trabajar; sus otros maestros toleraban la conducta. Algunos de mis alumnos ni siquiera habían leído lo que copiaban; uno de ellos, muy aficionado al futbol y que había prometido escribir sobre su equipo favorito, comenzaba de esta manera su texto: “Cuando decidí fundar el equipo Fulano en 1935...”. Le dije que me sorprendía que fuera mucho más viejo que yo, y no entendió la amarga broma.

Según pasó el tiempo, hubo menos y menos de dónde extrañarse. Hace poco, cuando me encontraba buscando segundas y terceras opiniones sobre cierto libraco horrible que estoy leyendo, resulta que no pasé de las segundas: todas las reseñas del título en cuestión disponibles en internet eran la misma, publicada en sendos blogs que la ostentaban como propia. Y, espero que la memoria le falle menos que a mí a mis lectores de Jalisco, México; pero, ¿recuerdan cuando el alcalde de Zapopan presentó como suyos varios documentos que se había bajado íntegros de internet? Lo mejor de todo fue la serenidad con la que enfrentó la acusación de plagio: dijo que lo había hecho porque estaba de moda, ya que la película de moda era Los piratas del Caribe (?). Ya que de películas hablamos, vean ustedes Quarantine, que se supone es un remake hollywoodense de la española Rec. Yo no sabía que se le llamaba "remake" a una copia escena por escena.

Sobre las experiencias de una servidora al respecto... sí, puedo mencionar algunos casos. No me refiero a las muchas veces que alguien ha tomado uno de mis escritos y lo ha puesto en su sitio con mi nombre o pseudónimo y/o tal vez algún link (a todos quienes lo hayan hecho, ¡gracias! Abrazos a montones), sino a las pocas (las puedo contar con los dedos de la mano y me sobran) que he pescado a alguien que se quiere untar el mérito, por mínimo que sea, de algún escritillo mío. La ocasión más divertida fue cuando una chica copió de una lista de correos la tierna carta de cumpleaños que le escribí a mi Capitán y la puso en OTRA lista; era tan reconocible que Pere, que tuvo a bien avisarme, de veras creyó que una servidora era la otra persona.

La chica ésta cambió ciertas referencias a fechas y años, pero no lo hizo del todo bien... una persona cuidadosa que leyera e hiciera cuentas hubiera notado inmediatamente la discrepancia entre lo que había vivido la narradora de la carta y la edad que la supuesta escritora decía tener.


Claro que me puse de mal humor, más aún cuando vi los cálidos comentarios que le hacían a mi trabajo bajo otro nombre en la OTRA lista de correos mientras que en el sitio original de su publicación apenas le habían hecho caso.

Pues verán, también gracias a uno de mis visitantes, encontré otro ejemplo anteayer: Recién acababa de compartir mi receta de pollo almendrado chino en Facebook y revisaba los vistazos nuevos y las búsquedas que habían llegado a mi página, cuando de pronto... miren ustedes mismos:

- Aquí está el texto original. Abran en ventana nueva, para comparar.

- A continuación, una respuesta ganadora (con dos míseros votos, pero algo es algo) que una chica, supongo, puso en Yahoo! Answers hace seis meses. No había ningún problema en que tomara la receta, pero hubiera sido lindo que pusiera la fuente.

No me pregunten por qué, pero esta vez el incidente me puso de muy, muy buen humor. ¿Será porque, como dicen, un plagio es una forma indirecta de halago? Je, je, je... Pero, aunque todavía no lo establezca la lexicología popular, creo que la diferencia entre un plagio y un chaconazo es que en el segundo la persona que "toma prestado" lo hace por pura y dura necesidad; ya ni siquiera por buen o mal gusto.

Pensar que Cyrano de Bergerac tenía que aguantarse que otro más recitara y firmara sus textos... Pero en fin, ya hice de Cyrano cuando tenía como doce años (escribía las cartitas que un ficticio enamorado le enviaba a una amiga de la escuela, que buscaba con ello darle celos al chico que le gustaba... pero también, a solicitud de este chico, las notas que él le enviaba a mi amiga), así que aunque por falta de costumbre no sufro, prefiero que los besos y el crédito me los den a mí.

lunes, noviembre 02, 2009

Reseña de película: Bastardos sin gloria

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Bastardos sin gloria

Director: Quentin Tarantino

Intérpretes: Christoph Waltz, Brad Pitt, Mélanie Laurent, Eli Roth, Michael Fassbender, Diane Kruger,Til Schweiger, Silvester Groth, Martin Wuttke, Julie Dreyfus.

Lo bueno: Inteligente, ingeniosa, divertidísima.

Lo malo: Y dale con las referencias y los homenajes... ¿Tarantino quiere TODA la diversión para él solo?

Calificación: *****


Corre el año 1941. En la Francia ocupada por los nazis, Hans Landa (Christophe Waltz), un astuto coronel y el mejor cazajudíos de la región, ordena la masacre de toda una familia, pero por capricho o por orgullo deja escapar a la hija menor, Shosanna. Paralelo a esto, en los Estados Unidos, el impetuoso teniente Aldo Raine (Brad Pitt) forma una especie de comando guerrillero exclusivamente integrado por judíos (más adelante se les une un nazi renegado) con el único propósito de combatir a los alemanes con métodos nada lindos.

Pasan algunos años, en los que el teniente Raine y su grupo, a quienes apodan “Los bastardos”, en efecto siembran el terror entre las tropas de las SS; si algún pobre infortunado llega a caer en sus manos tendrá suerte si termina con una bala en la cabeza... y nada más. Pero de pronto, a los “heroicos” muchachos se les presenta una oportunidad única: terminar la guerra de un solo golpe.

Resulta que Joseph Goebbels (Silvester Groth), encargado del departamento de propaganda nazi, quiere proyectar su última película, El orgullo de la nación, en un pequeño cine de París, y todos los altos oficiales del gobierno, incluyendo el mismísimo Führer (Martin Wuttke) asistirán al estreno. La idea le vino de su protagonista, Fredrick Zoller (Daniel Brühl), un soldado raso que en la vida real (y la movie) se enfrentó solo a 300 enemigos, y que está tiernamente enamorado de la joven propietaria de la salita en cuestión. Que, por cierto, no es otra que Shosanna (Mélanie Laurent). Y que, claro está, no es muy aficionada que digamos al cine alemán.

El objetivo de los Bastardos es volar el teatro con todo su público, y para ello recibirán ayuda de la actriz Bridget von Hammersmark (Diane Kruger), una agente doble a quien no le falta belleza ni le sobra inteligencia. Pero el coronel Landa tiene sus sospechas y no se va a quedar con los brazos cruzados ¿Cómo podrán Raine y sus patanes vencer al culto, inteligente y educado cazajudíos? A lo mejor en ciertos casos la fuerza bruta no funciona. Y menos aún si en el camino se interponen los planes propios de una resentida huérfana...

Lo menos que se puede decir de esta... ¿tragedia de errores?, ¿Würstchen-Western?, es que es muy, muy entretenida; ni un solo momento soso. La historia tiene un ritmo perfecto, pero brilla sobre todo por las exquisitas actuaciones; Christoph Waltz está fenomenal como el villano más carismático del año, y hasta Brad Pitt tiene de dónde cortar en su breve (ajá, así es) papel.

Mi película... bueno, películas, favoritas de Tarantino siguen siendo las dos de Kill Bill; pero Bastardos sin gloria puede caer fácilmente en el segundo lugar; sangre y sencillez es un coctel que siempre le queda bien al director.

Recomendaciones: Para fans de Tarantito, véanla más de una vez. Si su sentido del humor es más negro y sabroso que una tablilla de chocolate oscuro, este film les proporcionará una taza de agua caliente para mezclar.

Abstenerse: Menores de 13. Por favor. Si prefieren una película seria sobre la Segunda Guerra Mundial , mejor renten Tora! Tora! Tora!. Si tienen poca tolerancia al gore, con más razón. Si vieron las dos partes de Kill Bill y les pareció que hubo demasiada sangre en la pelea en La Casa de las Hojas Azules, no esperen menos por acá.
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